Buenos Aires Antiguo                                                                                                  

(Del Virreinato al Siglo XIX)

Si existiesen los viajes en el tiempo, y un habitante de Buenos Aires de la época colonial se presentase repentinamente en las calles de la ciudad de Buenos Aires, quedaría asombrado por los cambios y transformaciones que sufrió en los últimos, digamos, 300 años. Una vez pasada esa primera impresión se asombraría de ver grupos de tan disimiles colectividades reemplazando a los antiguos negros changadores; observaría el ir y venir de autos y colectivos, y por supuesto esperemos no “caiga” cerca del Aeroparque y sobrevuele un avión sobre su cabeza.  Se quedaría contemplando ensimismado los tremendos edificios particulares, como así también los magníficos edificios públicos.

Pero mayor sorpresa se llevaría al situarse donde se hallaban edificaciones de aquella época como, por ejemplo, la casa de la Virreina Vieja. La casa llevaba este nombre por Rafaela de Vera y Mujica, la segunda esposa del virrey Joaquín del Pino, octavo virrey del Río de la Plata.

Había sido construida en 1782. Tenía veinte ambientes y caballeriza. Se cuenta que su primer propietario no la habitó, pues fue encarcelado. Enseguida pasó a manos de Pedro Medrano, tesorero y secretario de la gobernación del Río de la Plata, quien luego la vendió al virrey del Pino, que murió en 1804. Doña Rafaela, su viuda, le dio nombre popular al inmueble. Al principio era la «Casa de la Virreina Viuda» pero luego, con la llegada de nuevas virreinas, el adjetivo trocó en Vieja.

Una de las hijas de Del Pino, Juana, se casó con el presidente Bernardino Rivadavia, y hay historiadores que aseguran que habitaron esta morada, aunque no hay bases concretas. Lo cierto es que, ante la muerte de Rafaela, en 1816, la casona volvió a la familia Medrano y se transformó en residencia obispal, pues vivió allí el prelado Mariano Medrano.

A mediados del siglo XIX se la transfirió a la ciudad y se constituyó el Banco Municipal de Préstamos y Caja de Ahorros.

En 1909 se transformó en un conventillo, y entre 1912 y 1914, en dicho predio se construyó el simbólico edificio Otto Wulff en la esquina noroeste de Perú y Belgrano, en el barrio porteño de Monserrat. Nuestro visitante, lamentablemente no podrá ver ya la construcción de aquella casona, la que fue en su momento sangriento escenario de las invasiones inglesas.

  Casa de la Virreina Vieja, Perú 365 esquina Belgrano, Buenos Aires

Pero lo de nuestro amigo viajero es simplemente una moderna manera de prologar lo que nos atañe en esta nota que es la urbanización del Buenos Aires colonial.

Las calles

La ciudad era un paralelogramo dividido en cuadras de aproximadamente 130 metros cada una.

Las calles permanecieron por muchos años sin empedrado. Se ha acusado a los españoles, y seguramente con justa razón, de haber dejado las calles en pésimo estado, a tal punto de ser algunas de ellas prácticamente intransitables. Máxime teniendo en cuenta que se trata de una ciudad tan importante comercialmente.

A ello le sumamos el agravante de que se tenía el mejor material, la piedra, y su traslado a bajo costo para realizar el empedrado. No sabemos si los motivos de dicho abandono fue ignorancia, o una economía mal entendida para que hayan dejado las calles en tal estado de abandono. Pero, han llegado comentarios de la época, que hacían creer al pueblo que el empedrado era obra de romanos.

Es justicia mencionar la honrosa excepción del Virrey don Juan José Vertiz. Allá por 1770 y a raíz de una lluvia que duró varios días, se formaron profundos pantanos que hicieron se haga necesario colocar centinelas en algunas cuadras de la Calle de las Torres, hoy Rivadavia, cerca de la plaza principal. Esto fue necesario para evitar que se ahogaran los transeúntes, especialmente los de a caballo.

Después de haber mejorado las calles y veredas Vertiz, hizo colocar iluminación por intermedio de velas de sebo. Esto para que los transeúntes que no pudieran hacerse acompañar por un negro con farol o cargar una linterna pudieran evitarse malos pasos y malhechores.

Más tarde llegó la negativa del Marqués de Loreto, cuando era virrey, a emprender la colocación del empedrado por temor a que se desplomaran los edificios, pues el paso de los carruajes movería los cimientos; también adujo que habría que gastar en cambiar las llantas de los carruajes y herraduras a los caballos, y esto según él, valdría más que comprar caballos nuevos.

Su sucesor, Arredondo, no tuvo esos temores y en 1795 emprendió por fin la obra, que fue continuada por su sucesor, Pedro Melo de Portugal y Villena. Pero muy poco fue lo que se hizo en la materia hasta el gobierno de Rivadavia, entre 1822 y 1824. Igualmente, los empedrados fueron siempre muy malos.

Pero la ciudad siempre se mantuvo muy sucia, aún en estas últimas fechas y lo siguió siendo mucho tiempo después. Por las lluvias en invierno y el polvo en verano. Las calles jamás se barrían, salvo los sábados por los puesteros que eran obligados a hacerlo al terminar sus quehaceres.

Ya fuera de la época colonial y hasta casi fines de siglo, se veían en importantes puntos de la ciudad, grandes pantanos que a veces ocupaban cuadras enteras.

Se solía ver a los médicos, que por esos tiempos se movilizaban a caballo, dejar al animal en una bocacalle y hacer una o más cuadras a pie para llegar a ver a su paciente. Y a los que iban de a pie se los veía rodear una o más manzanas para llegar a un punto determinado, aprovechando pasos que improvisaban los vecinos o algún pulpero con ladrillos o tablas.

Los pantanos se tapaban con basura que llevaban con los carros de policía, que eran tirados por una mula. Esto siguió ocurriendo hasta fines del siglo XIX. Era un gran foco de infección; en verano los nauseabundos olores eran insoportables y millares de moscas invadían las casas.

Las casas

Las casas eran normalmente de sólida construcción, aunque no eran verdaderamente confortables. Se edificó con barro durante muchos años, pasó bastante tiempo para que se empezara a usar la cal. Se revocaba generalmente con barro también. En las paredes se usaba el blanqueo. Casi no se conocían la pintura al óleo ni el empapelado; mucho menos aún el cielo raso. Los pisos normalmente eran de ladrillos.

El uso de la estufa se fue introduciendo muy lentamente ya que se la miraba con mucho temor. El refugio contra el frío eran los braseros, por supuesto mucho más peligrosos que las temidas estufas. A estas se las fue introduciendo de a poco, dándose cuenta la población que ofrecían una agradable climatización de las habitaciones, que generalmente eran muy húmedas. Y además no traían los problemas de los braseros.

   Casa del virrey Liniers (foto de 1939)

Algo que afeaba el exterior de las casas eran las rejas voladas de las ventanas que daban a la calle. Eran demasiado grandes. Algunas sobresalían más de 1 metro, y las veredas eran generalmente muy estrechas y no pasaban los 5 metros. Esto traía inconvenientes para el paso de los transeúntes, especialmente en noches obscuras.

