El virreinato y los pueblos originarios

Los virreyes en acción

El tiempo transcurre para la potencia conquistadora en América y cada vez se le hace más difícil a España manejar los distintos problemas que se le van presentando.

Desde el comienzo de la Conquista, allá por el siglo XVI, el actual territorio argentino dependía jurisdiccionalmente del Virreinato del Perú con centro en Lima; pero la creciente importancia de los centros poblados de esta parte del continente, su autonomía y las actividades por ellos desarrollados, la peligrosa presencia de Portugal en las inmediaciones, la adecuación global de la estructura organizativa de los territorios ocupados a los cambios permanentes, entre otras causas, llevan a la Corona a crear en 1776 el Virreinato del Río de la Plata.

A partir de 1782, el Virreinato se estructura en ocho intendencias y cuatro provincias, configurando una organización que perdurará más allá de la Revolución de Mayo en el siguiente siglo:

• Intendencia de Buenos Aires (provincia de Buenos Aires, parte de la región del Litoral y Mesopotamia y toda la subregión de Pampa y Patagonia)

• Intendencia de Córdoba del Tucumán (Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan y La Rioja)

• Intendencia de Salta del Tucumán (Salta, Jujuy, Catamarca, Tucumán y Santiago del Estero)

• Intendencia de Asunción del Paraguay (en Paraguay)

• Intendencia de Cochabamba (en Bolivia)

• Intendencia de Charcas (en Bolivia)

• Intendencia de La Paz (en Bolivia)

• Intendencia de Potosí (parte de Bolivia, Chile y nuestra subregión de la Puna) Las cuatro provincias o gobernaciones eran:

• Moxos (en Bolivia)

• Chiquitos (parte de Bolivia, Paraguay y nuestras provincias de Salta y Formosa)

• Montevideo (todo el territorio uruguayo)

• Misiones (parte de Brasil y nuestra provincia de Misiones)

Esta estructura organizativa figura en el papel. En la práctica toda la llanura continúa como territorio libre en poder de las culturas originarias. Hacia allí comienza a dirigirse la preocupación de los sucesivos virreyes. Una vez más, el problema es la frontera.

Sucede que Pedro de Cevallos, primera cabeza del flamante Virreinato, dispone el libre comercio entre las distintas jurisdicciones, régimen que se extiende a las relaciones entre ellas y España. Buenos Aires, Montevideo y Maldonado son reconocidos como puertos de comercio libre.

El tránsito comercial, cada vez más creciente, necesita vías de comunicación libres de problemas. Los indios eran “los problemas”. Había que hacer algo. O negociar, o empujarlos, o eliminarlos, pero algo y pronto.

Entre otras cosas, se trata de dejar expedito el camino hacia las Salinas Grandes, fuente de abastecimiento de la sal, preciado producto para todos, incluso para los indígenas, que no por nada se instalaban ya en sus inmediaciones. Con los virreyes empieza lo que podríamos denominar la planificación de la guerra contra el indígena.

Pedro de Cevallos, virrey provisional que desempeñó su cargo entre 1776 y 1777, registra entre sus principales acciones la elaboración de un plan al que calificó como “entrada general” y que dejó en Buenos Aires para consideración de su sucesor.

El virrey pregona una expedición masiva contra las aldeas indígenas, entendiendo que es impostergable que España tome la ofensiva. Prevé para ello la movilización de vecinos de Buenos Aires, Mendoza, San Luis y aun de Chile, los que a su vez constituirían distintos cuerpos de ataque a los enclaves indígenas con rutas preestablecidas:

«Yo medito que se haga una entrada general en la vasta extensión a donde se retiran y tienen su madriguera estos bárbaros, favorecidos en la gran distancia y de la ligereza y abundante provisión de caballos de que están provistos». <Juan Beverina, “El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata”, Buenos Aires, 1935 (citado por CGE, op. cit., pág. 174)>.

La ansiedad por terminar con el hostigamiento de los indígenas a los poblados y a las caravanas de carretas hizo pensar a Cevallos en una estrategia de aniquilamiento como única posibilidad de finalizar con las dificultades, al igual que su colega Toledo con los chiriguanos:  «Es muy fácil componer un cuerpo de diez o doce mil hombres, capaces de arruinar a esa canalla de indios despreciables, y abominados aún de los propios de su especie que pueblan las serranías». <Juan Beverina, “El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata”, Buenos Aires, 1935 (citado por CGE, op. cit., pág. 176).>

El plan Cevallos quedó en eso: en plan. Muy pronto se mostró como impracticable por muchas razones: porque era imposible movilizar la fuerza prevista por el virrey; porque era ilusorio pensar en una concentración de recursos de tal magnitud como requeriría una expedición de esa naturaleza; porque esa “entrada general” provocaría una consecuencia no deseada (la desprotección de los centros poblados y de la misma frontera); porque finalmente, el profundo desconocimiento por parte de los españoles del territorio indígena hundiría al “miniejército” en una trampa mortal.

