Antecedentes

El 9 de julio de 1816, fue la culminación de un proceso de muchos años de luchas, externas e internas, por lo que no podemos estudiar sólo lo que sucedió ese día (y los meses siguientes, porque el Congreso de Tucumán siguió funcionando posteriormente a aquél 9 de Julio), por lo tanto haremos un breve repaso de los acontecimientos que derivaron en la Independencia Argentina.

Comenzando con el recorrido histórico diremos que el Virreynato del Río de la Plata se creó en 1776, y abarcaba las actuales repúblicas de Argentina, Bolivia, Paraguay,  Uruguay  y parte del norte de Chile, con salidas a los océanos Atlántico y Pacífico.

Esto último benefició a Buenos  Aires, cuya prosperidad, poder  administrativo, poder militar y prestigio se fueron acrecentando, especialmente luego de las invasiones inglesas. Algunas pequeñas ciudades del interior aceptaban el liderazgo de Buenos Aires, pero con el tiempo surgirían rivalidades con provincias como Córdoba, Salta y Montevideo.

Luego del 25 de mayo de 1810, quedaron tendidas dos líneas, cuya vigencia se mantiene en la vida política posterior de la Argentina. Saavedra y Moreno, presidente y secretario de  la Primera  Junta,  quedarían  como arquetipos que encarnarían las corrientes conservadora y liberal, dividiéndose, entonces, los miembros del Primer Gobierno Patrio en “saavedristas” y “morenistas”. Al día de hoy nuestra historia política continúa con esta característica fundada en 1810: el personalismo.

Entre 1810 y 1820, reinó un estado de confusión, todo era muy caótico. Muy entendible; pienso que una de las propiedades de todo génesis es el caos.  La labor de aquellos hombres era inmensa: debían organizar un país y lograr su independencia. Menuda tarea para estos hombres que debieron ser tan diestros en el manejo de la pluma como en el de la espada y, al mismo tiempo, edificar los cimientos de lo que años después se denominaría República Argentina.

Éramos una Nación por la forma homogénea de pensar y sentir de los habitantes; pero carecíamos de un gobierno “nacional” en cuanto a la extensión de su influencia; no teníamos fronteras definidas, ni una Constitución o leyes propias. Y en medio de esa necesidad de hacerlo todo, en una constante actividad bélica para obtener la emancipación, se distraían hombres, se disgregaban esfuerzos, se perdían muchas vidas y se invertía dinero que ni siquiera existía.

El panorama para fines de 1815 no era el mejor. A cinco años desde aquel 25 de mayo, años de lucha constante, de estrechez económica, de hostilidad de los indígenas y demás, el gobierno de la Revolución estaba pasando por sus peores momentos. Varios frentes había que cubrir para expulsar al poder español que aún se encontraba en el territorio. Se armaban expediciones con jefes muchas veces  improvisados. A veces con resultados favorables, como en Suipacha, San Lorenzo, Tucumán y Salta; y otros adversos como en Huaqui, Tacuarí, Vilcapugio, Ayohuma y Sipe Sipe.

Los ejércitos patriotas luchaban contra fuerzas superiores en número, en organización, en armamentos y en suministros. Esta situación determinó la necesidad de infundir un nuevo motivo de fervor por la Revolución, que pasaba en ese momento por un mal trance militar y político.

En lo político, porque en España Fernando  VII había regresado al trono ese año con la decisión de recuperar sus colonias en América, logrando con sus ejércitos la caída en poder de los españoles de los gobiernos revolucionarios de México, Venezuela y Chile.

En lo militar, después de la derrota de Sipe Sipe, la tropas del ejército del Alto Perú habían tenido que retirarse y estaban casi en la línea de Salta; Paraguay, ya independiente, permanecía neutral y, aunque se había tomado Montevideo, en el resto de América, prácticamente todos los movimientos patriotas revolucionarios afines con el de Buenos Aires, habían sido sofocados por los realistas.

Güemes había quedado a cargo de la resistencia en Salta, y mediante la insurrección de indígenas y mestizos, armados con palos y piedras, detuvo el avance del ejército español hacia el sur. Ese fue el nacimiento de esas tropas epopéyicas y que luego Leopoldo Lugones inmortalizara en La Guerra Gaucha. Esta obra sirvió de base para filmar un clásico del cine argentino que llevó el mismo nombre y que dirigió Lucas Demare.