Pero a pesar de su fealdad y de los problemas que acarreaban a sus dueños, ya que eran demandados por personas que perdían un ojo o se inutilizaba su brazo por chocar con la reja, las mismas servían para poder dormir por las noches más frescos evitando la intromisión de delincuentes que, aunque no eran tantos, los había.

Aún con la reja los robos seguían existiendo. Un método muy usado era introducir una caña con un gancho en la punta entre las rejas, así se sustraían ropas, relojes o lo que se encontrara a mano, todo sin ser oído.

 

Vista desde la rada

Contemplando a la ciudad desde la rada, no se veían los hermosos edificios, la estación de ferrocarril ni los magníficos jardines y paseos.

Se observaba lo que se denominaba el bajo, un trayecto desaseado, cubierto de arena y otros desechos que dejaba el río tras su retirada.

Se veía frecuentemente una gran cantidad de pescados muertos que los pescadores desechaban y llegaban a un estado de putrefacción. También se amontonaba basura y hasta caballos muertos que traían desde otros sectores de la ciudad.

Desde el río se observaba un grupo de casas, casi todas bajas y de similar construcción, que le daban un aspecto lóbrego al paseo. La monotonía afortunadamente se interrumpía por la belleza de las torres de las iglesias, y por lo pintoresco de las barrancas del Retiro o la Recoleta.

En 1822 Rivadavia hizo venir del extranjero al ingeniero hidráulico Bevans. Por entonces se pensaba en la construcción de un muelle y un puerto. Por falta de recursos no se hizo ninguna obra.

Se observaba desde algún punto del recorrido el paseo de la Alameda, hoy Leandro N. Alem. Contaba con una extensión de alrededor de 1000 metros. Poseía una fila de ombúes que jamás prosperaron y algunos bancos de ladrillo. Los días de fiesta concurrían algunas pocas familias a este paseo. La Alameda es nombrado por un inglés del cual no quedó registro de su nombre, que escribió en su libro Cinco años en Buenos Aires (1820-1825):

“Este paseo ubicado en un barrio de mala fama es indigno de la ciudad. Apenas alcanza a las 200 yardas de longitud, con arboledas de escasa altura y bancos de piedra demasiado honrados por quienes los emplean para sentarse. Los domingos por la tarde es muy frecuentado: la belleza e indumentaria de las mujeres es lo único que puede llevar a un extranjero hasta ese sitio (…) La cazuela o galería es semejante a la del Astley, aunque no tan amplia. Van allí únicamente mujeres.

Juntar en esa forma a las mujeres y separarlas de sus protectores naturales me parece abominable. Un extranjero suele formarse juicios erróneos sobre las bellas cazueleras, y apenas pueden creer que las niñas más respetables se encuentren en ese lugar. Así es, sin embargo, y esposos, hermanos y amigos esperan en la puerta de la galería. Se dice que esta costumbre ha sido transmitida por los moros. Las diosas de la cazuela se portan correctamente; y sospecho que las muchachas inglesas no demostrarían tanta seriedad en análoga situación. (…)

Las damas van bellamente ataviadas a los palcos, combinando la pulcritud con la elegancia. Por lo general visten de blanco. El cuello y el seno están bastante descubiertos para despertar admiración sin escandalizar a los mojigatos. Una cadena de oro u otra alhaja suele pender del cuello. El vestido lleva mangas cortas y el cabello arreglado con mucho gusto: una peineta y algunas flores, naturales o artificiales, por todo adorno.

Las noches de estreno presenta el teatro (Comedia) un conjunto de hermosas mujeres (como no podría soñar un extranjero). A menudo he contemplado sus oscuros ojos expresivos y el negro cabello que, si posible fuera, embellecería aún más esos bellos rostros. Creo que ninguna ciudad con la misma población de Buenos Aires puede vanagloriarse de poseer mujeres igualmente encantadoras. El aspecto que presentan en el teatro no es sobrepasado ni en París ni en Londres (he sido un asiduo concurrente a los teatros de ambas capitales). (…) La majestuosa elegancia del paso, tan admirada en las españolas, en ninguna parte es más notable que en Buenos Aires. Y esta gracia no es patrimonio de las damas: mujeres de todas las clases sociales la poseen, por donde se concluye que debe ser un don natural. (…)

Los caballeros se conducen muy cortésmente con las mujeres. (…) Me han asegurado que son maridos negligentes…pero los maridos de Buenos Aires que he tenido el placer de conocer atienden religiosamente a sus esposas y las tratan con una ternura que sería difícil hallar en la misma Inglaterra. (…)

En los bailes las mujeres se sientan juntas. Con paso vacilante se aproxima un caballero a solicitar un vals o un minué. (…) Los porteños adoran el baile. En las horas de la noche, hijas, madres y abuelas se entregan a esta diversión con espíritu juvenil. (…) Las damas se mueven con mucha gracia. (…)(Además del minué, la contradanza y el cielito.) El vals tiene gran aceptación; no han leído los sermones de nuestros moralistas y se entregan a las volteretas frenéticas de esta danza voluptuosa.” 

Rudolf Carlsen, El Bajo (c.1847) y el Paseo de la Alameda en la esquina con la calle Corrientes. Residencia de Francisco Madero

El Fuerte

En 1594, a raíz de la repetida presencia en el Río de la Plata de buques corsarios ingleses, el gobernador Hernando de Zárate dispuso la construcción de un reducto defensivo. El 16 de febrero de 1595 se comenzó a construir y éste será el primer edificio público  que se levantaba en la ciudad de Buenos Aires. Este precario Fuerte, al que llamó pomposamente “Real Fortaleza de San Juan Baltasar de Austria”, no era más que un cerco de forma cuadrada hecho con muros de tierra y estacas, con cuatro bastiones y un foso inundable. Fue emplazado un poco más al este del solar que para tal fin había sido señalado por el fundador de la ciudad Juan de Garay, cuando en 1580 procedió a trazar la primitiva planta urbana de Buenos Aires, en el costado este de la plaza Mayor (hoy plaza de Mayo), frente a la barranca del río de la Plata.

La precariedad del reducto levantado por Zárate dio lugar a que en 1596, el nuevo gobernador  Hernando Arias de Saavedra, insistiera ante las autoridades españolas acerca de la necesidad de mejorar las estructuras del Fuerte hecho construir por orden de Zárate y, al no obtener respuesta, dispuso reforzar  los murallones de tierra con nuevas estacadas y ampliar el foso que lo circundaba. A pesar de estos trabajos, el Fuerte que debía servir para defender a la ciudad de Buenos Aires, siguió siendo una construcción miserable, a la que el gobernador Diego Rodríguez Valdés y la Banda en 1599 lo encontró casi derrumbado y describió lo que quedaba como “un corral de tapias, con algunas piezas de artillería hundidas”.

