La Expedición al Paraguay

Los principales centros de resistencia a la Junta se sitúan en el Alto Perú, Córdoba, Asunción y la Banda Oriental, cuyas autoridades reconocen al Consejo de Cádiz y si coordinan sus acciones llevan la Revolución a un seguro fracaso. Pero a pesar de tantos inconvenientes, no olvidemos que el gobierno revolucionario,
en septiembre de 1810 es reconocido por más de veinte ciudades y pueblos.

Aquello determinó que la Junta de Buenos Aires pusiera mayor énfasis en las campañas militares al Uruguay- Paraguay (Ejército del Norte) y a otras Gobernaciones del Noroeste (Expedición al Alto Perú).

El 4 de setiembre de 1810, se encomienda a Belgrano la misión de proteger a los pueblos, perseguir a sus invasores y poner el territorio en la obediencia y tranquilidad que la seducción y violencia de Montevideo han perturbado.

Para esto, la Junta le otorga la jerarquía de General en Jefe de la Fuerzas destinadas a la Banda Oriental; en clase de verdadero representante de la Junta, con los mismos honores, distinciones y facultades que le corresponden, bajo la única condición de dar cuenta de toda resolución de importancia para su aprobación.

Pero dieciocho días después, se le ordena que proceda en primer término a someter a los paraguayos, haciéndole extensivo el nombramiento a Santa Fe, Corrientes y Paraguay. Al escribir años después sus Memorias. Belgrano dice:

“La Junta puso las miras en mí, para mandarme con la expedición auxiliadora, como representante y general en jefe de ella; admití, porque no se creyese que repugnaba los riesgos, que sólo quería disfrutar de la capital, y también porque entreveía una semilla de división, entre los mismos vocales, que yo no podía atajar, y deseaba hallarme en un servicio activo, sin embargo de que mis conocimientos
militares eran muy cortos…” 

Belgrano parte de la guarnición de Buenos Aires al día siguiente de su designación, hacia Santa Fe y en la Bajada (Paraná) organiza su pequeño ejército de 200 hombres, tomados de los cuerpos de Granaderos de Fernando VII, Arribeños, Pardos y Morenos, a los que se agregan el  Regimiento de Caballeros de la Patria (nueva denominación de los Blandengues de la Frontera), una compañía de los Blandengues de Santa Fe y las milicias de Paraná.

Lleva cuatro cañones y los pertrechos necesarios. Además, forma las milicias patrióticas de Entre
Ríos, a fin de proteger Gualeguay, Gualeguaychú y Arroyo de la China contra cualquier amenaza española; suma también dos piezas y así, reúne aproximadamente 900 hombres.

Todas esas fuerzas son bisoñas, “los más huyen la cara para hacer fuego”, dice Belgrano a la Junta y con respecto a las armas que llevan, hace notar que: “a los tres tiros quedan inútiles”.

Belgrano sigue rumbo a Santa Fe, pero previamente, destaca a 400 hombres al mando de Juan Ramón Balcarce, a la Bajada del Paraná; en tanto que las tropas de Juan Ángel Michelena toman Arroyo de la China, cumpliendo con su misión de defender la costa uruguaya de la amenaza que proviene de Montevideo.

El 1º de octubre, con mal tiempo, Belgrano entra a Santa Fe. Entonces, reseña a la Junta:

“A pesar de ser la noche oscura y del mucho barro que había en las calles oí vivas y aclamaciones del pueblo que descubren claramente los sentimientos de que están animados y el respeto y obediencia que prestan”.

Los santafecinos reconocen al gobierno patrio y ofrecen a Belgrano pertrechos y auxilios, como seiscientos caballos y doce carretas. Y el prócer aprovecha su breve permanencia en esa ciudad para interesarse por algunos de sus problemas, de los que participa a la Junta. El ausentismo en la escuela, por ejemplo, era marcado y por ello solicita al Cabildo que arbitre.

“Los medios que le dicte la prudencia para que no se distraigan los estudiantes de las aulas, a que por su tierna edad deben dedicarse con intervención de sus padres, a quienes llamará a la mayor brevedad, para amonestarlos, con el objeto de que no se separen a sus hijos de una instrucción que es tan propia y de tanto provecho para la juventud.”

En efecto, responsabiliza a los padres de la ociosidad infantil instándolos, a través del Ayuntamiento, a que procuren una cultura adecuada en beneficio de ello y la Patria.
También es calurosa la acogida a las fuerzas patriotas en la Bajada del Paraná, donde se les agrega un batallón de milicianos y se concentran todas las tropas expedicionarias.

El Alcalde Juan Garrigó le hace entrega a Belgrano de un donativo de seiscientos pesos y Doña Gregoria Pérez, le extiende una nota poniendo a su disposición sus  “haciendas, casas y criados, desde el río Feliciano hasta el puesto de las Estacas, en cuyo trecho es V.E. dueño de mis bienes, para que con ellos pueda auxiliar al ejército de su mando, sin interés alguno…”

Belgrano organiza su ejército y el 8 de octubre designa a José Díaz Vélez comandante de Entre Ríos, siempre preocupado por la manifiesta oposición de los pueblos de la Banda Oriental y abrigando la idea de que la sumisión de la campaña uruguaya, como la del Paraguay, puede lograrse por medios pacíficos.

A fines de octubre, inicia la marcha y el 7 de noviembre llega a Curuzú Cuatiá, donde reorganiza sus efectivos. Allí procede a la fundación de los pueblos de Nuestra Señora del Pilar y Mandisoví, reuniendo en ellos a los pobladores dispersos en la campaña.

Manda delinear las calles por el piloto Domingo Brugus, señala una cuadra cuadrada para cementerio, les hace construir escuela e iglesia y ordena que de la venta de los solares, se forme un fondo para el sostenimiento de escuelas. Provee todo lo necesario al orden y a la seguridad de sus habitantes y obliga a los hacendados de la jurisdicción a que tuviesen casa en el pueblo. 

