Por Elina Lucero y Jazmín García Villarreal

Hace 45 años una Dictadura cívico, eclesiástica, mediática y militar arrebató los sueños de jóvenes que peleaban por un mundo mejor. 

La junta militar de 1976 disolvió el Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los consejos deliberantes, suprimió derechos civiles y las libertades públicas, anuló garantías constitucionales, suspendió actividades de partidos políticos y de los sindicatos, y estableció un duro control sobre los medios de comunicación.

Si bien la represión había comenzado durante el gobierno constitucional peronista, con el accionar de la triple A, la conformación de los grupos de tareas, la realización del “Operativo Independencia” y la instalación de los primeros centros clandestinos y también los primeros desaparecidos, la llegada del golpe supone la implementación institucional, jerárquica y controlada de la represión.

Cada 24 de marzo se torna un momento especial para la reflexión y el recuerdo. Es el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, el día en el que se conmemora a las víctimas de la última dictadura militar argentina. Nos enseñaron a recordar, para que no vuelva a ocurrir, pero alguna vez nos preguntamos ¿Cuál es la historia que recordamos y cuáles nos faltan recordar?

A la palabra Memoria nos gusta entenderla como un proceso de producción de sentidos del pasado donde existe una voz que habilita el recuerdo. Pero muchas veces aparecen  voces que son negadas, por lo tanto se nos imposibilita recordar o mantenerla viva en la memoria.

No existe una memoria única, sino varias visiones e interpretaciones del pasado que son compartidas colectivamente por la sociedad. Pero siempre ganará aquella interpretación que sea la más “aceptada”, la hegemónica, porque no hay existencia dentro de nuestros relatos para lo inhabilitado.

Las discusiones en torno a la convergencia entre memoria y desaparecidos requieren de una ampliación reflexiva hacia otros grupos negados de los relatos sociohistóricos. Es por eso que nos proponemos luchar por la (re)construcción de la memoria.

Hoy nos parece necesario pensar en el lugar que ocuparon los pueblos originarios en la historia argentina. Debemos incorporar sus relatos, porque ellos también fueron víctimas de las desapariciones forzadas, torturas, asesinatos y persecuciones que llevó a cabo la dictadura cívico-militar de 1976.

Como comunicadoras e investigadoras, hace varios años que trabajamos sobre esta temática y logramos escribir un libro al respecto. El mismo se llama “Almas en el viento. La otra cara de los desaparecidos” y nace para generar futuros debates sobre los derechos humanos, la memoria y el estatuto del desaparecido.

Al comenzar con la investigación nos dimos cuenta que no existían registros oficiales en los Organismos de Derechos Humanos que puedan mostrar lo que ocurrió con los pueblos originarios durante la última dictadura militar. Encontrarnos con esa ausencia de información sobre los nativos y sus relatos de la historia de los años 70, fue un devenir de conclusiones y pensamientos. Ya que no hay registros de las historias de los originarios contando su visión sobre la época; no hay narraciones escritas que nos muestren la otra cara de los desaparecidos. 

Nuestro compromiso se basa en reivindicar y respetar la cultura originaria, acompañar los reclamos de las comunidades frente a gobiernos y empresas que quieren saquear sus tierras; como también asumir nuestra responsabilidad de comunicadoras de contar sus memorias y registros orales que dan cuenta de su activa participación política y social durante los procesos históricos.

Al contactarnos con diferentes comunidades pudimos observar que existió una persecución, hostigamiento y desapariciones forzadas hacia personas nativas durante la última dictadura como también en procesos anteriores.

Entonces concluimos que el problema no sólo era la falta de información sino el no reconocimiento o la ausencia de las voces en la reconstrucción de nuestra memoria. Tanto los Organismos de Derechos Humanos como la sociedad misma parecen omitir la presencia de los originarios, generando una memoria hegemónica de la historia, y es por ello que se da una falta de registros sobre el tema.

De este modo, recuperamos información que nadie antes quiso o pudo buscar y encontramos historias de personas originarias que aún hoy son relegadas por la mirada blanquizadora de los Derechos Humanos; descubrimos entonces que nuestro recorrido era mucho más que contar su mirada de la historia.

Hay un fragmento de una crónica titulada “Bajo la sombra de los cóndores”, que nos gustaría compartirles:

“Al escuchar a Mario nos dimos cuenta que desconocíamos por completo parte de nuestra historia. La cultura de los pueblos originarios -al igual que sus luchas y reivindicaciones- viven en los relatos orales. Sus narraciones no se encuentran en ningún papel, libro de historia o archivo de Organismos de Derechos Humanos. Y a pesar de todo siguen ahí presentes, esperando que alguien las reconozca.

Nos enseñó su historia, su lengua natal, su pelea por la reivindicación de la cultura originaria. Nos demostró que ellxs continúan peleando incansablemente por obtener los derechos que les pertenecen. Nos contó su vida para que nadie más pueda negarla. Y se sentía incómodo escucharla pero, ¿cómo no incomodarse a causa de la ausencia de información?

En ocasiones la memoria trae visiones de un pasado que aún persiste. Recorremos con nuestra mente imágenes que hoy siguen nítidas, recuerdos que nos siguen erizando la piel. Volvemos a escuchar ruidos o voces de personas que ya no están. Los sentimientos angustiantes aún nos hacen sollozar. El dolor y el miedo parecen interminables. Pero sus relatos se escuchan, se ven, se sienten. Su voz hace eco desde Buenos Aires hacia el resto de los países latinoamericanos”.

Relatar la historia lejana y reciente de los pueblos originarios en América Latina nos permitió analizar las distintas formas en que se siguen reproduciendo, en nuestras sociedades, tanto los discursos como las acciones de hostigamiento, ocultamiento, tortura y esclavización.

Pensando en estas palabras que escribimos, vemos que hoy persiste el dolor y el miedo. Hoy los pueblos originarios siguen viviendo muchas de las aberraciones cometidas en el pasado. Este miedo se debe a que hay prácticas sistemáticas de violencia estatal que lo fundamentan y que están entrelazados con el racismo. Por eso es necesario hablar de su historia. Es necesario desenmascarar la historia hegemónica que reproducimos constantemente, y escuchar sus demandas.

Que este 24 de marzo nos traiga preguntas. Nos traiga dudas sobre lo que alguna vez escuchamos o la historia que aprendimos. Hagamos Memoria, Verdad y Justicia incorporando colectivos que estuvieron muchos años silenciados. Debemos mirar más allá de lo que tenemos, reformular nuestras concepciones, y luchar por un mundo un poco más igualitario y justo.

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