Este antiguo Fuerte porteño fue entonces, por algunos años, apenas una defensa de tierra apisonada, con cercos y bastiones de madera, muy diferente de los Fuertes de otras ciudades costeras españolas, donde se levantaron enormes murallones de piedra. Probablemente la causa fue que Buenos Aires no se utilizó como salida de oro y plata hacia Europa y por lo tanto, no era el sitio más codiciado por los piratas. Sin embargo, las andanzas de corsarios y piratas en las cercanías de la isla Martín García, obligaron a varios gobernadores a pedir al rey el dinero necesario para fortificar la ciudad.

En 1610 el Cabildo ordenó la colocación de nuevos bastiones en ese antiguo Fuerte y en 1617, cuando Hernandarias asumió nuevamente la gobernación, lo remodeló. Lo dotó de un mirador, imprescindible para la vigilancia de la costa y ordenó la construcción de habitaciones para el gobernador y dependencias para la Aduana. Trabajó personalmente en la obra, ayudado por sus hijas y allí se trasladó luego con todas ellas y su esposa. Para hacer estos trabajos utilizó a “los negros depositados” en el depósito general y a nueve aborígenes con sus mujeres, logrando con estos trabajos que el Fuerte ahora estuviera rodeado por murallas con terraplenes y baluartes, construidos con piedras que fueron traídas desde la Isla Martín García y maderas del norte misionero.

En 1631 el Gobernador Pedro Esteban Dávila decidió rehacer el Fuerte, y lo que hizo resultó tan pobre y endeble como lo habían sido los anteriores, por lo que la situación no varió y la defensa de la ciudad continuó dependiendo de la escasa profundidad de las aguas del Río de la Plata, que impedía a los barcos acercarse a la costa.

En 1641 Martín de Mujica informó a la Corte que sus «tapias de tierra muerta y derrumbada» no prestaban ya «defensa ni seguridad a los soldados». Para remediar esa situación se resolvió entonces reconstruirlo, empleando en las obras ladrillos en lugar de tierra. El nuevo bastión recibió la denominación de «Fuerte Real de San Miguel de Buenos Aires»  (Castillo de San Miguel Arcángel del Buen Ayre”, según otros autores)  y hacia 1699 se terminaron tres de sus baluartes, además de los cuarteles y almacenes. Paralelamente, se erigió en la boca del Riachuelo el denominado «Fortín de San Sebastián».

Recién en 1667 el nuevo gobernador, José Martínez Salazar, ordenó contruir un tablestacado sobre la costa, con el objeto de impedir el desmoronamiento de la barranca, con el consiguiente peligro de derrumbe de los muros del Fuerte. Hizo construir un foso de 12 metros de ancho que lo circunvalara en todo su perímetro, construyó una galería para utilizarla como armería, mejoró el estado de los baluartes, construyó un almacén, hornos y silos para depositar alimentos y reservas de agua y finalmente lo rebautizó, con el nombre de “Fuerte Real de San Miguel de Buenos Aires”

En 1674, el gobernador Andrés de Robles, disconforme con el estado del foso, que decía había quedado incompleto e impedía el movimiento de la caballería, ordenó completarlo, ampliando el espacio que quedaba entre el foso y los muros del Fuerte, reforzó la empalizada con 300 troncos de madera dura alquitranada y afianzó sólidamente, en lugares estratégicos, los ocho cañones de bronce que disponía.

El nuevo Fuerte de Buenos Aires

Influidos por las nuevas técnicas constructivas y normas para la defensa que venían de Europa, y siguiendo los nuevos principios de la arquitectura militar, puestos en boga por el ingeniero francés Vauban, el 4 de abril de 1713, durante la gobernación de Manuel de  Velazco, se comenzaron las obras del nuevo Fuerte.

En 1718, se revistieron las murallas con piedras amalgamadas y ladrillos y en 1725, cuando Bruno Mauricio Zavala era el gobernador, se completaron las obras, dando por resultado una estructura cuadrada irregular de cinco mil metros cuadrados de superficie, circundada por una gran muralla con una longitud total de 500 metros de piedra la que daba al río, y de ladrillos las otras tres. Con cuatro bastiones (uno en cada esquina, siendo los que miraban al río mucho más importantes que los que miraban a la ciudad»), troneras para los cañones, una garita para los centinelas, rodeado (salvo en el tramo de la costa), por un foso inundable con un puente levadizo frente a la entrada principal del Fuerte que daba a la Plaza Mayor.

En el interior del Fuerte, estaba  el despacho del Gobernador, oficinas de tesorería y una Capilla. Sirvió también como residencia a los gobernadores y virreyes y a partir de 1810, fue también utilizado como vivienda y despacho por los titulares de los distintos gobiernos nacionales hasta que Juan Manuel de Rosas interrumpió esa tradición, estableciendo su morada y la sede de la autoridad gubernativa en el palacio de San Benito de Palermo.

Aunque mucho más modesto, el Fuerte tenía las características propias de las fortificaciones de la época, como la de Cartagena de Indias (Colombia) o San Juan de Puerto Rico. Tal vez el fuerte más parecido al de Buenos Aires fue el de Santa Teresa, en la costa atlántica del Uruguay, en el Departamento Rocha. Estas obras estuvieron a cargo de José García de Cáceres, nacido en Alicante, y que fuera quien más tarde, en 1892, describiera al Fuerte como: “Un cuadrado de lados desiguales, fortificado con cuatro baluartes y sus correspondientes certinas, dentro del cual se encuentra el Palacio Real que en piso superior ocupan los Señores Virreyes y en el inferior la Real Academia, Escribanos, Secretarios y Capilla Real y Reales Cajas, encima de estas la Sala de Armas, capilla antigua para presidiarios, cuerpos de guardia, almacenes, maestranzas, etc.

Este fuerte tiene un foso sin contraescarpa revestida y únicamente lo está una porción que corresponde a la puerta principal que tiene puente levadizo y está cubierta por un pequeño tambor, en el frente que mira al río está la puerta del socorro, los muelles de dicho frente están en muy mal estado, especialmente a la entrada por ser la piedra tosca de malísima calidad. Todos los edificios que contiene están construidos de ladrillo y barro, excepto la Capilla Real, almacenes y cajas Reales, que lo están de ladrillo en mezcla de cal y arena”. Con el tiempo los arcos cedieron y los pilares amenazaban moverse, por lo que en 1757 hubo que arreglarlos.

En 1761 se concluyó una nueva residencia para los gobernadores, que había sido diseñada 10 años antes por Diego Cardoso. En 1766 se arreglaron las calles que bajaban hacia el río, en 1768 Bartolomé Howell realizó el murallón de la costa, y en 1784 el Comandante de ingenieros Carlos Cabrer adicionó una Capilla. Un año después, Cabrer diseñó el edificio de la Real Audiencia de dos plantas. En el último cuarto del siglo XVIII, se lo reconstruyó, conforme a datos aportados por el arquitecto R. De Lafuente Machain. En ese Fuerte funcionaban también las Oficinas de la Casa de Gobierno, y en él residieron por varios años los gobernadores de Buenos Aires, como lo habían hecho anteriormente los Virreyes.

