Las primeras campañas de vacunación comenzaron a principios del siglo XIX. Se la debemos a los experimentos de Edward Jenner con la vacuna contra la viruela, originada a partir de las secreciones de las lesiones que producía en las vacas la variante bovina de esta enfermedad.

La viruela es un viejo conocido de la humanidad: se sabe que causó la muerte del faraón Ramsés V hace más de 3.000 años y la del zar ruso Pedro II en 1730.

Jenner observó que las personas que ordeñaban vacas y contraían la viruela bovina estaban protegidas contra la viruela humana. Entonces tomó material de una lesión pustular de viruela de vacas causada por el cowpox virus, obtenido de la mano de la ordeñadora Sarah Nelmes y lo inoculó en el brazo de James Phipps, niño de 8 años, hijo del jardinero de la familia Jenner.

Las críticas fueron inmediatas. Muchas personas se opusieron a la vacunación porque tenían miedo de sus efectos adversos. Algunas, por motivos religiosos: consideraban que la vacuna era anticristiana porque provenía de un animal. Otras, pensaban que la vacunación obligatoria violaba su libertad personal de libre elección de tratamientos médicos.

Lo cierto es que la viruela fue de las enfermedades más temidas del mundo. Se calcula que solamente en el siglo XX causó alrededor de 500 millones de muertes.

Era una infección altamente contagiosa causada por un virus que se transmitía principalmente por la inhalación de las gotas que exhalaba por la nariz o boca una persona contagiada.

Y digo era porque después de al menos 3.000 años en los que esta infección estuvo presente en el mundo, la viruela fue oficialmente declarada erradicada por la Organización Mundial de la Salud en 1980.

Se convirtió así en la única enfermedad en humanos que ha logrado ser erradicada y, para los expertos, ha sido uno de los mayores triunfos de la salud pública global.

Pero más que en las enfermedades quiero en este artículo hacer hincapié en el peligro de los movimientos antivacunas.

Considero, hasta que alguien me contradiga, que existen 3 tipos de individuos antivacunas. Los tarados religiosos, los tarados políticos, y los doblemente tarados que no tienen pensamiento propio y les cree a alguna de estas dos variantes.

En el primer grupo, el de los tarados religiosos, podemos encontrar ejemplos en Paquistán y Afganistán, donde la transmisión de la poliomielitis continúa siendo endémica. 

En estos dos países existen grupos terroristas ligados al integrismo religioso que amenazan y asesinan a los trabajadores de la salud encargados de la vacunación. En los últimos años ha habido más muertes de trabajadores encargados de vacunar a la población que defunciones por la propia enfermedad.

Las teorías conspirativas sobre la vacunación y sus efectos adversos están ampliamente extendidas entre la población de estos países. En Pakistán, algunas familias piensan que la vacuna contra la polio es un método secreto de esterilización para frenar el crecimiento de la población musulmana o que la vacuna contiene sustancias derivadas del cerdo.

El segundo grupo, el de los tarados políticos, es más complicado de definir. 

Los grupos antivacunas existen en todas partes del mundo y sería muy extenso y tedioso enumerar a la mayoría en este artículo.

A modo de ejemplo voy a referirme a los grupos antivacunas en EEUU, dejando en claro que existen otros muy fuertes en casi toda Europa y en Sudamérica, desde donde les mostraré un tremendo caso de estupidez en Perú.

Estados Unidos alberga los grupos antivacunas más grandes y mejor organizados del mundo. En Preventing the Next Pandemic: Vaccine Diplomacy in a Time of Anti-Science, Peter Hotez, director del Centro para el Desarrollo de Vacunas del Hospital Infantil de Texas, un médico que fue enviado por Barack Obama a los países musulmanes para impulsar la “diplomacia de las vacunas”, explica el auge del movimiento antivacunas en Estados Unidos. Este se convirtió en falsa “libertad sanitaria” a través del Tea Party, la rama radical del partido republicano, que incorporó a sus filas a terraplanistas y negacionistas antivacunas.

Diferencia de vacunación en los distintos Estados, según que partido gobierne

Hay tres factores sinérgicos de la trama antivacunas. El primero es el uso de las redes sociales, donde, según el Center for Countering Digital Hate (CCDH), doce movimientos antivacunas tienen cincuenta y ocho millones de seguidores. Anuncios pagados en Facebook, dirigidos a madres jóvenes para convertirlas en activistas, muestran niños presuntamente enfermos debido a las vacunas.

Pero también hay negocios de por medio: el CCDH ha calculado que las redes sociales se embolsan mil millones de dólares al año en publicidad y otros ingresos procedentes de esta “industria” de la falsedad.

En segundo lugar, el movimiento antivacunas tiene un brazo político. Los tuits de Donald Trump son un buen ejemplo de ello. El 40 % de los miembros del partido republicano se oponen a vacunarse contra la covid-19. Muchos grupos de extrema derecha que difundieron información falsa sobre las elecciones presidenciales estadounidenses del año pasado están haciendo lo mismo con las vacunas.

Pero también está Rusia. Las organizaciones de inteligencia rusas atacan a las vacunas occidentales. Una campaña sugiere que podrían convertir a las personas en monos. El motivo es simple, intentan desacreditar las vacunas occidentales contra la covid-19 para promover las suyas.