Para ese entonces, en el Norte la guerra estaba empantanada. Era imposible empujar a los realistas más allá de la quebrada. Eso lo notó José de San Martín, a quien el Director Gervasio Antonio de Posadas nombrara en 1814, gobernador de Cuyo, donde se dedicó a organizar el Ejército  de Los  Andes, con la seguridad y tranquilidad de que el Norte estaba resguardado por Güemes y sus gauchos.

Ante esta situación urge la necesidad de declarar la independencia. Recordemos que a partir de la Asamblea  del año 1813 ya contábamos con bandera, himno y moneda propia; con leyes de fondo como las que abolieron la esclavitud, la trata de negros, los títulos de nobleza y los mayorazgos, y la que estableció  la libertad  de imprenta. Por eso, desde Cuyo, San Martín le escribía a Godoy Cruz preguntándole hasta cuando habría que esperar para declarar la independencia, porque era ridículo, decía,

“(…) acuñar moneda,tener pabellón y escarapela nacional y, por último, hacer la guerra al Soberano  de  quien  se dice  dependemos,  y permanecer  a pupilo  de  los enemigos (…)”. El diputado mendocino le respondía “que la independencia no era soplar y hacer botellas”, a lo que el  Libertador le  contestó: “yo respondo que mil veces más fácil es hacer la Independencia que el que haya un solo americano que haga una sola botella”.

Aunque aún se padecerían períodos trágicos hasta que en el país se diera una organización definitiva, llega en 1816 el momento tan esperado por muchos. Pero a pesar de todos los malos momentos de cada gobierno transitorio iba quedando algún saldo favorable. Uno de ellos fue el dictado del Estatuto Provisional de 1815 que mandaba al Director del Estado a invitar a todos los ciudadanos y villas de las provincias interiores, a elegir diputados para un Congreso General en Tucumán. Se elegiría un diputado por cada 15.000 habitantes mediante una Junta Electoral.

En esta realidad se fue organizando el Congreso de Tucumán, hacia donde fueron llegando los diputados a principios de 1816. Es importante tener en cuenta que para llegar a Tucumán esos hombres tuvieron que trasladarse desde distintos lugares de las provincias, incluso desde el Alto Perú, recorriendo largas distancias a caballo o en los escasos y precarios transportes de la época como diligencias, galeras, o carretas tiradas por bueyes, transitando primitivos caminos, cuando los había. El viaje de Buenos Aires a Tucumán duraba entre 25 y 50 días, conforme a las inclemencias del tiempo, los ataques de los indios y a las distintas peripecias y contingencias impredecibles pero frecuentes de ocurrir en esas travesías.

Ya en Tucumán, y salvo Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes que integraban la “Liga de los Pueblos Libres”, con su “Protector”, José de Artigas, se reunieron representantes de todas las provincias, incluso de Charcas, Cochabamba, Tupiza y Mizque representadas por emigrados, pues el Alto Perú se encontraba en poder de los españoles. La mayoría eran religiosos y hombres de derecho. Todos traían instrucciones de sus provincias de declarar la independencia y dictar una constitución que organizara el estado.

Se habían reunido las personalidades mas descollantes de la época. Laprida, Paso, Godoy Cruz, Anchorena, Gorriti, Salguero, Boedo, Serrano y los frailes Sáenz, Rodríguez, Castro Barros, Colombres y Santa María de Oro. A ellos se suman ni más ni menos que San Martín y Belgrano. Algunos de ellos, como Laprida, ejercían o habían ejercido funciones notariales, pero todos, de hecho, tuvieron y ejercieron esa misma responsabilidad: asentar la verdad y la voluntad del pueblo, haciendo constar en el acta ese momento constitutivo de nuestra identidad como país.

El Congreso se declaró abierto el 24 de marzo de 1816 bajo la presidencia de Pedro Medrano. En la sesión del 3 de mayo se designó como Director Supremo al diputado por San Luis, Juan Martín de Pueyrredón, quien gobernó desde el 3 de mayo de 1816 hasta 1819, protagonizando así, el hecho inédito de que un mandatario concluyera su período establecido. Ya reunido el Congreso, algunos hombres importantes, Belgrano entre ellos, plantearon seriamente la posibilidad de que este país fuese una monarquía.