En 1787, once años después de que el rey Carlos III elevara a Buenos Aires al rango de ciudad a capital del Virreinato del Río de la Plata, se le construyó un nuevo “Palacio de los virreyes”, junto al de Maestranza o «Palacio Viejo» que permitió situar a las nuevas autoridades en suntuosos salones con balcón esquinero “de cajón”, como se acostumbraba en Lima y se renovaron partes de la fortaleza. En 1803 se reforzaron las defensas que daban al puerto y del lado de la plaza se construyó, sobre el foso, una pared de ladrillos. Para este entonces el fuerte ya era inútil, pues el puerto se defendía naturalmente por sí solo, debido a que el río era de escasa hondura y los bancos de arena obligaban a que los buques fondearan a kilómetros de la costa y era imposible el desembarco inmediato de sus tripulantes, en caso de que quisieran tomar la ciudad.

Pese a que el fuerte era ya técnicamente inútil, continuaba siendo el símbolo del poder, y sirvió de residencia a los virreyes hasta 1810. A partir de ese año fue utilizado como vivienda y despacho por los titulares de los distintos gobiernos nacionales y durante la Reconquista de Buenos Aires en 1806, al ser ocupado por los británicos, los patriotas intentaron volarlo comandados por el matemático Sentenach y una vez que los porteños se apoderaron del resto de la ciudad, fue una posición inútil para los británicos, ya que de continuar en él habrían sido fácilmente sitiados.

  Plano general del Fuerte y cabildo en 1810

Este edificio siniestro y sombrío, sobre cuyos muros se destacaban varias bocas de cañón, tenía por entrada un enorme portón de hierro con un puente levadizo a través de un ancho foso que circundaba todo el edificio. En este foso, depósito eterno de inmundicias, se veían jugando a la baraja o tirando la taba, o echados al sol en invierno, algunos soldados de los que formaban la guarnición, bastante mal vestidos, muchas veces descalzos, con el pelo largo y desgreñado. Por añadidura, nunca faltaba un buen número de muchachos holgazanes, de los que en todas épocas abundan y que hacían una “rabona” muy cómoda, tirados en el zanjón.

Entre 1826 y 1827 Bernardino Rivadavia, siendo Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, mandó cegar el foso, eliminar el puente levadizo y reemplazar el rastrillo por un portón de hierro. El nuevo pórtico de entrada era de un estilo neoclásico en forma de arco de triunfo, con un gorro frigio esculpido en lo alto, del que solo se sabe que en 1910 se encontraba abandonado en un caserón del barrio de Constitución. Además, Rivadavia introdujo lujosos muebles que había comprado en Europa.

En 1835, ya en la época de la gobernación de Rosas, se lo utilizó para albergar tropas ya que él trasladó la sede de su gobierno a la casa que había mandado construir en Palermo. Este Fuerte mantuvo luego su presencia, vigilante y atento en una virtual y no efectiva función de custodio de nuestra soberanía. Después de la caída de Rosas, el Fuerte volvió a ser utilizado como centro del gobierno nacional pero, a partir de 1853, sus instalaciones sufrieron una serle progresiva de transformaciones,  hasta que durante el gobierno de Pastor  Obligado se dispuso su demolición, para instalar allí el edificio de la nueva Aduana de la ciudad de Buenos Aires.

Desapareció así esa reliquia de la colonia y de los primeros años de la vida independiente. Sólo se preservó el portón que había servido para el puente y un cuerpo del edificio sobre la esquina de las actuales calles Rivadavia y Balcarce, donde continuó funcionando la Casa de Gobierno. En 1869, Domingo Faustino Sarmiento mejoró lo poco que quedaba de la construcción primitiva y la hizo pintar de color rosado, dando origen al nombre de “Casa Rosada” con el que desde entonces se conoce a la sede del Gobierno Nacional. Finalmente, en 1882, el presidente Julio A. Roca dispuso una nueva y última remodelación de este edificio, que por Decreto del 21 de mayo de 1942 fue declarado monumento histórico, aunque ya era tarde para preservar la parte principal del viejo Fuerte.

 

Artículo de la época del  “Buenos Aires Herald” sobre el fuerte de Buenos Aires comenzaba diciendo: «…. Es una defensa miserable para ciudad tan importante. Los cañones (treinta y cinco) estaban picados y sus cureñas podridas, las murallas bajas y parcialmente demolidas» . Y algo más adelante: «que no estaba calculado para defender a Buenos Aires, ni para repeler agresión o ultraje marítimo, pues el agua, dentro del alcance de sus cañones, es demasiado escasa para que los barcos se aproximen».

Y como lo había ya dicho un inglés unos cuarenta y tantos años antes, después de las invasiones inglesas cuando se refería al antiguo Fuerte de la ciudad de Buenos Aires, continúa diciendo: “…… es de forma semicircular con las curvas frente al río. Consta de sótano y de dos pisos principales y de un muelle de madera para facilitar las operaciones de embarco y desembarco” “El gobernador Pastor S. Obligado, ya decretó su ejecución. Hay quien dice que más que una «destrucción» será una «reducción», ya que dejarán el gran arco de entrada y un cuerpo de edificio situado hacia el ángulo Noroeste, que previos algunos arreglos será sede del gobierno nacional». Sobre ella se alzará el faro de Buenos Aires» y la nueva Aduana que piensan comenzar a construir para el 55, más o menos”. “Puede ser. Pero no será lo mismo”. Piensa, el autor de la nota, con el fatalismo de algunos viejos, que ya vivió lo suyo.

El Cabildo

Cabildo proviene de la palabra en latín «capitulum», que significa «a la cabeza». Los enviados del rey de España construían un organismo municipal de este tipo cada vez que fundaban una ciudad en «las Indias», como si fuera una adaptación del ayuntamiento medieval español.

El primer Cabildo de Buenos Aires data de los primeros años de la segunda fundación de la Ciudad, conducida por Juan de Garay en 1580. Era un edificio de adobe y techo de caña y paja, frente a la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo) en lo que hoy es la intersección entre las calles Bolívar e Hipólito Yrigoyen. Tenía una sala para los cabildantes y otra que funcionaba como cárcel.

Debido a la rusticidad de la construcción, para 1711 se autoriza la re edificación del Cabildo, que se interrumpió en diversas ocasiones durante ese período violento de la historia. Eventualmente se construyó en ese mismo lugar un edificio más moderno, que adoptó la función que todos conocemos.

En aquel entonces, se trataba de un edificio de dos plantas, con una torre central en cuyo interior había un reloj de origen español. La entrada o portón principal lucía en el centro de la edificación y, por delante, en la vereda, había una galería con 11 arcos: el central y cinco de cada lado.