Logra integrar un cuadro más o menos bueno de oficiales y suboficiales y procura, sobre todo, dotar a su tropa de una férrea disciplina y buen sentido de subordinación, vigilando celosamente el cumplimiento de sus órdenes y adoptando una actitud implacable con quienes transgreden las reglas. 

Al terminar noviembre, el pequeño ejército, ahora con más de 1.000 hombres repartidos en cuatro divisiones y una pieza de artillería cada una, con dos meses de fuerte instrucción, se pone en marcha desde Curuzú Cuatiá rumbo a Caaguazú.

Entonces ordena al Coronel Tomás de Rocamora, se le incorpore con las milicias de su jurisdicción, señalándole el itinerario a seguir pero ocultando el punto preciso del río Paraná, por el que invadiría el
Paraguay. Lamentablemente, aquella medida lo priva finalmente, del auxilio de 400 hombres.

Con dirección al noroeste, sin poder eludir el paso del río Corrientes, que vadean a nado con gran dificultad en tres días, avanzan a lo largo de su curso hasta Yaguaretá-Corá, a través de un camino difícil, de senderos inundados, con fuertes calores y bajo una lluvia torrencial.

Flanqueando la laguna de Iberá y atravesando los numerosos esteros que desaguan en ella, continúan la marcha hasta enfrentar la isla de Apipé o sea, hasta la costa en San Gerónimo. Cruzan el Paraná en el Paso de Ibaricary hasta el pueblo paraguayo de San Cosme.

Llegan finalmente a Santa María de la Candelaria, donde establece su cuartel general. Frente a aquella población, sobre la costa paraguaya, se hallan 500 hombres al mando del Comandante Pablo Thompson, con quien Belgrano intenta un armisticio, y en tanto esas negociaciones se concretan, juzga conveniente enviar oficios al gobernador, al Cabildo y el Obispo de Asunción, invitándolos a someterse a la Junta Provisional Gubernativa y a designar diputado para el Congreso General convocado por ella.

El portador de los oficios es su secretario militar Ignacio Warnes, quien es de inmediato detenido por el Comandante de las fuerzas paraguayas, Fulgencio Yegros y desconociendo su carácter parlamentario y las leyes de la guerra, es enviado a Asunción con barra de grillos.

Belgrano ha intentado un acercamiento con algunos paraguayos a través de su correspondencia, pero éstos se unen en torno a las autoridades peninsulares en actitud localista, rechazando las premisas revolucionarias impuestas por la fuerza.

El día 18, Belgrano pasa revista a sus tropas y los alienta con una proclama. El 19, el ejército patriota cruza el río y desembarca en un claro del monte ribereño denominado Campichuelo, donde ha acampado el enemigo que detrás de una estaca, oculta tres piezas de artillería de pequeño calibre.

Las primeras partidas guiadas por Antonio Martínez, el Mayor General José Machaín y los edecanes Manuel Artigas y Ramón Espínola, logran apoderarse de la artillería enemiga, tras lo cual los paraguayos abandonan el campo.

Belgrano se ve favorecido por la circunstancia de que las defensas enemigas deben dispersarse desde la desembocadura del río Paraguay hasta frente a la Candelaria pero, a los numerosos inconvenientes que enfrentan en suelo paraguayo, se suma el de hallar las posiciones abandonadas. Esto obedece al plan dispuesto por Velazco, de deshabitar los pueblos para atraer a Belgrano hacia el centro de la provincia. 

La batalla de Paraguary

Los paraguayos siguen evitando el choque con el grueso de las fuerzas patriotas que avanzan con dificultad y desconociendo la posición enemiga. El 7 de enero, una compañía de Patricios al mando de Gregorio Perdriel, cambia algunas descargas con fuerzas paraguayas del Comandante Rojas, quienes se repliegan sin combatir.

Después de pasar el Tebicuary, el ejército acampa en Itapuá, el 11 de enero. A los pueblos deshabitados que hallan a su paso, se suman al desconocimiento del terreno, el calor y las copiosas lluvias, para aumentar las dificultades del avance.

El día 15, Belgrano y su Estado Mayor, llegan a orillas del arroyo Ibáñez y desde el cerro Mbaé o del Fantasma, puede observar finalmente las fuerzas y la posición de las tropas enemigas.

El grueso de la misma está acampado junto al arroyo Paraguary, situado a su frente, en número de 7.000 hombres repartidos en tres divisiones; la del centro comandada por el Coronel Pedro García, la de la derecha por el Comandante Manuel Anastasio Cavañas y el Teniente Coronel Juan Manuel Gamarra, la de la izquierda.

Los patriotas suman solamente 600 hombres, no obstante ello, Belgrano decide celebrar una Junta de Guerra con sus oficiales, en la tarde del 18 de enero. Se acuerda entonces, atacar por sorpresa antes del amanecer del siguiente día.

La lucha se inicia en la madrugada del 19, antes de aclarar, con el avance de la primera línea patriota al mando de Machaín y del Capitán Gregorio Perdriel la segunda. Pese a la desigualdad de los efectivos8,
la fuerza de esa primera ofensiva es tal, que logra dispersar el centro enemigo.

Algunos oficiales paraguayos se ponen en fuga, entre ellos, el mismo Velazco. Sin embargo, son
descuidados los flancos por la imprudente persecución de los dispersos, lo que malogra la victoria inicial. Las fuerzas enemigas de reserva atacan las avanzadas patriotas, encerrándolas.

La lucha continúa indecisa y Belgrano puede organizar libremente la retirada ya que no se ha
ordenado perseguirlos. El mismo 19, dice a la Junta:

“Estoy convencido de que este país no quiere perder los grillos, aunque me persuado que con el tiempo llegará a convencerse de los errores en que está contra nuestra justa causa”.

Inician la retirada, atravesando nuevamente el río Tebicuary y a fines de enero, establece su campamento en Santa Rosa, donde recibe la noticia de su nombramiento de Brigadier General. Pero pronto, cruzan el Aguapey y el Tacuary, acampando en la margen izquierda de aquel río a mediados de febrero. Allí procura organizarse a la vez que cerrar el paso al enemigo.

Belgrano continúa apelando a recursos diplomáticos a fin de alcanzar una conciliación pacífica con los paraguayos, entre cuyas filas hace circular varios números de La Gaceta y copias de su manifiesto del 18 de diciembre donde les dice, entre otras cosas:

“Nobles paraguayos, paisanos míos: el ejército de Buenos Aires no ha tenido otro objeto en su venida, que el de libertaros de la opresión en que estáis, que elijáis vuestro diputado para el congreso y, mientras, quitaros e! servicio inicuo de las milicias, y poner un comercio franco de vuestras producciones, inclusa la del tabaco… pero con dolor he sabido por vuestros compatriotas que están padeciendo a causa de aspirar por su libertad, que el gobernador Velazco con los europeos, o como le llamáis, matuchos, os tienen engañados, y os conducen a los estragos de la guerra civil por su interés particular…. abrid los ojos, creed que el ejército es de amigos y paisanos vuestros, que tienen la misma religión, el mismo rey Fernando, unas mismas leyes y un mismo idioma …”

Pone en libertad a los prisioneros y, respecto a ello, participa a la Junta Provisional, el
17 de febrero, escribiendo:

“Muchas cosas me influyeron a seguir la máxima de tratar bien a los prisioneros paraguayos, darles libertad, incluyendo en ellos un europeo y un hijo de esa capital: entre ellas la consideración de los nuestros en poder de los insurgentes; el que impuesto de nuestra causa podrían hablar a los suyos y, sobre todo, que es ajeno de mis sentimientos el terror, por más que se me arguya para adoptarlo”.

El combate de Tacuarí y la capitulación de Belgrano 

La oposición del pueblo paraguayo a las fuerzas patriotas es unánime pero, sin embargo, es necesario destacar que la adhesión a la autoridad peninsular de aquellos naturales, no es en sostén del sistema español, sino en una instintiva actitud localista.

A fines del mes de febrero, Belgrano recibe en calidad de parlamentario, a un oficial de Cavañas llamado Antonio Thomas Yegros. Se intercambian entonces varios oficios donde el prócer insiste en sus propósitos que son los de la Junta de Mayo.

En su brillante nota a Cavañas del día 20 de aquel mes, le advierte que el origen de aquella guerra debe hallarlo en el aspirar de los pueblos de América, a gozar de los derechos que tienen los de España. No es por la causa de Rey que se les ofrece oposición, los enfrentamientos se dirigen a la destrucción de los criollos “y esto no lo consentirá jamás nuestro gobierno, ni los que dependemos de él, aunque perdamos nuestra existencia en la demanda”.

Sus fuerzas acampadas al sudeste del río Tacuarí no llegan, a principios de marzo de 1811, a 600 hombres. En tanto, Cavañas toma posiciones de batalla con una división de 2.000 hombres y 6 piezas de artillería. Simultáneamente, la Junta Provisional en Buenos Aires, respondiendo al pedido de auxilio del jefe expedicionario, crea la primera escuadrilla naval patriota, confiando el mando a Juan Bautista Azopardo que, con refuerzos, remontará el Paraná.

Pero una flota realista que ha partido de Montevideo, le da alcance en San Nicolás y derrota a los patriotas el 2 de marzo. Sin el apoyo de aquellos refuerzos y la dispersión de fuerzas que implica la división de
Rocamora en Itapuá y las tropas de Perdriel en la Candelaria, ofrece a los paraguayos la posibilidad de efectuar un ataque envolvente.

Para ello, Cavañas cuenta con el auxilio de 400 hombres de la división de Gamarra y la escuadrilla realista que avanza por el Paraná a espaldas de Belgrano.

El 9 de marzo, al amanecer, las fuerzas de Cavañas atacan a los patriotas quienes ofrecen una heroica resistencia hasta que, rodeados y fuertemente castigados por diversos flancos, su frente se quiebra y llegado el mediodía, los paraguayos, dueños de la victoria, le intiman a rendirse.

Belgrano, alentando a sus tropas a un heroico y último esfuerzo, intenta resistir aún, y cuando ha perdido la mitad de sus fuerzas, opta por capitular. Destaca al paraguayo José Alberto Cálcena y Echeverría como parlamentario ante Cavañas, manifestándole en nombre del representante de la Junta que las armas de Buenos Aires:

“habían ido a auxiliar y no a conquistar el Paraguay; pero que, puesto que rechazaban con la fuerza a sus libertadores, había resuelto evacuar la provincia, repasando el Paraná con su ejército, para lo cual proponía una cesación de hostilidades que contuviese para siempre la efusión de sangre entre hermanos”.

Se firma una capitulación honrosa para el ejército patriota y de acuerdo a lo pactado, el día 10, Belgrano inicia la marcha hacia la Candelaria. En un gesto de nobleza, hace destruir antes, la correspondencia que ha mantenido con algunos paraguayos proclives al reconocimiento del gobierno porteño. Y, en tanto organiza la retirada insiste una vez más, seguro de persuadir al jefe paraguayo de que su objetivo ha sido el de facilitarle los medios necesarios para el progreso y felicidad de aquella provincia.

Le solicita entonces, autorización para extenderle formalmente sus proposiciones. Cavañas acepta la propuesta, sale al encuentro del prócer y, después de confundirse en un abrazo, ambos jefes marchan juntos más de media legua.

Surge entre ellos una cordial amistad: Belgrano, en un gesto que lo distingue, le entrega sesenta onzas de oro para ser distribuidas entre las viudas y huérfanas de los caídos, Cavañas acepta la oferta y el General en reconocimiento, le obsequia además su propio reloj de oro. A fines de marzo, los restos de ejército patriota vuelven a cruzar el Paraná.

Campaña a la Banda Oriental

En tanto la causa revolucionaria comienza a extenderse por toda la América del Sur, en Montevideo se concentra uno de los puntos de mayor resistencia realista. El cabildo de aquella ciudad se ha negado a reconocer la comunicación oficial de la junta porteña, reprimiendo duramente y, en especial en la campaña, a todo sospechoso de adhesión al Gobierno de Buenos Aires.