El 9 de julio de 1816 se produjo al fin, el instante solemne en que el secretario del Congreso preguntó a los diputados si querían que las Provincias de la Unión fuesen una nación libre e independiente de los reyes de España. Todos se incorporaron para responder por aclamación que sí, extendiéndose luego el Acta histórica, cuyo texto es el siguiente:

En la benemérita y muy digna ciudad de San Miguel del Tucumán a nueve  días  del  mes de julio  de 1816:  terminada la sesión ordinaria, el Congreso de las Provincias Unidas continuó sus anteriores discusiones sobre el grande, augusto y sagrado objeto de la independencia de los Pueblos que lo forman. Era universal, constante y decidido el clamor del territorio entero por su emancipación solemne del poder despótico de los reyes de España; los Representantes, sin embargo, consagraron a tan arduo asunto toda la profundidad de sus talentos, la rectitud de sus intenciones e interés que demanda la sanción de la suerte suya, Pueblos representados y posteridad; a su término fueron preguntados: ¿Si querían que las Provincias de la Unión fuesen una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli? Aclamaron primero llenos del santo ardor de la justicia, y uno a uno reiteraron sucesivamente su unánime y espontáneo decidido voto por la independencia del País, fijando en su virtud la determinación siguiente:

Nos los Representantes de las Provincias Unidas en Sud América reunidos en Congreso General, invocando al Eterno que preside al universo, en el nombre y por la  autoridad de los Pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los Reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente  del  rey  Fernando  VII,  sus  sucesores  y metrópoli. Quedan en consecuencia de hecho y derecho con amplio y pleno poder para darse las formas que exija la justicia, e impere el cúmulo de sus actuales circunstancias. Todas y cada una de ellas así lo publican, declaran y ratifican, comprometiéndose por nuestro medio al cumplimiento y sostén de esta su voluntad, bajo del seguro y garantía de sus vidas, haberes y fama. Comuníquese a quienes corresponda para su publicación y en obsequio del respeto que se debe a las  naciones, detállense en un Manifiesto los gravísimos fundamentos  impulsivos de esta solemne declaración. Dada en la Sala de Sesiones, firmada de nuestra mano, sellada con el sello del Congreso y refrendada por nuestros Diputados Secretarios. Francisco Narciso de Laprida, Presidente; Mariano Boedo, Vice Presidente; Dr. Antonio Sáenz, Dr. José Darragueira, Fray Cayetano José Rodríguez, Dr. Pedro Medrano, Dr. Manuel Antonio Acevedo, Dr. José Ignacio de Gorriti, Dr. José Andrés Pacheco de Melo, Dr. Teodoro Sánchez de Bustamante, Eduardo Pérez Bulnes, Tomás Godoy Cruz, Dr. Pedro Miguel Aráoz, Dr. Esteban Agustín Gazcón, Pedro Francisco de  Uriarte, Pedro León Gallo, Pedro Ignacio Rivera, Dr. Mariano Sánchez de Loria, Dr. José Severo Malabia, Dr. Pedro Ignacio de Castro Barros, Licenciado Gerónimo Salguero, Dr. José Colombres, Dr. José Ignacio Thames, Fray Justo de Santa María de Oro, José Antonio Cabrera, Dr. Juan Agustín Maza, Tomás Manuel de Anchorena, José Mariano Serrano, Secretario; Juan José Paso, Secretario.

 

Pero una inquietud seguía preocupando a los diputados, en su afán de no dejar ningún motivo de duda respecto a su inquebrantable decisión de que las  Provincias Unidas fueran definitivamente independientes.  Por eso, unos días después, y a propuesta del diputado Medrano, se aprobó añadir a continuación de la frase “de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli” la ampliación “y de toda otra dominación extranjera”, aclarándose así la oposición terminante a versiones sobre la existencia de una gestión para coronar a un príncipe de la corona de Portugal.

El 19 de julio, en sesión pública, quedó acordada la fórmula del juramento que debían prestar los diputados y altos funcionarios:

“Juráis por Dios Nuestro Señor y esta señal de la Cruz, promover y defender la libertad de las provincias unidas en Sud América, y su independencia del Rey de España,  Fernando VII, sus sucesores y metrópoli, y de toda otra dominación extranjera? ¿Juráis a Dios Nuestro Señor y prometéis a la Patria, el sostén de estos derechos, hasta con la vida, haberes y fama? Si así lo hiciereis Dios os ayude, y si no, Él y la Patria os hagan cargo”.