En el 1800, la presencia de esta institución era una condición jurídica para que existiera una ciudad, de acuerdo a las Leyes de Indias. Se trataba de la única autoridad elegida por la sociedad local y estaba conformada por los «vecinos» de Buenos Aires. Tenían ciertas atribuciones para decidir sobre la recaudación de impuestos, el «buen gobierno», y hasta la justicia.

Hasta ese momento, en ese lugar se reunían los representantes de la alta alcurnia social del entonces Virreinato del Río de la Plata –que debían ser hombres, blancos y propietarios- cada vez que había que tomar una decisión que afectaría a la «cosa pública». En esos casos, se convocaba a un «Cabildo abierto».

Los cargos en el Cabildo duraban un año, y cada 1 de enero los miembros elegían a sus sucesores. De este selecto grupo no formaban parte ni las mujeres, ni los pobres, ni las personas de otras razas o tampoco aquellos que no vivían en las ciudades.

A lo largo de los años, el edificio del Cabildo sufrió varias modificaciones. Por el crecimiento de la ciudad y las aperturas de Avda. de Mayo y Diagonal Sur, se cercenaron tres arcadas de cada lado. Un repaso en cuatro imágenes, desde el primer daguerrotipo hasta hoy.

En 1884, ya durante la presidencia de Julio Argentino Roca, se decidió abrir la Avenida de Mayo, lo cual generó la mutilación del lado izquierdo del Cabildo. Se eliminaron tres arcadas y se le quitó la torre para evitar que, por la asimetría que sufriría, pudiera generarse un derrumbe.

Durante la dictadura de José Félix Uriburu en 1930, se impulsó un fuerte discurso nacionalista y comenzó la puesta en valor y remodelación del Cabildo. Así fue como el arquitecto Mario Buschiazzo remodeló el Cabildo e imitó su construcción original en base a una acuarela de Carlos Pellegrini de 1829. Se cercenaron entonces otras tres arcadas del lado opuesto, para recuperar la simetría, y se reestableció la torre en el centro.

Los edificios del Cabildo y del antiguo Seminario en la vieja Plaza de Mayo. También se observa la Pirámide. Dibujo de Carlos Pellegrini (1929).

En 1940, se construyó en la misma ubicación el Museo Histórico Nacional del Cabildo y de la Revolución de Mayo, respetando la forma que tuvo originalmente ese edificio tan importante en el siglo XVIII. Se mantuvieron la sala donde se creó la Junta y uno de los calabozos.

Hoy es un espacio abierto a los visitantes que quieren conocer más sobre la historia argentina –con visitas guiadas en español e inglés, muestras de arte y actividades-, además de un espacio de investigación y formación en historia.

Allí hoy pueden conocerse reliquias de la historia del país como un estandarte real español, el antiguo escudo de armas de la ciudad de Buenos Aires, una lámina de plata y oro que la ciudad de Oruro envió en celebración por las victorias sobre las invasiones inglesas, pertenencias de los miembros de la Primera Junta, el título de abogado de Mariano Moreno, la imprenta móvil que Manuel Belgrano llevó en una de sus campañas, entre otros.

La Cárcel

La cárcel  era foco de inmundicia, y continuó siéndolo gran parte del siglo XIX.

La parte baja del edificio era ocupada por las mujeres. Por las ventanas que daban a la calle Victoria se las veía a algunas de ellas medio desnudas hablando entre sí o con quienes circulaban por la calle, dirigiendo bromas a los transeúntes o, simplemente, pidiendo lismosna.

Se observaba a diario a una cuadrilla de andrajosos presos, arrastrando cadenas y custodiados por un buen número de soldados, cruzando las calles, yendo a realizar trabajos forzados y pidiendo lismosna a los transeúntes. Salían a toda hora escoltados, llevando palancas sobre sus hombros con barriles de agua para servir en la cárcel. Es decir, estaban los presos constantemente en contacto con el pueblo.

También eran protagonistas de un desagradable espectáculo cuando salían en grupos, generalmente al amanecer en los meses de verano, a la matanza de perros.

Muchas veces no finalizaban antes de las 8 de la mañana, hora en que todos presenciaban la brutal matanza. Entre risas y gritos, con lazos algunos y garrotes otros, enlazaban a los animales y los mataban a garrotazos. Y aunque no se viera el procedimiento se oía dentro de las casas los aullidos de los pobres perros.

Las mejoras llegaron entrada ya la cuarta parte del siglo con la creación de la Penitenciaría.

Teatros

Por estos años, lógicamente, no existían ni el gran Teatro Colón, tampoco el Coliseo, ni ninguno otro de los varios teatros que embellecen hoy la ciudad.

En 1759 se cierra el Teatro de Operas y Comedias y la ciudad estuvo más de 20 años sin un lugar estable donde efectuar representaciones teatrales.

En la misma calle, Alsina, en 1783 Vertiz autoriza a Francisco Velarde, empresario y actor español, a construir el nuevo teatro en los terrenos de la ranchería en la manzana compuesta por las actuales calles Perú, Alsina, Chacabuco y Moreno. Se lo denominó Teatro de las Rancherías, tomando el nombre de las que se llamaban Rancherías de los Jesuitas; estas eran ranchos de barro y techo de paja ubicados en esa manzana. Fue construido con maderas del Paraguay, sus techos de paja y paredes de ladrillo. Tenía varias puertas laterales y una grande al frente, abriéndose todas hacia afuera. Se iluminaba la sala con velas de sebo distribuidas por todo el local.

Contaba con palcos, gradería y cazuela para las mujeres. Las funciones comenzaron a fines de 1783, y sólo eran interrumpidas durante la Cuaresma, reanudándose el domingo de Resurrección.

El teatro fue destruido totalmente al caer sobre su techo de paja un “cohete volador” disparado desde la Iglesia de San Juan Bautista, a dos cuadras del lugar. Esto ocurrió la noche del 15 de agosto de 1792.

Se supone que tras el incendio de “La Ranchería”, la actividad teatral había vuelto a los patios de las casonas o a los tinglados improvisados.

Se pensó en construir el edificio teatral que requería la ciudad, pero nunca llegó a concretarse. Después de largos trámites y propuestas para la aceptación del lugar, el 25 de mayo de 1803, el cafetero Ramón Aignase y el cómico Jose Speciali solicitaron al virrey Rafael de Sobremonte y Nuñez, permiso para levantar un coliseo provisional y representar en el durante un año, a fin de procurarse recursos y mantener unida la compañía que debía debutar luego en el edificio definitivo, que comenzarían a construir el mismo día de inaugurarse aquél. Nunca llegaron a construir el Coliseo definitivo.

Mientras tanto se autoriza otro local provisorio. Era una casona de la que se unen dos grandes salones que se adecuan para tal fin. El teatro, si bien resultaba más importante que “La Ranchería”, no presentaba gran esmero estético. Estuvo encargado de las obras de adecuación Martin Boneo, las obras comenzaron en Octubre de 1803, y se finalizaron el 28 de abril de 1804. Al fin y al cabo era simplemente provisional.