Así y todo, con el apoyo incluso del clero, la campaña de la Banda Oriental suma adeptos a la causa revolucionaria. Buenos Aires no desatiende aquella circunstancia y para evitar una ruptura definitiva, comisiona ante las autoridades uruguayas al Secretario Juan José Paso, quien pone los fundamentos revolucionarios y la necesidad e importancia de unir esfuerzos para hacer frente al peligro de una eventual agresión portuguesa. Pero a pesar del empeño de su misión, las gestiones fracasan.

El Consejo de Regencia de Cádiz ha nombrado Virrey del Río de la Plata a Francisco Javier de Elío, que regresa a Montevideo el 12 de enero de 1811, decidido a intimar a la Junta porteña, el sometimiento a su autoridad. El rechazo es inmediato y al mismo sigue la ruptura de hostilidades, cuando Elío declara “rebelde y revolucionario al Gobierno de Buenos Aires y traidores a los individuos que la componían”, así como a todos los que lo sostienen.

Califica a la Revolución de Mayo de “sedición formada por cuatro facciosos”, y organiza una expedición punitiva a fin de recuperar el territorio perdido. Simultáneamente, los pueblos de la campaña uruguaya, encabezados por un grupo de gauchos valientes, comienzan a levantarse contra las autoridades realistas.

El alzamiento se había producido en realidad, por fuerzas combinadas de ambas márgenes del río Uruguay; y viene al caso recordar la misiva de Belgrano a Cavañas, del 15 de marzo de aquel año, cuando le dice:

“Mientras usted se prepara a atacarme, nuestros hermanos de la Capilla
Nueva de Mercedes han sacudido el yugo de Montevideo; a ellos han
seguido los del Arroyo de la China; Paysandú y hasta la Colonia”.

Iniciación de la Campaña

El 28 de febrero se ha producido en la Banda Oriental el primer movimiento organizado por el pueblo mismo, para apoyar a la revolución de Buenos Aires, conocido históricamente como el “Grito de Asencio”.

Un grupo de cien gauchos acaudillados por Venancio Benavidez y Pedro José Viera se reúnen en las proximidades del arroyo Asencio y proclaman su decisión de luchar contra el dominio hispánico, tomando las poblaciones de Mercedes y Soriano. Y el movimiento así iniciado tendrá en el uruguayo José Gervasio
Artigas la guía para conducir a su Patria hacia la libertad.

En tanto, protegidos por las fuerzas navales, los realistas se han concentrado en la Colonia y en Montevideo. Es entonces cuando se improvisa la primera escuadrilla patriota de tres buques y treinta y tres cañones, a la vez que se organiza un nuevo ejército sobre la base de las fuerzas expedicionarias a las órdenes de Manuel Belgrano.

Según vimos, el 2 de marzo de 1811, es batida en San Nicolás la escuadra argentina y el 7 del mismo mes, la Junta ordena a Belgrano acelerar la marcha, hasta ubicar el grueso de sus fuerzas en Arroyo de la China; y
en carácter de General en Jefe, con sus tropas y refuerzos, cruzar el Uruguay para apoyar a los patriotas orientales.

Al mismo tiempo, el gobierno porteño, destaca al Comandante Martín Galaín don un refuerzo de 441 hombres, y otra división de 425 al mando del Coronel José Moldes, que se sumarán a las tropas de Belgrano en la Banda Oriental.

A su vez, José Artigas, que ha pasado a Buenos Aires, es nombrado Teniente Coronel de Ejército, con cargo de segundo Comandante de las fuerzas que organizara en la campaña oriental y José Rondeau, con grado de Coronel, Comandante de esa fuerza.

El 4 de abril, en plena marcha, Belgrano recibe un nuevo oficio de la Junta, diciéndole:

“La marcha de las tropas a toda costa debe acelerarse, por el interés que V.E. concibe en la reunión con los pueblos amigos de la Banda Oriental, que sin orden ni disciplina se juntan tumultuosamente, lo que podría seguramente engendrar desórdenes, acaso difíciles de reparar si no se pone eficaz y pronto remedio”.

El movimiento oriental ha nacido inorgánico, pronto surgen enfrentamientos entre sus cabecillas y, según lo ha presentido la Junta, la llegada de Belgrano a la Villa de la Concepción del Uruguay, el 9 de abril, con la primera división de su ejército, restablece el orden y aplaca las ambiciones de aquellos caudillos.

La vanguardia de Galaín, a las órdenes de Miguel Estanislao Soler, ha ocupado Soriano y, con milicias del lugar, logra rechazar un desembarco realista. En tanto, las noticias favorables de Artigas, hacen que Belgrano inicie el transporte inmediato a la otra banda y, entendiendo que aquel es el único hombre capaz de organizar la lucha, lo nombra segundo Jefe del Ejército Auxiliar del Norte.

Es además, un recurso para imponer disciplina y llevar el movimiento adelante en tanto logra él mismo, pasar a la otra orilla. Indudablemente que, los ideales comunes, la confianza y adhesión a Artigas y el
prestigio y la autoridad inflexible de Belgrano que los paisanos orientales reconocen, se ligan
íntimamente para posibilitar el éxito de la insurrección.

Cuando Belgrano establece su cuartel general en Mercedes, cuenta con un ejército de 3.000 hombres; se impone a los caudillos orientales y decide iniciar las operaciones.

Comisiona a su ayudante Manuel Artigas a sublevar el norte de la campaña oriental, a José Artigas el centro para cercar gradualmente a Montevideo y despacha a Venancio Benavides para dirigirse sobre Colonia y a la altura de Montevideo, unirse luego a las fuerzas de José Artigas.

La ocupación de Minas, Maldonado y Canelones; la rendición del pueblo de Colla a las fuerzas de Benavidez el 21 de abril y el 24 la de San José, son importantes victorias que afectaron seriamente a las autoridades de Montevideo. Belgrano escribe el 27 de ese mes a la Junta de Buenos Aires: 

“… los heroicos patriotas, así veteranos como milicianos, se empeñan en manifestar su valor y deseo de sostener la sagrada causa, para conseguir la tranquilidad y conservar estos dominios libres de toda otra dominación que no sea la de nuestro Augusto Rey y Señor Don Fernando VII; cada día se estrechan más mis relaciones, y pronto espero que se concluya el germen de nuestra desunión y por consiguiente de los males en que nos quieren envolver los hombres desnaturalizados, enemigos irreconciliables del bien general”.

Y con igual fecha, se dirige al Gobernador de Montevideo, Gaspar de Vigodet:

“me glorío de no haber engañado jamás a ningún hombre…me hallo pronto a recibirlo en el seno de la Patria, si abandona el partido inicuo de la guerra civil en que tan infelizmente lo ha envuelto un hombre sin autoridad, sin representación legítima … Convénzase Ud. de que le hablo de verdad y que deseo se venga a mí; sus honores, sus distinciones, sus sueldos le serán satisfechos y el nombre de un buen
español, amante de su rey Fernando VII y sus legítimos sucesores, no lo perderá”.

El proceso a Manuel Belgrano y su absolución

En el seno de la conducción del movimiento revolucionario, varias tendencias políticas se enfrentan. Hasta fines de 1810, había predominado el grupo encabezado por Mariano Moreno. Su obra y directivas, según se ha manifestado en La Gaceta, se encaminan hacia el logro de la emancipación política.

A partir de la incorporación de los representantes del interior al gobierno, la separación de Moreno y la formación de la Junta Grande en el mes de diciembre, se inicia una etapa de postergación de aquel ideal, que Belgrano ha sostenido integrando el sector más decidido del Primer Gobierno Patrio. Además, se pronuncia la lucha de facciones internas insinuada en las etapas finales del primer período.

El núcleo de oposición a la Junta Grande, lo constituyen jóvenes porteños que integran la Sociedad Patriótica y Literaria, el Regimiento de la Estrella, bajo las órdenes del Coronel Domingo French y el periódico La Gaceta de Buenos Aires, redactado por el Dr. Pedro José Agrelo. Éstos son continuadores de los principios políticos morenistas.

Esa actitud se mantiene viva por el desconcierto y la indecisión política que impera en el elevado número de integrantes del nuevo gobierno.

En el mes de abril de 1811, la oposición llega a su punto culminante y los diputados provinciales incorporados a la Junta fuerzan la situación. En la noche del 5 y 6 de ese mes, se produce en Buenos Aires un motín de gran trascendencia política, que apoya al saavedrismo, ya que es el inicio de nuestras luchas internas, además del primer intento revolucionario contra las autoridades criollas constituidas. Una de las peticiones del movimiento triunfante, la que lleva el Nº 13, establece:

“Quiere el pueblo que el vocal don Manuel Belgrano, General de la expedición destinada al auxilio de nuestros hermanos los paraguayos, sea llamado y comparezca inmediatamente en esta Capital a responder a los cargos que se le formen”.

Aquel ha sido un grave error. Belgrano cuenta con el afecto de los jefes orientales que han encabezado la revolución, ha ganado prestigio entre los pobladores e incluso la adhesión del Ejército del Alto Perú, vencedor en Suipacha, al mando de Balcarce y Castelli.

Con ese apoyo y estimación, pudo lograr modificar el curso de los acontecimientos en la Banda
Oriental, como lo ha hecho, si no por las armas, por su habilidad diplomática en el Paraguay.

El 22 de abril, una Junta de Guerra presidida por Saavedra, acuerda sustituir a Belgrano por José Rondeau en el mando de las fuerzas de la Banda Oriental. Nombra segundo Jefe a Martín Galaín y al Teniente Coronel José Artigas, Jefe de las Milicias Patrióticas. El 2 de mayo, desde la Zanja Honda, Belgrano contesta a la Junta respecto de aquella disposición:

“Tuve mis impulsos de desobedecer y no cumplir la orden de V.E., fecha 19 del pasado, que recibí a las ocho de la noche; ya por las relaciones con el Paraguay, ya con los portugueses, ya con esta campaña y varias otras que había emprendido con los mismos enemigos; pero el que se graduase de ambición la falta de umplimiento por los que hallan movido al pueblo para que se me llame inmediatamente a responder los cargos que se me formen, y tal vez se provocase un nuevo movimiento, que a costa de todo sacrificio  se debe evitar, me estimuló a expedir mis órdenes en aquella misma noche, que mandé abiertas a don José Rondeau, para que se le reconociese por general del ejército al tiempo de emprender mi marcha al amanecer de este mismo día, y evitar las reclamaciones que con sólo
las noticias había entreoído, quitando así de la vista mi persona, que habría podido acalorarla: pues mis intenciones jamás fueron exponer la Patria al más mínimo vaivén, sino trabajar para que con la unión logre concluir con sus enemigos y establecer su gobierno, si es posible en el seno de la tranquilidad”.

El ejército y las poblaciones orientales elevan al gobierno porteño sus reclamaciones ante el grave error que se viene cometiendo. Los vecinos del pueblo de Mercedes dicen a la Junta en su nota del 8 de mayo:

“¿Qué podríamos temer teniendo al frente a su digno jefe Don Manuel Belgrano? Nada; su nombre era pronunciado con respeto hasta por nuestros mismos contrarios; Montevideo, que en sus papeles públicos tantas veces le había publicado derrotado y preso por los paraguayos, confesaba tácitamente que no podía soportar sin susto su cercanía, los portugueses le respetaban; el Paraguay le temía: nuestras tropas tenían puestas su confianza y este numeroso vecindario descansaba en sus sabias disposiciones, con tanto mayor gusto cuanto que habíamos empezado a sentir sus favorables resultados… Su presencia es uno de
los objetos más interesantes para llenar nuestros vastos designios”.

Los jefes y oficiales participan también de aquel sentimiento, y lo manifiestan por nota en la misma fecha, diciendo a la Junta:

“Los oficiales del ejército patriótico… hacemos presente que es muy precisa la persona del señor vocal Manuel Belgrano a quien consideramos los necesarios conocimientos para terminar la cuestión de los enemigos de la Patria y del bien común. Nuestros contrarios le temen y le quieren por su rectitud”.