Finalmente, el 21 de julio la Independencia fue jurada en la sala de sesiones por los miembros del Congreso, en presencia del gobernador, el general Belgrano, el clero, las comunidades religiosas y demás corporaciones. Culminaba así el período que comenzó el 25 de mayo de 1810 quedando el Acta de la Independencia, dentro y fuera del territorio, como la afirmación definitiva de un anhelo madurado. La mención “Provincias Unidas de Sudamérica” ya expresaba la intención continental de ese juramento, que los ejércitos del Libertador harían realidad para Chile y Perú. El Congreso de Tucumán vino a constituir una Nación donde no había más que provincias en lucha, separadas por odios profundos. Fue el medio único e imprescindible para salvar a la Patria. Pronto llegaría, para consolidar la tarea, el Cruce de los Andes.

El 25 de julio se dispuso adoptar como distintivo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la bandera creada por Belgrano para uso de los ejércitos, buques y fortalezas. Durante 1818, el Congreso  de Tucumán, ya trasladado a Buenos Aires, aprobó como bandera de guerra la misma que ya se usaba, pero con el emblema incaico del sol en el centro.

El teniente Cayetano Grimau y Gálvez fue el encargado de llevar la noticia de la Independencia a Buenos Aires. Cabalgó durante nueve días y llevó el Acta de Declaración dentro de un cuero de cabrito cosido y lacrado. El resto del país recibió la noticia mediante copias del Acta que se enviaron a través de chasquis. El Congreso imprimió 3.000 ejemplares, de los cuales la mitad estaban escritas en castellano, 1000 en quechua y 500 en aymará. Las crónicas comentaban así, el festejo en Buenos Aires conocida la noticia de la independencia en Buenos Aires :

“…por tres días hubo danzas, bailes, toros, comedias e iluminación general de ciudad, digna de haberse visto, por su variedad y costo, habiendo esmerado cada vecino en particular en ponerla lo mejor que pudo, sobresaliendo a todo la iluminación de la Plaza Mayor, las casas consistoriales, la recova y pirámide, estaban con una vistosa y lucida iluminación de hachas, faroles de gusto y vasos  de  colores, a las que acompañaban castillos de fuego, arcos triunfales, estatuas, pirámides  supuestas y otros adornos de singular idea…”.

El debate sobre la forma de gobierno

EL Congreso se había propuesto tres importantes objetivos. El primero,  afianzar su autoridad entre los pueblos. Por eso mismo rápidamente fue designado Juan Martín de Pueyrredón como Director Supremo de las Provincias Unidas.

El segundo objetivo fue Declarar la Independencia, el 9 de julio de 1816. De los 33 diputados que integraron el Congreso, 29 fueron los firmantes del Acta. Los demás se hallaban en distintas comisiones.

Una vez resuelto los primeros, el tercer objetivo fue discutir la constitución. La primera forma de gobierno que entró en debate, en la sesión secreta del 6 de julio, fue la de la “monarquía inca”. Su impulsor fue Manuel Belgrano basándose en dos principios: debía ser una monarquía constitucional y sería encabezada por algún descendiente inca. Esta propuesta, apoyada por San Martín y Güemes, suscitó intensos debates: monarquía o república.

Belgrano se dirige al Congreso ese 6 de julio y explica la situación que se vive en Europa: el fortalecimiento de los absolutismos y el retroceso de la ideas liberales. En consecuencia, sostiene que, ante ese panorama internacional, la mejor forma de gobierno de esa nación que buscaba su independencia era el de una “una monarquía temperada”, conformada por la Casa de los Incas, despojada de su trono por los españoles 300 años antes.

Era una idea que contaba incluso con el respaldo de Güemes, quien desde Salta había rechazado sucesivas incursiones realistas, y de San Martín, que desde Cuyo preparaba el Cruce de Los Andes. Ese estado monárquico de origen americano tendría su capital en Cuzco, antigua sede del Imperio Inca, con el propósito de sumar el apoyo de las poblaciones de Perú, Bolivia y Ecuador, y tendría un carácter parlamentario. La iniciativa de Belgrano concitó el rechazo de Buenos Aires, cuyos delegados veían en la elección de esa capital andina una eventual pérdida de la centralidad ostentada por el puerto.