Se inauguró el 10 de mayo de 1804 con el nombre de «Coliseo Chico»; se ubicaba a dos cuadras en la intersección de las actuales Reconquista (antes La Paz) y Perón, (antes Cangallo, en esos años Saenz Valiente), la sala tenía capacidad para 1600 personas (algunos autores hablan de 700), estaba emplazado en un terreno de 17 metros de frente por 38  metros de fondo, instalado al lado de un famoso café con billar. En la inauguración participo el virrey Sobremonte.

Las paredes eran de ladrillos, el techo a dos aguas de tejas y cañas. El edificio tenía varias puertas, abriéndose al exterior, la entrada principal estaba justo frente a la de la iglesia de la Merced (lo que ocasionaba problemas con los clérigos que exigían, por lo menos, otro lugar para la sala). Había otros accesos colaterales, una de ellas era para el acceso exclusivo del virrey y del Cabildo (quienes también tenían en el interior del teatro, su palco distinguido), y otra para las señoras que iban a la cazuela. Las localidades estaban distribuidas en bancos de luneta (platea), órdenes de palcos y cazuela. El edificio se iluminaba con arañas de velas, colocadas en un inmenso cajón que recorría el edificio desde el frente hasta el fondo. También en los palcos y cazuela había candelabros con brazos de luces.

Se dio a conocer un extenso reglamento para el gobierno del teatro, similar al que regía en otros coliseos, se destacaban algunas reglas tales como: “ no se permitirá la entrada de criaturas de pecho o de corta edad que pudieran causar molestias con su llanto… “ tampoco se permitirá la entrada a persona alguna con pretexto de vender bizcochos, dulces etc…, se prohíbe a todos indistintamente el gritar a los cómicos, el decir voces impropias, pues solo las palmadas son permitidas en un teatro de civilidad, y estas con cierta moderación que no incomodasen a otros”…. solo se permitirán las representaciones ordinarias en los domingos y jueves de cada semana”.

Su decoración estaba de acuerdo con los usos de la época, en cuanto a la maquinaria escénica se menciona que también cumplía con las exigencias de la época. En la platea había largos y estrechos bancos de pino. No fue por cierto un modelo arquitectónico; el frente completamente carente de todo ornato, ostentaba por entrada un portón de pino, más apropiado para una cochera o corralón que para un teatro.

Las decoraciones fueron pintadas por don Mariano Pizarro, que también oficiaba la función de maquinista, el alumbrado tal como lo fuera en la Ranchería era con velones de cebo, y más adelante se lo dotó con lámparas de aceite.  Al frente del proscenio se leía la inscripción: «ES LA COMEDIA ESPEJO DE LA VIDA». La entrada general valía dos reales, la cazuela o gallinero servía exclusivamente para el sexo femenino, la orquesta contaba con media docena de músicos que amenizaban los entreactos.

En el Coliseo provisional o Teatro argentino se conoció por primera vez en Buenos Aires, un telón de escenario, llamado hasta nuestros días, «Telón de boca». En el caso del coliseo, curiosamente se lo llamó «Telón de arroje», porque para manipular sus subidas se debía recurrir a la ayuda de dos asistentes que, encaramados en el puente del escenario, se arrojaban al vacío tomados de las cuerdas de las que pendía el telón, y haciendo de ellos mismos el contrapeso, la pieza de terciopelo, bastante pesada por cierto, se subía para liberar el escenario.

Hoy en día la mecánica es parecida en los teatros que tienen telones tipo guillotina o alemanes, es decir, los que suben y bajan, porque los hay con otros sistemas, llamados americanos o viajeros, que abren hacia los costados, o los italianos, que también abren hacia los costados pero en forma diagonal.

También en el coliseo provisional se vio por primera vez en los espectáculos porteños, iluminación a color. La iluminación era producida por velones de cebo e incipientemente de estearina, pero con el aditamento de un ingenioso recipiente de vidrio, algo parecido a un sabarín, o una pecera, con una especie de chimenea en el centro para colocar el cirio. En el envase circular se colocaba agua con anilinas de distintos colores, que daba al escenario ciertos tintes que resultarían mágicos.

Lo teatral, cuando no estaba en manos de autoridades eclesiásticas, se les aparecía como próximo a lo blasfemo. Suponemos que el repertorio de obras era estrictamente europeo. Al menos no hay noticias de que algún autor criollo llegara a escena. Y fue en esta sala que, el 24 de junio de 1806, el virrey recibiera la noticia del desembarco inglés. Aparentemente, Sobremonte desestimó la noticia y prefirió interesarse en las divertidas y sentimentales incidencias de “El sí de las niñas” de Moratín, que era la obra que estaba exhibiéndose.

Durante la primera Invasión Inglesa el Coliseo Provisional recibió una descarga de metralla. La sala dejó de funcionar y luego, tal vez durante la Reconquista, Liniers la convertiría en un cuartel. De modo que el triunfo sobre el invasor no se celebró sobre un escenario porteño sino en la Casa de Comedias de Montevideo. El Coliseo Provisional, única sala porteña, había quedado prácticamente inutilizado durante las Invasiones Inglesas. Y recién pudo retomar sus funciones en diciembre de 1810.

 

Plazas

Plaza 25 de Mayo

Estamos entonces en la Plaza 25 de Mayo, antes de la revolución llamada plazoleta de la Fortaleza, lo que hoy es la Plaza de Mayo.

Solamente había cerca del foso algunos asientos de ladrillos que se llamaban poyitos” (No pregunten, no sé porque y, por lo que averigüé, nadie sabe). No tenía empedrado y estaba siempre mal cuidada, como el resto de la ciudad. Servía como lugar de ejecuciones de criminales o condenados por motivos políticos. El banquillo para subir a los condenados, se colocaba próximo al foso que rodea al Fuerte, siendo a veces colgado allí el cuerpo del criminal, después de ser ejecutado.

En el lado Sur, estaba el mercado donde se vendía la carne (más tarde será el Congreso Nacional). Las perdices y mulitas en el costado del foso y la verdura bajo los “altos de Escalada”. Como no había techos ni construcciones, los vendedores, en caso de lluvia, se refugiaban bajo la Recova. En un desordenado “campamento”, un gran número de negras vendedoras de patas de vaca cocidas, huevos, chicha, tortas, etc., armaban grandes revuelos con sus peleas y pregones.

El costado Norte estaba lleno de casas expendedoras de bebidas, muy mal atendidas y sucias, donde se reunían los marineros para beber. Había también una caballeriza, y un hotel, llamado del Congreso”, y en la esquina de la plaza (hoy 25 de Mayo y Rivadavia) estaba la mejor y más lujosa casa del lugar. En la cuadra opuesta y al lado del mercado se levantaba la casa de Escalada, que también formaba ángulo con la plaza de la Victoria, construida para inquilinato, en la que vivían artesanos y personas de pocos recursos; además, había allí una fonda de nombre “de la Catalana”, llamada así porque su dueña era nacida en Barcelona. Era sumamente famosa la rechoncha propietaria por sus célebres mondongos a la catalana.