INDIGENAS LIBRES

El mismo Vértiz, sucesor de Cevallos, que en un principio había visto el plan con buenos ojos, lo puso a consideración de una comisión de oficiales, que lo rechazó demostrando que eran ellos, que vivían en la frontera, los que mejor conocían las ventajas de los indígenas y las limitaciones propias, lo cual en definitiva llevaría al fracaso el plan propuesto:

«…los indios forman unos cuerpos errantes sin población ni habitación determinada. […]

Se alimentan de yeguas y otros animales distintos de los que usamos nosotros; que no necesitan fuego para comer, ni otras provisiones para sus marchas; que residen en sierras y parajes incultos; que transitan por caminos pantanosos, estériles y áridos; que su robustez, criada a las inclemencias, resiste hasta el punto que nosotros no podemos principiar […] tenemos por imposible el levantar de diez a doce mil hombres […] sin que se dejen las artes y la agricultura expuestas a mayor miseria que el beneficio que resultase de su exacción […]

…dado el imposible caso que caminos, aguadas, hombres inteligentes y cuanto fuese favorable estuviese de nuestra parte […] pasásemos adelante hasta alcanzar nuestro esfuerzo, y por dicha o casualidad sorprendiésemos alguna partida de indios, ningún fruto produciría esta ejecución, porque ellos, como errantes, sin trenes ni bagajes racionales que transportar con uno o dos que se salven de este insulto sería bastante a propagar la noticia a las demás naciones y retirándose a lo más inculto de sus serranías, dejarían burladas nuestras esperanzas, sin el consuelo de poderlos solicitar por falta de conocimiento de sus extraños territorios y otros parajes, por donde tenemos noticias, caminan divididos en pequeños trozos, con la incomodidad de cargar el agua para ellos y sus animales, haciéndose imposible a nosotros emprender su seguimiento e introducirnos con un cuerpo tan crecido de tropas y bagajes en donde […] pudiera ocasionar la ruina de nuestro ejército». <Juan Beverina, “El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata”, Buenos Aires, 1935 (citado por CGE, op. cit., pág. 178/180).>

El virrey Vértiz, que ocupó su cargo desde 1777 a 1784, hizo caso a sus oficiales y desechó definitivamente el plan Cevallos. Optó por una solución más realista y viable: el fortalecimiento progresivo de la frontera.

En 1781, las fronteras de las provincias de Buenos Aires y Santa Fe estaban custodiadas por una docena de fortines (Chascomús, Ranchos, Lobos, Navarro, Luján, Areco, Salto, Rojas, Pergamino, Melincué y Esquina), con tropas debidamente reforzadas y conducidas por un comandante de frontera; se les fijó un Reglamento que establecía además de la disciplina interna, la política general hacia los indígenas, lo cual no solo preveía que hacer con ellos (“…y sin aguardar mi determinación los seguirá hasta escarmentarlos tratándoles como a enemigos implacables, y rebeldes…”), sino cómo repartir el botín que se obtuviera de las distintas acciones emprendidas.

La estrategia de Vértiz también incluye la fundación de pueblos, y se promueve así el embrión de una política de frontera. Y a pesar de que en sus instrucciones hacia los soldados está presente la guerra al indígena, procura, cuando se dan las condiciones, la negociación pacífica con ellos, emulando el estilo del gobernador Bucarelli.

En 1782 firma un tratado de paz con los grupos tehuelches asentados entre las sierras de la Ventana y las de Tandil, capitaneados por Lorenzo Calpilsqui, quienes a partir de entonces podrán:

“potrear en las campañas inmediatas sin que se les incomode ni haga perjuicios por las partidas exploradoras, y guardias de la frontera”; a cambio de ello los tehuelches se obligaban a “darnos avisos anticipados siempre que los indios Rancacheles con quienes estamos en Guerra, intenten atacar nuestras fronteras y se comprometerán desde ahora a auxiliarnos recíprocamente p.a. hazerles la guerra a esta nación, atento a que siendo contrarios de ambos partidos, sean castigados con más facilidad por n. ras superiores fuerzas, o reducidos a una paz general”. <AGN, División Colonia, Sección Gobierno-Teniente del Rey 1782-1792, Legajo 9-5 IV-C XXXII-a 8-N° 3 (citado en J. C. Walther, La conquista del desierto, Buenos Aires, Eudeba, 1973, pág. 252).>

Pero los rancacheles (ranqueles), grupos tehuelches septentrionales en proceso de araucanización, no eran los únicos enemigos. Había un cacique que le quitaba el sueño a Vértiz.

Se llamaba Yampilco, más conocido como “Negro”, que desde sus toldos ubicados en las costas del arroyo del Sauce, entre los ríos Colorado y Negro, lanzaba periódicos malones. Uno de ellos, en 1781, provocó un Consejo de Guerra para el comandante de frontera, Juan José Sardén.

Durante la gestión de Vértiz se llevan a cabo algunos intentos de penetración de la Patagonia como las expediciones de Viedma y de la Piedra (1779), que fundan las poblaciones de Carmen de Patagones, Viedma, San Julián y las llevadas a cabo por Villarino entre 1781 y 1783, quien recorrió los ríos Colorado, Negro, Limay y Collón Curá. Villarino solo hizo reconocimientos, pero algunos de ellos aportaron datos significativos, centrados en que la zona era el tránsito de ganado robado por tehuelches y araucanos hacia las aldeas de Patagonia y Chile, comunidades que por otra parte no disimularon su hostilidad al explorador.

El virrey Loreto, que se desempeñó entre 1784 y 1789, intentó mantener un statu quo con las comunidades indígenas, que se concretó en un período de relativa calma salvo incidentes aislados.

Durante la gestión del virrey Melo (1795-1797) se reactiva la lucha por la frontera, congelada también en el gobierno anterior (virrey Arredondo, 1789-1794) al menos como idea vigente.

Es así como en 1796, el virrey Melo encomienda al capitán Félix de Azara el reconocimiento integral de la frontera. Como resultado de ello, Azara propone continuar la tarea de consolidación a través de la fundación de ciudades y fortines, así como también la conquista de Choele Choel, centro neurálgico del movimiento indígena.

Pero ninguno de esos proyectos se concretaría. A duras penas se pudo mantener la frontera a través de arduos tratados con las parcialidades “amigas” y desgastadores enfrentamientos con el grueso de las bandas tehuelches y araucanas.

Hacia fines del siglo, el Virreinato luchaba en varios frentes a la vez: los indígenas, la amenaza de potencias extranjeras y la estructura económica en crisis; en síntesis, un cúmulo de problemas que favorecían la libertad de muchos grupos indios que desplegaban su ofensiva en los límites de Buenos Aires y su área de influencia.

La línea centro-oeste

El sur de Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza, borde norte de las avanzadas tehuelches, araucanas y pehuenches, vive por aquellos años una agitación permanente. La lucha por la frontera es allí un juego interminable de alianzas y de guerras en donde los indígenas procuran no ceder terreno mientras que los españoles se esfuerzan por ocuparlo.

Durante la gestión Vértiz, Francisco de Amigorena es designado como maestro de campo de milicias y comandante de frontera y armas de Mendoza, San Juan y San Luis.

Este personaje singular condujo durante casi diez años la relación con la población indígena, empleando todas las estrategias posibles, desde la negociación lisa y llana para la paz hasta las cacerías de cabezas de los caciques de las principales bandas. Realizó importantes campañas ofensivas penetrando en reiteradas ocasiones en territorio pehuenche. En 1779 les produjo grandes bajas obligándolos a abandonar sus asentamientos y a solicitar la paz por intermedio del cacique Pichicolemilla. Se recuperaron además grandes cantidades de caballos y ganado robado.

Un año después, Amigorena realiza una segunda campaña, más violenta que la anterior, llegando hasta el corazón de los más importantes núcleos de asentamiento indígena. Los caciques rebeldes, Guentenau y Linquenquén, y el capitanejo Longopag son muertos en combate junto a más de un centenar de sus hombres. Las crónicas consignan también la muerte de algunas mujeres y niños y cuando mencionan el botín material obtenido realizan la siguiente descripción: 99 caballos y yeguas; 17 vacas lecheras; 1114 ovejas; 200 cabras; 4 cotas de mallas de acero; 58 lomillos y 131 lanzas. Fueron tomados cerca de 130 prisioneros.

Este duro golpe sufrido por los pehuenches los lleva a celebrar en 1781 un nuevo tratado de paz por el que se garantizaba el mutuo respeto de las partes a sus territorios.

Pero los tratados eran más que endebles. No respondían a la realidad cuyas reglas eran la tensión permanente y la desconfianza recíproca que no cesaba.

Los caciques Roco y Antepan, principales firmantes de la paz, acampados en las inmediaciones de Mendoza, fugaron un año más tarde hacia sus viejos territorios, siendo perseguidos sin éxito.

Regresaron poco más tarde y se colocaron definitivamente bajo el “ala protectora” de Amigorena, para participar con él en muchas de las expediciones contra sus hermanos.

El comandante no descansaba:

En los meses de mayo y junio de 1783 hizo contra estos (indígenas ubicados en las fronteras de San Luis y Córdoba, nota de autor) una cuarta expedición, y aunque no consiguió alcanzarlos en su retirada que hicieron al Sur les dejó claras señales del vivo deseo que tenía de castigar sus insultos, quemándoles como lo hizo todas sus tolderás que abandonaron, y todos sus pastos y Montes. <José Torre Revello, “Aportación para la biografía del Maestre de Campo de Milicias y Comandante de Armas y Frontera don José F. de Amigorena”, en Revista de Historia Americana y Argentina, Año 11, N° 3 y 4, 1958, pág. 27:  “Memorial de doña María Prudencia Escalante, viuda del Comandante de Armas y Fronteras J. F. Amigorena, solicitando una pensión” (en CGE, op. cit., tomo 11, pág. 56).>

Las autoridades de esta parte del Virreinato vivían de sobresalto en sobresalto. Tal fue el caso de la gestión de Vértiz, como ya lo hemos señalado; el intendente de Córdoba, marqués de Sobremonte, no le iba en zaga. Él tenía bajo presión a Amigorena para someter a las comunidades indígenas. Pero el feroz comandante no necesitaba mayores empujones. Había tomado el problema como una cruzada personal y en 1784, satisfecho por los resultados de una de sus expediciones, le escribe al marqués:

«Muy señor mío y todo mi respeto. Mediante el auxilio del cielo y el esfuerzo de estas milicias conseguí destruir las tolderías que existían al occidente del gran río que forman los nombrados Diamante, Atuel, Tunuyán y Bebedero, después de una marcha de 24 leguas en que fue preciso vencer los grandes obstáculos que me presentó un campo tan guadaloso, lleno de pantanos y barriales que la continuación de los fuertes aguaceros pusieron en un estado fatal los especícimos [sic] y dilatados bosque por donde hice abrir huella nueva, por cuya causa se imposibilitaron y disminuyeron mucho las caballadas, las escasas noticias que tenía el campo referido particularmente desde el paso de abajo del Río Atuel, hasta el paraje Carilauquen donde estaban los indios.

Con todo perdieron su vida 45 infieles, traje 8 indias y un indio prisionero que he repartido en casas decentes de esta ciudad hasta que V.S. me mande lo que se ha de hacer de ellos; se redimieron 3 cautivas y un cautivo cristiano de Córdoba que padecían en poder de aquellos bárbaros y retengo en mi casa hasta que V.S. determine si podrán caminar a su patria; se les quitaron mil y más caballos, mulas y yeguas, la mayor parte ovejas, 7773 cabezas de ganado, lo más de ello con ferros [sic] de las fronteras de Córdoba.

Para prueba de que estos indios eran de los que frecuentaban las irrupciones por los campos de Buenos Aires, remito a V.S. con el correo M. Quiros, una casaca de uniforme, una cota de malla, un rebozo de grana con 2 1/3 de varas, otro de paño azul y 4 varas y unas borlitas de cíngulo, que según declara la cautiva robaron los indios cuando mataron al Canónigo Cañas, cuyo negro subsiste entre estos indios.

No fue poca fortuna haber conseguido esta ventaja de unos indios que ya tenían noticia de esta entrada general por Lorenzo Vargas Machuca, cristiano mendocino que vive entre ellos y hacía pocos días que había llegado de recorrer en traje de tal las fronteras de Córdoba y ciudad de la Punta según dice la cautiva y cuya prisión y de otros malvados de esta clase pienso conseguir por medio del famoso y nuestro amigo el cacique Ancan que reside en el Río Grande o en el de San Pedro.

Aunque con arreglo a la orden de V.S. apronté bastimientos para subsistir tres meses en el campo, no fue posible por las razones expuestas que incluyo original y solo subsistió dos meses y tres días habiéndome causado el más vivo dolor, el no poder atacar por el Sud los indios de las Vívoras donde dirigía su marcha por el Norte la expedición de Córdoba por causa del insuperable caudal de aguas del referido gran Río que causó la extraordinaria creciente de todos los ríos que lo componen, hice por pasarlo, cuantas diligencias fueron practicables, prometí la libertad a los indios prisioneros si me ponían de este lado, arrojándose a los grandes bañados y lagunas que entre el bosque formó la creciente, sin ejemplar, arrojeme yo detrás de ellos con una partida, siempre por el gran camino de los indios que estaba inundado, pero después de haber caminado dos leguas en parajes a nado y no haber podido llegar al cajón principal se tuvo por inaccesible su paso y hubo de relevarme con dolor como más por extenso referiré a V.S. en el diario que remitiré en primera ocasión. Por lo respectivo a la expedición que salió de la Punta de San Luis con orden de unirse con la que yo mandaba en la junta del Río Tunuyán con el Diamante y Atuel que no pudo verificarse por el mismo o inconveniente de la soberbia creciente, nada se de oficio aunque se dice que ya había practicado su retirada por haber sido sentida de los indios y haber disparado éstos a internarse, luego que aquel maestre de campo me participe lo que ocurrió lo pondré en noticia a V.S.

La oficialidad de estas milicias de mi mando se portó en todo el discurso de la campaña con aquel valor, ardimiento, intrepidez y obediencia que les es tan común, como también los soldados habiendo mostrado unos y otros su gran constancia en los trabajos en medio de hallarse sin tiendas y muchos de ellos casi sin vestidos para defenderse del rigor de la intemperie.» <Junta de Estudios Históricos de Mendoza, Anales del Primer Congreso de Cuyo, vol. II, pág. 56 (en CGE, op.cit., tomo 11, págs. 56 y 59).>

Como consecuencia de estos movimientos ofensivos, cae el cacique ranquel Creyo o Creyú, cuya cabeza, por orden de Amigorena, es clavada como escarmiento en el fuerte San Carlos de San Luis.

A partir de este hecho se suceden algunos tratados.

Primero en 1785 el cacique Llanquetur negocia la paz; dos años más tarde los principales caciques pehuenches, Pichintur, Currilepi y Canivan, acceden a participar entre otras condiciones en la lucha entablada por los españoles contra los ranqueles y la parcialidad araucana huilliche.

Sin embargo, la mayoría de las bandas tehuelches, araucanas y pehuenches continúan asediando la frontera y contra ellas se lanza en 1788 una campaña dirigida por el comandante Francisco Esquivel Aldao, que penetra en el sur de Mendoza. En el transcurso de la marcha se van uniendo caciques que habían firmado la paz de 1785 y que informan acerca de las posiciones de Llanquetur, principal jefe rebelde buscado.

Después de dos semanas de marcha, la expedición contaba con cerca de 300 indígenas fuertemente armados además del medio centenar de soldados.

El ataque final a los toldos de Llanquetur produjo cerca de 200 muertos y 150 cautivos entre sus huestes, registrándose entre las bajas diez caciques y capitanejos. Se recuperaron miles de cabezas de ganado y cautivos. Pero el cacique, acampado más allá del núcleo del enfrentamiento, logró salvar su cabeza, a la que, una vez más, se había puesto precio.

Esta acción profunda contra los pehuenches es complementada en 1789 con una nueva campaña de Amigorena, que logra dominar a algunas de las bandas asentadas en las inmediaciones de las lagunas de Guanacache; por su parte, en 1792, Aldao se dirige por orden de Amigorena hacia Neuquén, en busca de los principales enclaves araucanos y logra destruir a los grupos asentados a las orillas del río Picún Leufú, matando a varios caciques.

Una vez más y como respuesta a las ofensivas españolas, se producen interregnos de paz, debidamente celebrados: en 1797 se lleva a cabo un importante parlamento con los pehuenches y en 1798 se registran dos: uno en Chillán (Chile) y otro en San Carlos (Mendoza), en los cuales participan 19 caciques, 14 capitanejos y cerca de 500 indígenas.

Poco después, en 1799, Amigorena, en una de sus últimas acciones (moriría casi inmediatamente), derrota al cacique ranquel Carripilum o Curripilum, uno de sus más obstinados adversarios, quien de todas maneras continuará durante mucho tiempo más dominando su región: el Mamul-Mapú o País de los Árboles.

Mientras se suceden todas estas acciones ofensivas y “diplomáticas”, los españoles refuerzan constantemente la línea fronteriza. La creación de fortines se sucede sin solución de continuidad.