Belgrano arriba a Buenos Aires en los últimos días de mayo; recién se cumple el Primer Aniversario de la Revolución y, una vez más, sometiéndose a la voluntad superior, acredita sus grandes valores morales, su honradez y patriotismo.

Se solicita el procesamiento sin haberse formulado cargos y como no los hay, se acuerda llamar por edictos a quienes puedan formularlos. Es entonces cuando Tomás Grigera, que ha acaudillado el movimiento de abril, manifiesta con fecha 28 de junio a la Junta:

“… con respecto a los cargos, el Gobierno se los debe formar… así como le ejecutaría en cualquier caso en que no hubiese procedido de oficio en fuerza de autoridad”.

Días antes, los oficiales que han participado en la campaña del Paraguay, expresaron:

“que no habría un oficial ni un soldado que tuviera la menor queja que producir contra él”.

En tanto, la revolución estalla triunfante en el Paraguay y esa es su propia victoria y la mejor defensa que posee. El gobierno porteño pone entonces sus miras en él, como el hombre indicado para concertar negociaciones diplomáticas ante los paraguayos.  Pero aún no ha sido resuelta la acusación que pesa sobre él y rechaza tal designación con notables palabras:

“Renuncio a todos los trámites; fío mi defensa a la correspondencia que he tenido con V.E.; la dejo a las declaraciones de cuantos han presenciado mi conducta, sean los que fueren, castigados o no por mí: tal es la confianza que tengo de haber procedido según mi obligación.”

Y aunque la Junta ha mantenido cierta predisposición acusatoria con el prócer, el 9 de agosto de 1811, con la firma de todos sus miembros, declara:

“que el General Manuel Belgrano se ha conducido en el mando de aquel ejército, con un valor, celo y constancia dignos del reconocimiento de la Patria; en consecuencia, queda repuesto en los grados y honores que obtenía”.

Dicha resolución debe ser publicada en La Gazeta “para satisfacción del público y de este benemérito patriota”.

Cuando se ha puesto fin al proceso, Belgrano acepta llevar a cabo la misión diplomática. Es asociado a ella el Dr. Vicente Anastacio de Echevarría, munidos ambos de instrucciones similares, cuyo objeto principal es el de lograr que el Paraguay, como las demás provincias, se sometan al Gobierno Central instalado en Buenos Aires.

Los comisionados llegan a Asunción a fines de agosto. Sin embargo, el Paraguay, entonces bajo el gobierno del Dr. Francia, evidencia más que nunca, su claro espíritu de aislamiento, su afán de autonomía total y su desvinculación con Buenos Aires.

través de un Congreso celebrado el 17 de junio, y según lo manifiesta a la Junta porteña por oficio de fecha 20 de julio, habían acordado que el Paraguay se desligue política y económicamente de las provincias comprendidas en la demarcación del antiguo Virreinato; aunque propicia la confederación de las mismas, por ser pueblos:

“no sólo de un mismo origen, sino que por e! enlace de particulares recíprocos intereses parecen destinados por la naturaleza misma a vivir y a conservarse unidos”.

El 12 de octubre, los comisionados Belgrano y Echevarría aceptan la firma de una convención. En ella, se reconoce al Paraguay la facultad de gobernarse libremente hasta la reunión del Congreso General de las Provincias del Río de la Plata, con la obligación de enviar diputados al mismo.

Pero, independiente de hecho, bajo un gobierno dictatorial que se prolongará hasta 1840, aquella provincia se aísla de las restantes e incluso, se abstiene de participar de las guerras por la independencia a que se vuelcan las otras, aunque la vida de tantos paisanos fuera también el precio de su propia libertad.

Belgrano como Comandante del Regimiento de Patricios

Cuando llega a su fin el año 1811, el movimiento revolucionario se enfrenta con serias dificultades. Montevideo se ha transformado en baluarte realista; el fracaso militar en el Paraguay y el desastre de Huaqui en el norte, obligan a retroceder a las fuerzas patriotas.

El 10 de octubre de ese año, el Triunvirato resuelve iniciar una reorganización militar: los Regimientos N° 1 y Nº 2 pasan a constituir el N° 1 de Patricios, mientras que los Nº 3 y Nº 4 el N° 2, del que se nombra jefe a Francisco Antonio Ortiz de Ocampo.

También organiza el Estado Mayor del Ejército, al frente del cual se coloca al Coronel Francisco Javier de Viana. El 13 de noviembre Belgrano es designado por el nuevo gobierno, Coronel del Regimiento N° 1 de Patricios y Sargento Mayor del mismo cuerpo el Teniente Coronel Ignacio Perdriel.

Belgrano reemplaza en su cargo a don Cornelio Saavedra, que ha sido enviado a reorganizar el Ejército del Norte. Dos días después, al tomar servicio, Belgrano se dirige al gobierno diciendo:

“Procuraré hacerme digno de llamarme hijo de la Patria. En obsequio de esta ofrezco la mitad del sueldo que me corresponde: siéndome sensible no poder hacer demostración mayor, pues mis facultades son ningunas, y de mi subsistencia pende aquel, pero en todo evento sabré también reducirme a la ración del soldado”. 

El gobierno acepta el noble ofrecimiento contestándole:

“El contribuir todo ciudadano con su fuerza moral y física a los sobrados objetos de la justa causa, es su deber primero; pero desprenderse de lo que la Patria le franquea para su indispensable subsistencia, es retribuir a la Patria cuanto ha recibido de ella”.

Y se manda publicar:

“para que su ejemplo se trasmita a sus hijos e inspire sentimientos tan dignos de la general estimación y del grande objeto que los promueve”.

Las disposiciones adoptadas en el orden militar obedecen a causas políticas. El nuevo ejecutivo, representante del centralismo porteño, procura gobernar con la exclusión de aquellos que han prestado adhesión a la Junta o a Saavedra, con una sostenida tendencia provinciana.

Esas son, en definitiva, las divergencias políticas que dan origen al motín del 6 de septiembre de 1811 en el Regimiento de Patricios, episodio que la historia recuerda como el “Motín de las Trenzas”, en el que accidentalmente se ve envuelto Belgrano.