La primera ejecución en el país fue la de un joven falsificador de nombre Marcelo Valdivia, que fue ejecutado en febrero de 1825 en la plaza del Retiro, luego que se le conmutara la misma pena por una falsificación anterior. Se lo sentaba entonces en la plaza pública con sus billetes falsificados colgado en el pecho. Estando preso volvió a falsificar y esta vez sí cumplió la pena de muerte.

El 10 de junio 1826 El Congreso Nacional sancionó la construcción de un monumento de bronce para colocarse en el centro de la Plaza con la siguiente inscripción:

“La República Argentina a los autores de la revolución en el memorable 25 de mayo de 1810”.

En el costado Norte, se levantaba la Catedral. Se veían las desnudas y derruídas paredes de un edificio a medio hacer y que parecía destinado a no terminarse jamás. El año 1822 se hizo algo para reparar su fachada, pero todo se hacía allí con tal lentitud y la obra siempre quedaba incompleta, que se hizo proverbial; así cuando alguna cosa llevaba traza de no concluirse jamás, se decía muy comúnmente: ¡Bah! esa es la obra de la Catedral.

El frente al que se llamaba del Cabildo sufrió pocos cambios hasta principios de 1879. Quien hoy es Museo histórico de la Revolución de Mayo fue usado mayormente como cárcel durante el virreinato. En 1779, durante una tormenta, su torre fue alcanzada por un rayo y según Pastor Obligado en  Tradiciones de Buenos Aires 1711-1861; según algunos autores el rayo tocó directamente la frase “Casa de Justicia” borrando la frase Jus.

En otro frente de la Plaza se conoce como Recova Nueva, cuyo techo fue por mucho tiempo de tejas. Los arcos de esta Recova se extendían desde la esquina de la calle Defensa hacia la de Bolivar pero sólo hasta la mitad de cuadra, aproximadamente hasta la casa de José Díaz Caveda, en el nro. 76 de la calle Victoria (H.Irigoyen). El resto se continuó cuando construyó su vivienda el señor Crisol.

Por estas anchas veredas se veían las que se llamaban bandolas, que eran una especie de cachivachería volante. Las bandolas las constituían unos cajones de unos 10 metros de largo por 5 de ancho colocados sobre 4 pies; eran de pino con una tapa con bisagras. En ellos se podían encontrar peines, alfileres, dedales, rosarios, anillos, aros y collares de vidrio con piedras falsas y muchas otras chucherías de escaso valor.

   La actual Plaza de Mayo en 1875 (AGN)

La Recova y la Pirámide

En 1763, el acaudalado don Francisco Álvarez Campana propuso al entonces gobernador Pedro de Cevallos construir por su cuenta una recova que dividiera en dos mitades a la plaza y fuera destinada a comercios y puestos para la venta. Pero no fue hasta 1803 que se comenzaron los trabajos, durante el gobierno del virrey del Pino.

La tarea fue encomendada al Maestro de Obras Agustín Conde. Se realizó con ladrillos cocidos que fueron fabricados del mismo tamaño para toda la obra, lo que resultó ser una novedad ya que hasta ese entonces no se tenía ese cuidado. La formaban cuarenta cuartos cuyas puertas miraban la mitad hacia el este y la otra mitad hacia el oeste.

Al principio constaba de dos cuerpos separados por un callejón, cada uno de ellos formado por 11 arcos, pero en 1804 se unieron por un gran arco central, obra de Segismundo y Zelada, al que se dio en llamarse de los Virreyes y que rompió la monotonía del conjunto. Resultó entonces una construcción de estilo clasicista, de orden dórico. En ese lugar se instaló la horca, que hasta ese entonces se encontraba frente al fuerte. Además, en este mismo año, el virrey Rafael de Sobremonte ordenó que los vecinos a la Plaza Mayor levantaran arquerías frente a sus edificios para que unificaran sus fachadas con el estilo de la del Cabildo y la Recova.

De esta manera la plaza quedó dividida por esta construcción que se extendía de norte a sur sobre la plaza del Fuerte, siguiendo la línea de la actual calle Defensa, desde los Altos de Escalada hasta el Teatro Coliseo (luego Colón y hoy día Banco Nación). No tenía los servicios de higiene elemental y en ella se instalaron todo tipo de negocios, desde zapatería a ropa pasando por carne y verduras.

El Cabildo cobraba para sí el alquiler de los cuartos. La división de la Plaza Mayor la cambió mucho, reduciendo el campo visual, y la pared corrida con bancos de material, que edificó Segismundo sobre la ceja del foso de la fortaleza, la embellecía, ocultando aquellas hondonadas sucias y húmedas, donde los pillos y los soldados se ocultaban a jugar a los naipes.

La sección oeste frente al Cabildo se siguió denominando Plaza Grande o Mayor y después de las invasiones inglesas de la Victoria. La sección frente al fuerte, donde actualmente se halla la Casa de Gobierno, fue llamada Plaza del Fuerte, de Armas, del Mercado, y en 1811 pasó a llamarse 25 de Mayo. Se trataba de un terreno sin árboles en el que se estacionaban los carros que vendían frutas, verduras, pescados y velas.

En 1805 el Cabildo mandó construir en la arcada central del conjunto una alcantarilla que se unía a un sendero de piedra hasta el puente levadizo del Fuerte. Se dispuso además que las carretas dejaran de estacionarse en la plaza.

El 25 de mayo de 1811, como parte del programa de festejos para conmemorar el primer aniversario de la Revolución de Mayo, se resolvió erigir, en el centro de la Plaza de la Victoria, una construcción de ladrillos, hueca, parecida a un obelisco, pero que a pesar de tener dicha forma con el tiempo se la conoció con el nombre de Pirámide de Mayo.

En 1818 se inició la construcción de otra recova sobre la calle del Cabildo (en la actualidad: Hipólito Yrigoyen), con lo cual la anterior pasó a llamarse Recova Vieja.

En 1856 Prilidiano Pueyrredón remozó la Pirámide, en aquel entonces situada en el medio de la Plaza de la Victoria, revistiéndola con ladrillos y argamasa y colocándole una estatua de la Libertad en su ápice. También, en la misma plaza, instaló asientos, pavimentó, formó jardines y plantó trescientos paraísos en hilera.

  Foto del año de la remodelación de la Pirámide de Mayo (1856)

A su alrededor, una cadena que iba de poste en poste sólo permitía el paso de los peatones por unos molinetes habilitados a tal efecto, resguardándose así la integridad del paseo de los animales sueltos y del paso de los vehículos. Este nuevo modelo para la Plaza de la Victoria, que la transformaba en un espacio verde de esparcimiento y distracción y dejaba para la historia su uso comercial, fue inmediatamente imitado en las demás plazas de la ciudad. El 25 de mayo se iluminó con gas el Cabildo, La Catedral, la Municipalidad, La Recova y el Fuerte.