Durante el período comprendido entre 1780 y fines de siglo se destacan los fortines de Loreto (Santa Fe); San Carlos, San Fernando, Santa Catalina, Sauce y Las Tunas (Córdoba); Chañar y Bebedero (San Luis); San Carlos y San Rafael (Mendoza). Estas fortificaciones, gestadas principalmente por el marqués Sobremonte, sumadas a las desplegadas en la provincia de Buenos Aires, serán un cerco cada día más peligroso para las comunidades de la Llanura.

En este momento peculiar son importantes también algunos viajes de reconocimiento realizados por grupos de españoles que no solo buscaban a través de ellos las vías de comunicación entre las distintas partes del Virreinato y aun sus áreas aledañas como Chile, sino también la buena voluntad de los indígenas, para que no interfirieran en las travesías de las carretas atestadas de mercaderías.

Son dignas de mención las exploraciones de José Santiago del Cerro y Zamudio, que intentó encontrar un camino entre Talca (en Chile) y Buenos Aires (1802) y entre Buenos Aires-Talca (1805); la de Luis de la Cruz, quien buscó la unión entre Concepción (Chile) y Buenos Aires (1806); las de Sourryere de Souillac desde Talca a San Rafael (1805-1806) y las de Esteban Hernández desde San Rafael a San Lorenzo (San Luis) en 1806.

Los exploradores se ponían muchas veces en contacto con los caciques, tratando de obtener su alianza. Es famoso por ejemplo el parlamento sostenido entre De la Cruz y el gran jefe araucano (ranquel) Carripilum para conseguir el libre paso por territorio indígena, gestión más que delicada por la conocida intransigencia de este cacique.

Estos viajes de reconocimiento acrecentaban la información sobre los territorios libres, incomodando la normal vida comunitaria, que se veía alertada por la presencia de intrusos, a quienes se consideraba como avanzadas de un peligro latente mayor y definitivo.

El Chaco bastión

Chaco insondable, misterioso e inexpugnable; Chaco de los arcanos; Chaco bastión.

Durante siglos se mantuvo como territorio libre, transitado y defendido por guerreros guaikurúes, ahora también ecuestres. Virtual zona de paso, ofrece la posibilidad de comunicar el Litoral con el Noroeste.

Desde la línea fronteriza los españoles intentaron aferrar a la región por alguna de sus partes; realizaron también una serie de “entradas” que fueron sistemáticamente rechazadas por las comunidades originarias. Muchas veces esta dura tenacidad se volvió como un boomerang, y provocó devastadores ataques sobre las ciudades de Asunción, Santa Fe y Corrientes, blancos predilectos de las correrías indígenas.

Las expediciones “punitivas” llevadas a cabo durante el siglo XVII no dieron resultado, y ya en 1710 las comunidades guaikurúes están confederadas y mantienen bajo presión a la frontera. La respuesta no se hace esperar: el gobernador de Tucumán, Esteban de Urizar, lleva a cabo una poderosa ofensiva con milicias de Jujuy, Tucumán, Salta, Santiago del Estero, Catamarca y Tarija, cerca de 2200 hombres. Una cifra realmente importante para la época. Sin embargo, los resultados son más que magros.

Durante el siglo XVIII se organizan varias expediciones que tienen por objetivo explorar la región y de ser posible establecer contacto amistoso con los indígenas.

Cabe mencionar la que realizó Filiberto de Mena en 1764, quien tomó contacto con ocho caciques de los mocovíes, abipones, tobas, chulupíes, vilelas y mataguayos, “en una senda y paraje llamado Cangayé”, que en lengua mocoví significa “tragadero de gente”, sobre el río Bermejo.

En 1774, Gerónimo Matorras, gobernador de Tucumán, emprendió una nueva campaña, suscribiendo un importante tratado con Paikin, cacique principal mocoví, junto con otros como Lachirikin, Cogloikin y Alogoikin, Quetaidoi y Quiaagari.

1º Que se les han de mantener, sin enajenar a otros, los fértiles campos en que se hallaban establecidos, con sus ríos, aguada y arboledas.

2º Que con ningún motivo ni pretexto han de ser tratados de los españoles con el ignominioso nombre de esclavos, ellos, sus hijos ni sucesores, ni á servir en esta clase, ni ser dados a encomiendas.

3º Que para ser instruidos en los misterios de nuestra Santa Fe Católica. La lengua española y sus hijos a leer y escribir, se los ha de dar curas doctrineros, lenguaraces y maestros.

4º Que la nueva reducción, nombrada Santa Rosa de Lima (12), establecida en la frontera de Tucumán por el Sr. Gobernador de Gerónimo Matorras, que tienen ocupados varios indios de su parcialidad, han de tener libre facultad para pasar a ella todos lo que querían egecutarlo, proveyéndoles de crías de ganado mayores y menores, herramientas, y semillas para sus sementeras, como se egecutó con los demas que estan en ella.

5º Que si a más de la dicha reduccion pidieran otra, por no ser aquella suficiente para todos ellos, se les ha de dar en el paraje que eligiere el Señor Gobernador.

6º Que además de los vestuarios con que se veían cubierta su desnudez, ganado, caballos y demas baraterías con que habían sido obsequiados, esperaban que se continuase en adelante, hasta que ellos pudiesen adquirirlo con sus agencias.

7º Que por cuanto se hallaba en sangrientas guerras con el cacique Benavides, en la jurisdicción de Santiago del Estero y de la de Santa Fe de la gobernación de Buenos Aires, se habia de interesar al Señor Gobernador, a fin de que por medio de unas paces fuesen desagraviados de los muchos perjuicios que habian recibido de dichos Abipones devolviéndoseles los caballos y yeguas que les tenían quitados.

8º Que debajo de los antecedentes siete capítulos, esperando que les serían guardados, se entregaban gustosos por vasallos del Católico Rey Nuestro Señor de España y de las Indias; prometiendo observar sus leyes y mandatos, los de todos sus ministros y, como

más inmediatos los de los Gobernadores de Buenos Aires, Paraguay y Tucumán. Que igualmente esperaban que fuesen cumplidos todos los estatutos, leyes y ordenanzas establecidas á favor de los naturales de estos ramos.

9º Que siempre que tuviesen alguna queja ó agravio de los españoles, ó de los indios puestos en las reducciones, los representarian por medio de los respectivos protectores para ser atendidos en justicia, sin que puedan de otro modo hostilizar ni hacer guerra ofensiva ni defensiva.

10º Que será del cargo del Señor Gobernador interponer su fuego con S. M., a fin de que sean recibidos bajo de su real patrocinio, recomendándolos también al Excmo. Señor Virrey de Lima y Real Audiencia de la Plata.

11º Que sin embargo de habérseles negado por el Señor Gobernador armas de pistolas, lanzas y machetes que las habían pedido para defenderse de sus enemigos, quedaban ciertos de la promesa que les había hecho, de atender a su pretensión cuando hubiesen dado pruebas de su fiel vasallaje al Rey de España, con la buena amistad y buena correspondencia que profesarían con todos los españoles. <“Diario de la expedición hecha en 1774 a los países del Gran Chaco desde el Fuerte del Valle por Gerónimo Matorras, Gobernador de Tucumán”, en Pedro de Ángelis, Colección de Obras y Documentos relativos a la Historia del Río de la Plata, vol. V, pág. 147.>

La intención de Matorras era consolidar la fractura entre mocovíes y abipones. Estos últimos, conducidos por el indomable cacique José Benavídez (Niripuri), no transan; muy por el contrario mantienen en vilo a San Pedro, San Javier, San Gerónimo, Corrientes y la misma Santa Fe. Son los que encabezan a los guaikurúes en la lucha por el mantenimiento libre d el territorio.

En 1780, el coronel Francisco Arias partió otra vez hacia el interior del Chaco para poner en práctica el tratado de Matorras y Paikin. En su marcha logró el sometimiento pacífico casi diario de las parcialidades de mataguayos, apoyado “desde arriba” por el cacique general Atecampibap, quien poco antes de morir había convocado a sus hombres a la paz con el español “nuestro amigo

[…] porque conozco que el cristiano nos quiere bien, y su amistad nos es muy útil”.

En el transcurso de su recorrida por el río Bermejo, Arias concretó la reunión de algunos tobas en las dos reducciones de Santiago de la Cangayé y San Bernardo el Vértiz. Pero estos pequeños éxitos obtenidos con esfuerzos casi sobrehumanos no reditúan para los planes del Virreinato.

La masa indígena permanece libre en el interior del Chaco. Las expediciones, trabajosamente organizadas y concretadas con peores dificultades, solo consiguen algunas veces la paz con ciertas parcialidades indígenas, lo que permite un mayor respiro a las poblaciones fronterizas, permanentemente atacadas por los guaikurúes.

La frontera con el Chaco es frágil, laxa, asediada sistemáticamente y con pocas posibilidades de avanzar más allá de los asentamientos conseguidos en la primera fase de la Conquista y Colonización. Al igual que en las fronteras este y centro-oeste, la línea de fortines es la metodología que consigue mantener la situación relativamente consolidada.

A fines del siglo XVIII una treintena de fortines rodeaba el Chaco, concentrados fundamentalmente en la provincia de Santa Fe, territorio predilecto para la actividad bélica de los guaikurúes, siempre dispuestos a expandirse un poco más.

Los virreyes no dan abasto. Los indígenas tampoco.

Los albores del siglo XIX presentan en la frontera una calma tensa. Mendoza es el centro neurálgico de un período de paz entre indígenas y colonizadores, matizado con el intercambio de regalos y bienes. El resto de la línea, desde ambos lados, vela la vida y las armas.

El Chaco está rodeado, pero las ciudades principales que lo abrazan deben ocuparse más de su propio cuidado que de las ofensivas que proyectan.

Más allá del océano, la monarquía española empieza a tambalearse. Las colonias están en vísperas de la conmoción que traerá la independencia. El Virreinato se desmorona. Buenos Aires y sus criollos están efervescentes. Pero antes habrá todavía algunas sorpresas y los guardianes de la frontera, por un momento, detendrán su batallar.

LAS CULTURAS INDÍGENAS A PRINCIPIOS DEL SIGLO XIX

Entre la llegada de los conquistadores y el derrumbe de la dominación hispánica transcurrieron casi tres siglos en los que el hoy territorio argentino y sus habitantes originarios sufrieron un sinnúmero de transformaciones culturales, fruto de la nueva realidad impuesta.

Las distintas regiones fueron penetradas por el conquistador, lo que causó numerosos fenómenos: luchas a muerte, fusiones en la sangre, sometimiento en el trabajo, encuentro pacífico; en todos los casos, se produjo un trastocamiento de los valores tradicionales.

En aquellos lugares a los que el español no llegó, la lucha denodada por la frontera provocó desde los indígenas una configuración cultural siempre dispuesta para la guerra.

A esta situación general faltaría agregar a los chané, quienes por esta época mantenían una identidad cultural relativa ya que estaban totalmente absorbidos por los chiriguanos.

En cuanto a los tehuelches, en sus vastos dominios de Pampa y Patagonia, comenzaban a presentar la virtual disolución de su cultura, ante la incontenible presencia de los araucanos, que provenientes de Chile asumirían su legado cultural, sus tierras y su lucha.

Pero a pesar de que el panorama etnológico de Pampa y Patagonia ya era confuso, de todas maneras la hegemonía tehuelche se mantenía.

En función de este cuadro de situación observamos dos claras tendencias: la primera, la de las culturas libres, que seguirán sosteniendo su identidad, incluso fortaleciéndola, constituyéndose en la posibilidad histórica de ser la expresión más auténtica de la forma de vida indígena; la segunda, la de las culturas incorporadas y/o sometidas, cuyo núcleo de la montaña y el litoral — especialmente diaguitas y guaraníes— es sin embargo la base de sustentación del mestizaje, dinámica que da origen a la matriz original hispano-indígena, que es la primera vertiente en la conformación del pueblo argentino desde el punto de vista étnico-cultural.

Esto significa que la participación de las culturas indígenas en la configuración de nuestro pueblo no es de nuestros días, aunque hoy existan un conjunto de comunidades que habitan el suelo nacional, sino que arranca desde el fondo mismo del choque-encuentro entre el español y el indio, protagonistas casi excluyentes de los primeros trescientos años de historia, que tuvo su fruto en el mestizo, síntesis nueva de esta tierra.

…lo que hemos llamado cultura criolla, unidad cultural resultante de la suma algebraica, y como tal, irreversible, de la cultura de los conquistadores y las culturas aborígenes, producto concreto de una aculturación bilateral. Es algo nuevo, no es española, pero tampoco indígena. Es un tipo cultural. Tiene, y tuvo, existencia real. <La cita pertenece al trabajo de Ciro R. Lafón, Antropología argentina: una propuesta para estudiar el origen y la integración de la nacionalidad, Buenos Aires, Bonum, 1977. Para este autor, la esencia de ese nuevo tipo cultural es lo que puede llamarse “criollismo”, entendido como “el conjunto de tradiciones sociales, culturales y religiosas de los criollos y sus instituciones, en suma, los valores que regulan su vida”.>

MESTIZAJE FINES DEL SIGLO XVN

A principios del siglo XIX la población del actual territorio argentino llegaba aproximadamente a los 400.000 habitantes. La mitad de ella era mestiza y cerca de 100.000 eran africanos, integrantes del tercer componente humano digno de mención en el período. Alrededor de 200.000 indígenas completaban este panorama étnico-cultural.

Más de medio millón de almas pugnaban por la construcción de una nueva sociedad. Es en ese momento cuando llegan ellos, “los Colorados”, que no saben que los habitantes de la tierra, nuestros indígenas, los observan con actitud vigilante.

LOS TEHUELCHES CONTRA LOS COLORADOS:

LA PARTICIPACIÓN INDÍGENA DURANTE LAS INVASIONES INGLESAS

Aquella tarde del 25 de junio de 1806 hacía mucho frío sobre el mar. El teniente coronel Pack, al frente de 670 escoceses, integrantes del regimiento Nº 71, puso pie a tierra en ese lugar que los nativos llamaban Quilmes. Lo siguieron rápidamente un batallón de infantería de marina, el destacamento de Santa Helena y tres compañías de marineros con cuatro piezas de artillería. En total, más de 1500 hombres. Inmediatamente después, el general en jefe de la fuerza expedicionaria, Guillermo Carr Beresford, se reunió con él en tierra. Decidieron hacer noche allí mismo, aunque casi no durmieron. Poco antes del amanecer ordenaron la columna. Juntos, echaron una última mirada a la corbeta que cerca de la costa había protegido el desembarco, y que ahora, bamboleante y satisfecha, parecía sonreírles. Más allá se veían los puntos lejanos de los otros navíos de la escuadra.

Por fin los ingleses emprendieron la marcha hacia Buenos Aires, sin saber que según se cuenta, grupos de tehuelches vigilaban sus movimientos y los seguían a distancia, hasta que pudieron confirmar cuáles eran sus intenciones.

Decididos, los nuevos visitantes avanzaban sobre la ciudad. Sus casacas refulgían al sol. Para los tehuelches desde ese instante fueron “los Colorados”. Las acciones se desarrollaron vertiginosamente. En menos de cuarenta y ocho horas los ingleses tomaron Buenos Aires y durante dos meses fueron los dueños de la ciudad. Desesperadamente pidieron refuerzos a Inglaterra sabiendo que la situación de dominio era débil. La población se unió ante el invasor a quien rechazó desde un primer momento.

Finalmente Santiago de Liniers, al frente de una fuerza de 2500 hombres, reconquistó la ciudad; el 12 de agosto Buenos Aires volvía a sus dueños naturales. El Cabildo, convertido en el nuevo centro del poder desde la huida del virrey Sobremonte, sesionaba en forma continua. Y fue precisamente esa institución la que mantuvo desde entonces y durante todo el período de la ocupación inglesa una relación singular con las parcialidades tehuelches de la provincia de Buenos Aires, que ofrecieron su apoyo a los pobladores.

El acta del 17 de agosto informa que mientras el Cabildo estaba reunido:

…se apersonó en la sala el indio Pampa Felipe con don Manuel Martín de la Calleja y expuso aquel por intérprete, que venía a nombre de dieciséis caciques de los pampas y cheguelches a hacer presente que estaban prontos a franquear gente, caballos y cuantos auxilios dependiesen de su arbitrio, para que este I. C. echase mano de ellos contra los colorados, cuyo nombre dio a los ingleses; que hacían aquella ingenua oferta en obsequio a los cristianos, y porque veían los apuros en que estarían; que también franquearían gente para conducir a los ingleses tierra adentro si se necesitaba; y que tendrían mucho gusto en que se los ocupase contra unos hombres tan malos como los colorados. <Héctor Adolfo Cordero, “En torno a los indios en las Invasiones Inglesas”, BuenosAires , La Prensa, Suplemento Cultural, 1971.>

Los cabildantes agradecieron el gesto y comunicaron al cacique que en caso de necesidad recurrirían a su ayuda.

Pocos días después Felipe regresó acompañado ahora por el cacique Catemilla, quien informó que en virtud de los hechos acaecidos con “los Colorados” y la permanente amenaza de estos (la escuadra del almirante Popham seguía en el río aguardando los refuerzos solicitados), habían procedido a efectuar la paz con los ranqueles de Salinas Grandes “bajo la obligación estos de guardar terrenos desde las Salinas hasta Mendoza, e impedir por aquella parte insulto a los cristianos; habiéndose obligado el exponente con los demás pampas a hacer lo propio con toda la costa del sur hasta Patagones”. <Héctor Adolfo Cordero, op. cit.>

El Cabildo agradece nuevamente los ofrecimientos y antes de que finalice el año recibe dos veces más a las “embajadas” indígenas.

El 22 de diciembre los caciques y cabildantes finalizan su encuentro con abrazos y el alcalde de primer voto, Francisco Lezica, agradece en nombre de sus compañeros, al mismo tiempo que pide a sus “fieles hermanos”, los indígenas, que vigilen las costas para que el enemigo inglés no se atreva a regresar.

El 29 de diciembre llegan los caciques Epugner, Errepuento y Turuñanqüu, que ofrecen además de su colaboración la de los otros caciques: Negro, Chulí, Laguini, Paylaguan, Cateremilla, Marcius, Guaycolan, Peñascal, Lorenzo y Quintuy.

En abril de 1807 el cacique Negro ofrece su colaboración junto a otros jefes que lo acompañan.

Sin embargo, pese a los ofrecimientos indígenas y a los agradecimientos de españoles y criollos, la ayuda no se concreta.

Llegados los refuerzos, los ingleses desembarcan en junio de 1807 nuevamente en Quilmes.

Son ahora cerca de diez mil hombres al mando del general John Whitelocke. Pero Buenos Aires estaba preparada, con una fuerza de siete mil hombres, otra vez comandados por Liniers. Aunque en realidad fueron muchísimos más, porque la ciudad entera combatió.

Durante dos jornadas violentísimas, las columnas inglesas fueron rechazadas y finalmente derrotadas. Las calles de Buenos Aires se convirtieron en un infierno. El propio general vencido, reflexionando luego sobre la furia de los defensores, dijo: “Cada casa un cantón y cada ventana una boca de fuego”.

“Los Colorados” evacuaron en forma definitiva el Río de la Plata (habían tomado Montevideo en febrero) dando fin a la aventura colonialista inglesa.

A partir de las victorias contra los ingleses se sucedieron un sinnúmero de fenómenos inéditos: los recelos entre criollos y españoles, la manumisión de aproximadamente un centenar de esclavos que habían combatido contra el invasor, la consolidación de las fuerzas propias, el embrión, en fin, de una nueva conciencia.

Los grupos tehuelches estuvieron a punto de participar activamente en esa experiencia, pero ello no pudo ser posible:

No obstante las expresiones de gratitud, abrazos y obsequios, los gobernantes desconfiaban. Desconfiaban y despreciaban a los indios. Los trataban, pero con recelo.

Posiblemente el recelo era recíproco, pues de ambas partes podían señalarse improcederes. Esta desconfianza fue sin duda la causa que impidió se los convocara a la lucha contra los ingleses.

Y teniendo en cuenta un ofrecimiento concluyente; número de indios, caballos, armas; tal vez por lo mismo. Los cabildantes habrán pensado sobre las posibles consecuencias de ese aporte después de la derrota de los invasores, siello se producía.

¿Qué hubiera sido de la ciudad, del gobierno, del pueblo, con veinte mil indios armados y cien mil caballos? Hasta la paz lograda entre pampas y ranqueles les resultaría sospechosa. ¡Y nada menos que al solo objeto de proteger a los cristianos! De todas maneras, los indios concurrieron en aquella ocasión a ofrecer sus servicios, sus hombres, sus armas, para luchar contra el invasor. <Héctor Adolfo Cordero, op. cit.>

Destaco estas últimas palabras, que puntualizan los hechos. Las comunidades indígenas intentaron participar en la batalla contra los ingleses, más allá de que intereses, temores o distancia cultural —no sabemos exactamente— hicieran que esa participación solo fuera una posibilidad.

Por un instante, los indígenas, los criollos y aun los negros estuvieron juntos frente al agresor extranjero. Por un instante habían estado del mismo lado, dando vida propia a esa matriz original del pueblo argentino en formación. <Cabe consignar que independientemente de los ofrecimientos realizados por las comunidades indígenas libres de la provincia de Buenos Aires, los “cuerpos voluntarios” que se constituyeron para resistir al invasor contaron al menos con dos agrupaciones principales: Indios, Morenos y Pardos (que contaba con 426 hombres en 1806) y cuerpo de Indios, Morenos y Pardos de Infantería (con un total de 352 hombres). Véase Iconografía de los uniformes militares, Invasiones Inglesas – 1807, Notas documentales por Enrique Williams Álzaga, Buenos Aires, Emecé Editores, 1967.>

Estos acontecimientos marcaron a los hombres de la ciudad, que ya no serían los mismos. Se hallaban en las puertas de una nueva vida. Habían pasado los umbrales de una etapa histórica que los llevaría a la Revolución de Mayo.

Fuente: «Nuestros paisanos los indios» Carlos Martínez Sarasola, Del Nuevo Extremo, 2011.