La mayoría de los integrantes de aquel cuerpo no aceptan el reemplazo de Saavedra y, entre ellos, se encuentran numerosos provincianos. Algunas medidas disciplinarias adoptadas entonces por el nuevo Comandante, como la de cortarse la coleta o trenza que lucen con orgullo como distintivo de la unidad, es el pretexto para iniciar el levantamiento durante la noche del día 6.

Los insurrectos piden el relevo de los jefes y oficiales y la autorización para elegir a quienes deben remplazarlos. Como jefe de la unidad propone al Capitán Pereira del Cuerpo de Granaderos. La sublevación que estalla dentro del propio cuartel, es reprimida con severidad por una guarnición dirigida por Rondeau.

Se condena con dureza a los culpables y son disueltas las compañías 1º y 2º de Granaderos y la de Artillería, debido a que la sedición se había iniciado en ellas. Además, se despoja a la unidad de su nombre y uniforme, denominándoselo a partir de entonces, como N° 5.

La expulsión de la capital de los delegados provinciales que han integrado antes la Junta Grande y ahora la Junta Conservadora, es una de las derivaciones políticas más importantes de la insurrección.

Belgrano y la creación de la bandera nacional.

La marcha hacia Rosario

En medio de esas disensiones políticas continúan amenazando al país graves dificultades de orden militar. Los realistas preparan en el Norte un vasto plan de ataque, a la vez que concentran sus fuerzas en Montevideo, apoyadas por las tropas del Brasil.

A partir de allí y, en busca de víveres, la marina española efectúa frecuentes incursiones por los ríos Paraná y Uruguay, hostilizando las poblaciones indefensas situadas en las inmediaciones. Para contrarrestar tales actos de piratería y asegurarse el dominio del litoral, el Triunvirato dispone levantar en las costas pequeñas fortificaciones defensivas que impidan la penetración española.

Así, en enero de 1812, se confía a Belgrano el mando de las baterías costeras y la vigilancia del Paraná entre la Bajada y San Nicolás. Durante diez días Belgrano realiza los aprestos para que su unidad inicie la marcha; debe reorganizar los cuadros, procurar los elementos y pertrechos necesarios y superar las
numerosas dificultades que la insurrección de diciembre y la consiguiente represión, han ocasionado.

Dispuestos los ánimos, fortalecidos los espíritus de aquellos hombres, parten hacia San José de Flores, a las cinco y media de la tarde del 24 de enero; las carretas y el ganado se han despachado también en la mañana de ese día. Transcurren catorce jornadas hasta el arribo del regimiento a la Villa del Rosario.

Marchan sorteando graves inconvenientes, el clima agobiante, acentúa las dificultades del suelo pobre, que no les ofrece leña y muchas veces ni siquiera agua que consumir. En su Diario de Marcha, el prócer describe con elocuencia la llegada de sus fuerzas a Rosario:

“Hallándonos a distancia del Rosario de cerca de una legua se formó la tropa, sacaron las banderas, y con todo orden seguimos hasta este pueblo, cuyo Comandante, Capitán Moreno, y el Alcalde con otros vecinos salieron a recibirnos y ofrecérsenos. Llegados a la Plaza Mayor se formó una batalla y habiéndose
depositado las banderas de la Casa que me estaba preparada, marchó la tropa al campamento que ya estaba señalado por el Capitán Álvarez en una buena situación cerca del río, y bajo unos árboles que favorecen mucho por la estación en que nos hallamos. El pueblo no tiene casas ni galpones para colocar la gente; se ha
encontrado una a propósito para parque de las municiones que traemos, y almacén de los vestuarios y demás útiles del Regimiento”.

Construcción de las baterías “Libertad” e “Independencia”

Casi inmediatamente a su arribo a la Villa del Rosario, donde encuentra fuerzas del Regimiento de Dragones de la Patria, un piquete de artillería y algunas otras tropas, Belgrano se aboca febrilmente a la finalización de la construcción de las baterías.

“El Coronel y oficiales de Caballería de la Patria -continúa escribiendo el prócer el día de su llegada- y el capitán de Artillería Herrera, como igualmente el Capitán Rueda, encargado de la construcción de la Batería, se me han presentado; he tenido mis conferencias con los dos últimos para la pronta conclusión de la obra en que me dicen se trabaja con bastante anhelo, sin embargo de la falta de gente, y lo que es peor del dinero; pienso esta tarde ir a verlo todo por mí mismo, a fin de tomar los conocimientos prácticos que se requieren.”

Con fecha 11 de febrero, el Triunvirato notifica a Belgrano de la misión encomendada al Teniente Coronel de Ingenieros Ángel Monasterio, español adicto a la causa americana, quien tomará a su cargo la dirección de las obras; cuya actividad y eficacia en la conducción de los trabajos elogia el prócer al gobierno, días después.

Una de las fortificaciones es instalada sobre la barranca para dominar el estrecho canal del río, hacia el oeste. La otra, en la isla fronteriza frente al poblado, artillada con tres piezas de grueso calibre.

Durante su breve permanencia en Rosario y en cumplimiento de la nueva misión que le asigna la Patria, el prócer debe comprometer todo su empeño para superar numerosas dificultades que, se oponían al éxito de la empresa.

A la precaria situación económica del erario súmanse serios inconvenientes de orden militar, el abandono de las armas y otros delitos diezman los cuadros y afectan la organización de sus fuerzas.

El propio Belgrano deja testimonio de aquella grave situación al dirigirse al Gobierno, a mediados de febrero, notificándose del rechazo de su propuesta de recurrir a un sistema de enganche, remunerado de la tropa que, a su criterio, corregía muchos males.

Sus palabras llenas de amargura, evidencian sin embargo, la firmeza de su espíritu, decidido en la lucha,
capaz de sobreponerse a las dificultades y consagrarse con ahínco a sus deberes en beneficio de la Patria.