El tercer factor que impulsa el éxito de los movimientos antivacunas es el agresivo proselitismo dirigido a grupos susceptibles como los emigrantes, los judíos ortodoxos y las minorías, incluyendo los afroamericanos. En sus comunicaciones comparan las vacunas con el holocausto o con experimentos antiéticos, como el estudio Tuskegee, realizados con personas de color.

Perú y un papel para eludir las restricciones del gobierno

En un acto de imbecilidad solo comparable con la gripesinha de Bolsonaro, una abogada peruana promueve un carnet para poder concurrir a lugares sin estar vacunados. Papas fritas y… ¡¡Good show!!

La abogada Beatriz Mejía Mori insiste sin sustento científico en que las vacunas provocan efectos adversos graves físicos y psicológicos. También brinda recomendaciones para evitar usar mascarillas en lugares públicos. Y ahora, con la finalidad de “defender” a las personas que no quieren vacunarse y que requieren de las dosis para ingresar a espacios cerrados desde el 10 de diciembre de 2021, promueve un documento conocido como certificado de exención.

Un certificado de este tipo es utilizado a nivel internacional para que las personas no sigan un determinado tratamiento a causa de una contraindicación médica. Sin embargo, hay quienes quieren eximirse de ser inmunizados contra la covid-19 —sin presentar problemas de salud ni ser avalados por un profesional médico— solo por no confiar en las vacunas ya sea por creencias personales o religiosas. En la mayoría de casos estas creencias están basadas en desinformación como la que difunde la abogada Mejía Mori en charlas virtuales organizadas por movimientos antivacunas.

La abogada constitucionalista Gabriela Oporto señala que las normas del gobierno peruano no obligan a las personas a vacunarse y, en ese sentido, no se está vulnerando la ley.

“Si la restricción a los derechos es leve o moderada, pero el beneficio es elevado; la medida es constitucional siempre y cuando sea apropiada para seguir el objetivo de evitar la propagación del virus y necesaria”, dice Oporto. 

Los vacunados, además de tener menos riesgos de desarrollar con gravedad la enfermedad, son menos proclives a contagiar el virus en comparación de aquellos que no han recibido las dosis contra el coronavirus. 

Los negacionistas y la ONU

No es fácil convencer a los negacionistas. Hay tres grupos dentro del movimiento antivacunas: quienes dudan, quienes se resisten y quienes rechazan la vacunación.

Mientras que los que dudan o se resisten pueden aceptar ser informados y cambiar su opinión, los integrantes del tercer grupo se niegan a considerar información sobre la vacuna, defienden premisas falsas de conspiraciones sin base y prefieren prácticas médicas alternativas. No se vacunarán. Será imposible convencerles de lo contrario.

Para ellos, la información científica carece de valor frente a la que aportan teorías conspiranoicas basadas en una oculta fuente de conocimiento. Los seguidores del grupo radical QAnon, que patrocina a los antivacunas en Estados Unidos, dicen tomar la metafórica “píldora roja” de la película Matrix que les permite ver la realidad que ocultan los dueños del Estado reprogramando la mente de los ciudadanos para ser tratados como “conejillos de indias” de unas misteriosas elites manipuladoras. Esa píldora, un símbolo entre los populistas, fue la que tomaron quienes asaltaron el Parlamento estadounidense, siguiendo el ejemplo de Elon Musk e Ivanka Trump.

El lenguaje de los antivacunas y mensajes como el de la “píldora roja” sugieren un comportamiento sectario que explicaría por qué algunos antivacunas rechazan verdades obvias. Mientras los líderes sacan beneficio vendiendo pseudo medicamentos, libros o consiguiendo un puesto político, los adeptos podrían fallecer a manos de un virus derrotado hace años como el sarampión o de un coronavirus para el que existen vacunas eficaces.

Algunas naciones, en su momento, han creado grupos de expertos que han abordado amenazas globales complejas como el terrorismo, la seguridad cibernética y el armamento nuclear, todo ello coordinado por la ONU. 

Ahora, cuando la anticiencia se está haciendo cada vez más peligrosa, ha llegado el momento de que un grupo de alto nivel de la ONU evalúe el impacto total de la agresión contra las vacunas y proponga medidas duras y equilibradas, porque cada vez es más evidente que avanzar en la inmunización global requiere una contraofensiva también global.

En mi opinión los gobiernos deberían tomar medidas realmente duras contra estos individuos. En mi país, Argentina, ya hay provincias que postulan cobrar todo tratamiento a aquellos enfermos de Covid que no se hayan vacunado.

Desgraciadamente esta enfermedad de mierda ha terminado con la vida de miles y miles de personas. En un principio nos tomó por sorpresa… el mundo no estaba preparado para combatirla. Ahora que sí lo está un grupo de idiotas hace lo posible para que esto no termine.

Afortunadamente, y se que me van a criticar por esta frase pero prefiero no ser hipócrita, a estas alturas la mayoría de los fallecimientos por Covid son de gente que no se quiso vacunar. Por supuesto mueren personas aún vacunadas, sobre todo con morbilidades y claro está lo lamento mucho… pero hasta ahí llegó mi amor.

Hay que acabar con la estupidez de una vez por todas.

Fuentes utilizadas:

BBC News; Theconversation.com; saludconlupa.com

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