En los dos años siguientes se empedró la vereda en todo su contorno y frente a la Catedral con piedra importada de Brasil y se colocaron los primeros bancos o poyitos de ladrillo. Al poco tiempo, a pedido de la población, se agregaron otros de mármol blanco.

Durante la época de Juan Manuel de Rosas el país atravesaba serias dificultades económicas motivo por el cual se sacaron a venta pública varias propiedades del estado, entre las que se encontraba la Recova Vieja. Se efectuó una subasta el 27 de octubre de 1835 y la mejor oferta la hizo don Manuel Murrieta, pero no fue aceptada.

Entonces se resolvió venderla particularmente, y el 29 de septiembre de 1836 la compró don Tomás de Anchorena. Permaneció en poder de esa familia hasta 1883. En este año el intendente Alvear solicitó al arquitecto Juan Antonio Buschiazzo su demolición como parte de varias modificaciones que se efectuaron a la plaza con la idea de convertirla en un lugar más apto para las necesidades de la población y de su importancia, tanto política como social.

Fue entonces expropiada por la Municipalidad y demolida por orden del intendente Alvear en 1884. Se utilizaron setecientos obreros que realizaron la tarea en nueve días. Años más tarde la familia Anchorena ganó un juicio por el cual la Municipalidad debió compensarla con una alta cifra de dinero.

Fue así como a partir del 17 de mayo de 1884 las dos plazas quedaron unidas bajo la denominación única de Plaza de Mayo. Se levantó entonces el empedrado de la calle Defensa en la sección que cruzaba la plaza y se quitaron los rieles del tranvía que en aquel entonces era a caballo. En 1890 dicha calle quedó definitivamente incorporada al paseo.

Plaza de Lorea

La plaza Lorea, de 7.458 m2 de superficie, y cuya figura perimetral guardaba parecido con la de La Concepción, no ha desaparecido como otras por el trazado de la Avenida 9 de Julio, si bien otra muy diferente es su fisonomía, comparada con la que presentaba en el año 1908.  Por lo demás, ella, que componía el cuadro de una sola plaza, se vio partida en dos por el paso de la Avenida de Mayo, y se podría decir que quedó adosada a la Plaza el Congreso.

 La Plaza de Lorea se llamó por muchos años “hueco de Lorea”, y debe su nombre por haber pertenecido esos terrenos a la familia Lorea.

En ella paraban las tropas de carretas que venían principalmente del Norte y Oeste de la campaña, trayendo lana, grasa y cerda entre otras cosas. Se cree que a esta plaza llegaban también los indios que venían a negociar.

Traían sal, tejidos, y mantas pampas. Estas últimas dieron origen a imitaciones inglesas, pero nunca alcanzaron la perfección de las que hacían los aborígenes. También comerciaban lazos, riendas, boleadoreas, liebres, zorrinos, plumas de ñandú y varias cosas más. Tenías los indios sus negocios por 4 o 5 cuadras desde la calle que hoy es Rivadavia. Vendían o cambiaban sus artículos por caña, tabaco, o yerba mate.

Volviendo a la plaza, el frente que miraba al oeste lo constituía una serie de cuartos con un ancho corredor y ocupaba toda la cuadra entre Rivadavia y Victoria (H. Irigoyen). En algunos había boliches y otros eran ocupados por compradores de frutos que se reunían allí para luego venderlos a los acopiadores. En el centro se encontraba una muy extensa barraca propiedad de pablo Villarino, un acaudalado español.

El frente que mira al este era muy similar al anterior, la hilera de cuartos también ocupados por acopiadores y en el centro una inmensa barraca conocida por el nombre de Cajias; era donde guardaban los indios sus caballos. Los otros dos frentes, los que daban a las calles Victoria y Rivadavia, estaban completamente abiertos.

En esta plaza se encuentran las estatuas de Mariano Moreno y José Manuel Estrada, obra de los escultores Miguel Blay y Fábregas y Héctor Rocha, respectivamente.  En 1807 fue asesinado Isidro Lorea junto a su esposa, por las tropas de la Segunda Invasión Inglesa.  Durante el gobierno de Rivadacia se recuerda el sacrificio del matrimonio Lorea , como así también la donación de un terreno de 61 x 122 metros hecha por don Isidro con la sola condición de que la plaza llevara su nombre (lo que el virrey Rafael de Sobremonte concede “ad perpetuam”).

  Plaza Lorea en la actualidad

La Plaza de Montserrat

La de Montserrat es la hoy Plaza General Belgrano. Está situada entre las calles Moreno, Belgrano y Buen Orden. El frente a Buen Orden es de una cuadra y las otras no alcanzan a media cuadra. En 1908 se le dio el nombre de plaza fidelidad, conmemorando la lealtad de negros, pardos e indios que en ese lugar formaron un cuerpo de voluntarios durante las invasiones inglesas.

Se reunían allí las carretas de los partidos de San Isidro, San Fernando y las Conchas para vender sus productos que generalmente era leña en ramas, madera y cañas para ranchos. También comerciaban sandías, melones, trigo, maíz, cebada, y a veces semilla de lino y alpiste.

Algunas de estas carretas que vendían fruta y choclo al menudeo colocaban faroles durante las noches. Una fila de luces era muy apreciada teniendo en cuenta la pobreza del alumbrado de ese entonces.

En ella se levantó la primera Plaza de toros estable, que tuvo la ciudad de Buenos Aires

La plaza del Retiro

La Plaza del Retiro, llamada a fines del siglo XIX de Marte y más antiguamente de Toros, es la que hoy conocemos como Plaza General San Martín.

Era un punto muy concurrido los domingos y días de fiesta; En ella tenían lugar las corridas de toros. Tenía un circo construido de ladrillos, donde podrían asistir más de 10.000 personas.

Con palcos de madera en el sector alto y gradas en la parte baja, la entrada costaba 15 centavos.

Allí El Ñato, uno de los más afamados picadores, encontró la muerte, quedando su caballo muerto a su lado.

En el gobierno de Rondeau se suprimió esta inhumana y cruel actividad. Por decreto del 4 de enero de 1822 se prohibieron las corridas de toros en toda la provincia de Buenos Aires. El edificio fue demolido y con esos materiales se construyeron los cuarteles de Retiro.

Parte de este cuartel fue destruido en 1865 por una explosión que se cobró más de 70 víctimas. Al parecer fue producto de un accidente en el depósito de pólvora, aunque siempre se temió algo distinto ya que el país estaba a punto de ingresar a la guerra de la Triple Alianza.

Plaza del Retiro, foto de 1862 año de la inauguración de la estatua del Gral. San Martín. Obsérvese que tenía originalmente un sencillo basamento, estaba rodeado de una reja baja, y la figura del General San Martín estaba orientada hacia el lado opuesto del que presenta actualmente. Para esta época ya se denominaba Plaza San Martín.

Fuente: Buenos Aires desde setenta años atrás, José Antonio Wilde (1908)                                                                                                                                   https://elarcondelahistoria.com/