A 30 años de esa sesión en Tucumán, Tomás Manuel de Anchorena, quien fue diputado por Buenos Aires, le contó a Juan Manuel de Rosas la reacción de los representantes porteños ante la iniciativa del letrado y militar. “Nos quedamos atónitos por lo ridículo y extravagante de la idea (…) le hicimos varias observaciones a Belgrano, aunque con medida, porque vimos brillar el contento de los diputados cuicos del Alto Perú y también en otros representantes de las provincias. Tuvimos por entonces que callar y disimular el sumo desprecio con que mirábamos tal pensamiento”.

Tres días después de haberse declarado la Independencia, y cuando el sistema de organización política que debían darse las Provincias Unidas era cuestión de fervorosos debates, el presbítero Manuel Antonio Acevedo, diputado por Catamarca, propone la elección de un monarca descendiente de los incas.
Anchorena le aclara a Rosas que no le molestaba en sí la idea de la monarquía constitucional, pero sí que se coronara a “un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona, si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería para colocarla en un elevado trono”.

¿Pero quién era entonces el principal candidato a ocupar ese trono americano soñado por Belgrano? En Tucumán se mencionó el nombre de Juan Bautista Tupac Amaru Monjarrás, hermano de José Gabriel Condorcanqui Noguera, también conocido como Tupac Amaru II, líder de una sublevación que en 1870 puso en jaque el dominio español sobre el Perú.

Sin embargo, existía un problema para coronar a este hermano del gran Tupac Amaru, y era que se encontraba cautivo desde 1783 en una prisión de Ceuta, una posesión española en el norte de Africa.
Desde allí, Juan Bautista siguió con entusiasmo la lucha por la emancipación americana a través de las noticias que le traían los sucesivos cautivos que recalaban en esas mazmorras.

La oposición de los diputados porteños diluyó la iniciativa de Belgrano, en medio de los farragosas discusiones del Congreso emancipador, y resultó del todo abandonada cuando el cuerpo se trasladó a Buenos Aires, en 1817. Los representantes sesionaron en la capital hasta 1820, cuando la batalla de Cepeda provocó la caída del Directorio encabezado por José Rondeau, y el triunfo de los caudillos Francisco Ramírez (Entre Ríos) y Estanislao López (Santa Fe) sobre el centralismo porteño.

En cuanto a Juan Bautista Tupac Amaru, Bartolomé Mitre afirma en una de sus obras, que el portador del linaje de los incas resultó liberado en 1823 y se trasladó a Buenos Aires. El Gobierno de la provincia le entregó una pensión con la que costeó su existir hasta 1827, año en el cual muere y es sepultado en una tumba sin identificación del cementerio de la Recoleta.

La redacción del Acta de Independencia en Quechua y Guaraní es un reconocimiento de la entrega que los pueblos originarios hicieron a la lucha por la emancipación, y constituye la huella que dejó en ese Congreso aquella idea de Belgrano, que no pudo prosperar en ese país que nacía.

La Constitución de 1819, dictada por el Congreso ahora instalado en Buenos Aires, optó por un régimen mixto basado en una soberanía indivisible, sin expedirse sobre la organización interna de las provincias. En 1820 el poder central no pudo sobrevivir a este desenlace y cae; el Congreso se disuelve. Comienza entonces otra historia: se había ganado la Independencia, la organización nacional recorrería otros caminos más largos.

Consecuencias de la Independencia de Argentina

El proceso de Independencia en Argentina trajo diversas consecuencias:

  • Se logró crear un Estado soberano e independiente que fue llamado Provincias Unidas del Río de La Plata.
  • Al lograr independizarse de España, el territorio argentino contó con una economía propia, lo que originó un notable crecimiento económico a favor.
  • Fuerte crecimiento educativo en el cual se crearon escuelas y universidades y se otorgaron becas a los estudiantes, lo que incentivó el desarrollo de la cultura.
  • Existencia de diversas guerras civiles entre unitarios y federales por la organización política del territorio.

 

Fuentes:

MITRE, BARTOLOMÉ. Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. Buenos Aires, Editorial Juventud Argentina, 1945.  https://enciclopediadehistoria.com/  –  http://www.museonotarial.org.ar/  –  https://www.telam.com.ar/                                                                                          LUNA, FÉLIX. Breve Historia de los Argentinos. Booket, Buenos Aires, 2008.  

 

Síguenos
Últimas entradas de Beto Aller (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *