El mundo está convulsionado. Este virus, el Covid19, lo sorprendió con la guardia baja e intenta darle un golpe de knock out.

Y los gobiernos deben lidiar con este enemigo escurridizo y, a la vez, con las manifestaciones totalmente irresponsables de los llamados anti cuarentena.

En Perú, por ejemplo, analizaron letra por letra en la Constitución para decir que el decreto sobre la cuarentena era anti constitucional.

En Estados Unidos fallece por coronavirus John McDaniel, ferviente activista anti cuarentena que aseguraba que todo era una mentira, un invento de los políticos.

Pero me quiero referir a los anti cuarentena de Argentina.

Se ve un gran abanico de ideales en las declaraciones de los manifestantes. Y todos conllevan algún tipo de peligro para la sociedad y especialmente para la democracia.

Entre los que considero menos peligrosos se ve a un grupo realmente “confundido”, por llamarlos de una manera elegante. En él se mezclan desde anarquistas hasta terraplanistas.

Sus alocadas afirmaciones van desde que la pandemia es un armado maquiavélico liderado por la OMS para colaborar con lo que llaman el Nuevo Orden Mundial.

La cuarentena serviría, según ellos, para mantenernos en nuestras casas tal rebaño de ovejas en su corral, mientras nos lavan el cerebro desde la televisión hablando del “bichito inexistente”, para así dominarnos.

Otro grupo similar habla de que esta conspiración la lidera Bill Gates, que se quiere quedar con el litio de todo el planeta para hacer una vacuna (bueno, sí… lo escuché tal cual).

Quién ha leído o escuchado un comentario mío, sabrá que jamás pondré las manos en el fuego por las intenciones de los gobernantes de los países más poderosos. Todo el que me conoce sabe de mis dudas con respecto a las visitas lunares, globos aerostáticos en forma de plato o cigarro, y tantas oras cosas.

Pero ante cada “duda” que se me presenta sobre las “cosas juzgadas” del sistema, trato de aferrarme a algo lógico, por donde se pueda, mínimamente, empezar a una discusión.

Y sus teorías se dan contra la pared ante una sola información. Al momento de escribir esta columna tenemos que lamentar medio millón de muertos en el mundo por el Covid.

Pero hay grupos más peligrosos que estos “conspiranoicos”. Hay dos grupos que actúan juntos, cada uno defendiendo sus intereses. Y estos son los que en nada ayudan a que podamos salir con tranquilidad de esta pandemia.

Uno es la mano de obra desocupada de la política. Políticos sin cargos ejecutivos cuyo interés primordial es esperar un traspié del gobierno para logra algún rédito político.

Sus miserias son acompañadas por otros ejemplares, los “runners”, muy ligados ideológicamente a estos políticos y que del día a la mañana se dieron cuenta que sus vidas no son las mismas sin salir a correr por las noches.

Uno de los más peligros cómplices de esta mano de obra desocupada de la política son los terratenientes, que aprovechan el revuelo de la pandemia para criticarla y criticar a un Estado que quiere cobrarse las deudas de una empresa estafadora, expropiándola.

Claro está que no es el destino de a empresa lo que les preocupa. Su temor es que el Estado pueda entrar en ese grupo cerealero y, desde allí, desenmascarar sus chanchullos.

Ante esta perspectiva, les preocupa que ya no podrán exigir devaluaciones a su antojo. Ni tampoco les será tan fácil extorsionar a los gobiernos, ni será tan importante la retención de sus cosechas, ya que el Estado tendrá su propia liquidación.

Este grupo está bastante emparentado con el más peligroso de todos, la derecha vernácula. Estos individuos, generalmente muy odiadores hacia todo lo que tenga que ver con lo popular y, normalmente, de una ignorancia supina.

Son captados fácilmente y se los escucha repetir a todos las mismas frases. No tienen ninguna intención de debatir una sola idea. Se abrazan al libreto que su dirigencia repite una y otra vez.

Son fervientes defensores de la última dictadura.

Para ellos es lo mismo Comunismo que Peronismo; aunque en realidad los mueve su odio al Kirchnerismo, y más allá, al Lulismo, al Evismo, al Chavismo y a todos los ismos que se nos ocurran, incluyendo el indigenismo por supuesto.

Podemos entender su odio a todo lo que tenga olor a pueblo, lo que sí se me hace difícil entender son sus reflexiones acerca del Estado.

Hablan de Estado como si el mismo fuera el presidente o un partido político; no se detienen un segundo a pensar que e Estado somos todos nosotros. Y que los logros de un Estado es un logro de toda una sociedad en su conjunto.

Ir en contra del Estado a favor de una empresa que se aprovechó de él me resulta ciertamente estúpido. Hablando en criollo, están a favor de que un grupo empresario nos robe descaradamente (a mí, a vos y a ellos mismos), y los frutos de ese desfalco lo saquen del país, con la ayuda de funcionarios amigos.

De algo estoy seguro; con el fin de la pandemia el mundo debe cambiar. Los gobernantes deben darse cuenta que el Sistema está agotado, deben sentarse a edificar un mundo más justo.

Es injustificable un planeta que, produciendo los alimentos que se producen, contenga a millones de seres humanos que pasen hambre.

Esta es la oportunidad. Un bichito invisible nos está advirtiendo que este estado de situaciones ya no da para más. Los empresarios ya debieran darse cuenta que sus negocios no son viables ante la falta del factor humano.

Los trabajadores deben darse cuenta que son el motor de toda economía que se considere.

Están gobernando personas de mi generación; es mi profundo deseo que se haga lo necesario para que los hombres y mujeres habitantes de este agraciado planeta vivan como se merecen, con la dignidad que se merecen.

El coronavirus ya hizo algo por el planeta, que evidentemente respira algo mejor gracias a nuestra cuarentena. Ahora nos toca a nosotros, a los humanos.