“Si las ideas que V.E. tiene por la Patria existieran en cuantos habitamos este suelo, ya no habría más que desear y ni se vería la horrorosa deserción, ni otra clase alguna de delitos; pero por desgracia no es así y yo estoy convencido por lo que veo; por lo que experimento aquí mismo y lo que he experimentado, que entre nuestros paisanos no hay más que la indiferencia por todo y que sólo se mueven por el
temor; de modo que conceptúo que nuestra Santa Causa se ha de sostener únicamente, tanto exterior, como interiormente, por la fuerza.”

Y en el mismo oficio, penetrado de la ociosidad y vicios que padece la juventud, somete a la consideración del Gobierno, la posibilidad de reclutamiento obligatorio: desde los 18 a los 24 años, un joven por familia, que instruido convenientemente en el uso de las armas, preste un servicio útil a la Patria. Con el brillo de siempre, sostiene aquellas ideas premonitorias:

“Por este medio los Regimientos lograrían completarse y nuestro Ejército se formará bajo principios más sólidos y andando el tiempo no habría un vecino que ignorase el servicio y que para un caso de guerra no estuviese apto”.

Adopción de la escarapela nacional

Cuando aún no han finalizado con la obra de fortificación, se tiene conocimiento de que una flotilla española con fuerzas de desembarco, está próxima a zarpar de Montevideo para remontar el río y apoderarse de la Bajada del Paraná.

El insigne patricio concibe, entonces la idea de otorgar a sus fuerzas un símbolo, que es a la vez, el distintivo de la Revolución; estimulando así los sentimientos patrióticos de sus hombres. Con tal sentido, el 13 de febrero de 1812, se dirige por oficio al Triunvirato proponiendo se sirva indicar la “escarapela nacional” que debe usarse en sustitución de la realista.

En consecuencia, los Ejércitos de la Patria abandonarán las diferentes escarapelas que usan hasta entonces que, en lugar de constituirse en símbolos de unión “casi eran (dice Belgrano) una señal de división
cuya sombra, si era posible, debía alejarse”.

El 18 de ese mes, el gobierno responde comunicando que ha decretado que se “use por las tropas la Escarapela Nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata que deberá componerse de los dos colores, blanco y azul celeste”.

El 23 de febrero Belgrano distribuye la nueva insignia entre sus soldados y comunica al gobierno:

“se ha puesto en ejecución la orden de V.E., fecha 18 del corriente, para el uso de la escarapela nacional que se ha servido señalar, cuya determinación ha sido del mayor regocijo, y excitado los deseos de los verdaderos hijos de la Patria de otras declaraciones de V.E. que acaben de confirmar a nuestros enemigos de la firme resolución en que estamos de sostener la Independencia de la América”.

La convicción de estos términos y los nombres de Libertad e Independencia que elige como denominación de las baterías, son prueba suficiente para ilustrarnos con plenitud de la esencia de su doctrina y colocarlo en nuestra historia, como auténtico precursor de la independencia y padre de la Patria junto al Libertador San Martín.

Creación de la bandera

El 27 de febrero de 1812, Belgrano es designado General en Jefe del Ejército del Alto Perú, en reemplazo de Juan Martín de Pueyrredón, que alega un grave estado de salud. En aquella fecha, crea y enarbola la enseña nacional, cuando inaugura la batería Independencia.

A las 6 y media de la tarde, forma sus tropas sobre la barranca del río y enarbola la nueva bandera, con los mismos colores que el gobierno ha designado para la escarapela nacional y arenga a sus fuerzas diciéndoles:

“Soldados de la Patria: En este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro Excmo. Gobierno; en aquel, la Batería de la Independencia, nuestras armas aumentarán las suyas. Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo: ¡Viva la Patria! Señor Capitán y tropa destinada por la primera vez a la Batería
Independencia; id, posesionaos de ella, y cumplid el juramento que
acabáis de hacer”.

De lo acontecido Belgrano informa al gobierno en la misma fecha, diciendo, entre otras cosas:

“Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, la mandé hacer celeste y blanca, conforme a los colores de la escarapela nacional: espero que sea de la aprobación de V.E.”.

Pero el Triunvirato mantiene una actitud vacilante respecto de cualquier proyecto de emancipación. Ha consentido el uso de una escarapela a los soldados pero, sin embargo, por razones de política externa, reprueba severamente la actitud de Belgrano considerándola prematura y ordena arriar la bandera, en oficio fechado el 3 de marzo.

A todo esto el creador de nuestra enseña, desconociendo la oposición del Poder Ejecutivo, el 1º de marzo, inicia la marcha hacia el norte para hacerse cargo del ejército. Es evidente que su pensamiento político
dista mucho de aquella resolución. Para entonces, ya ha meditado largamente el ideal emancipador y lo ha perseguido desde antes de 1810.

Se halla en San Salvador de Jujuy cuando se cumple un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo y para festejarlo, hace bendecir y jurar ese día, el pabellón celeste y blanco. La ceremonia está a cargo del Canónigo Ignacio Gorriti y la enseña es presentada al pueblo flameando en los balcones del Cabildo.
Dice entonces la tropa:

“Soldados, el 25 de Mayo será para siempre un día memorable en los anales de nuestra historia, y vosotros tendréis un motivo más de recordarlo, cuando, en él por primera vez… veis en mi mano la Bandera Nacional, que ya os distingue de las demás naciones del globo […] No olvidéis jamás que vuestra obra es de Dios; que él os ha concedido esta bandera, y que nos manda que la sostengamos”.

El Triunvirato vuelve a desautorizar el proceder de Belgrano y éste responde, el 18 de julio, anunciando que ha recogido la bandera reservándola para el día de una gran victoria. Así es que, después del triunfo de Tucumán, decisivo para la causa revolucionaria, el 13 de febrero de 1813, cuando sus fuerzas han vadeado el río Pasaje, el prócer enarbola nuevamente la Bandera de la Patria.

Sin embargo, es recién el Congreso de Tucumán el que la aprueba oficialmente, con carácter de pabellón nacional, el 25 de julio de 1816.

Fuente: «Manuel Belgrano». – 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Instituto Nacional Belgraniano, 2013. ISBN 978-987-24534-5-9