Juana y su niñez

Juana Azurduy nació en las cercanías de Chuquisaca, y  eso fue realmente decisivo en su vida. Hija de don Matías Azurduy y
doña Eulalia Bermudes. Ya de niña se vislumbraba lo que sería una mujer de gran belleza. Lindaura Anzuátegui de Campero, quien fuera contemporánea de Juana hablaba así de ella:

«De aventajada estatura, las perfectas y acentuadas líneas de su rostro recordaban el hermoso tipo de las transtiberianas romanas».

Valentín Abecia, historiador boliviano, señala:

«tenía la hermosura amazónica, de su simpático perfil griego, en cuyas facciones brillaba la luz de una mirada dulce y dominadora».

Esa indiscutible belleza será en parte responsable del carismático atractivo que Juana ejerció sobre sus contemporáneos.
Su madre era una chola de Chuquisaca (de allí su sangre mestiza), que quizás por algún desliz amoroso de don Matías Azurduy, se elevó socialmente gozando de una desahogada situación económica, ya que el padre de doña Juana era hombre de bienes y propiedades.

Juana heredaría de su madre las cualidades de la mujer chuquisaqueña: el hondo cariño a la tierra, la apasionada defensa de su casa y de los suyos, la viva imaginación rayana en lo artístico, la honradez y el espíritu de sacrificio.

La conjunción de sangres en ella fue enriquecedora, pues llevaba la sabiduría de los incas y la pasión de los aventureros españoles. Porque también mucho tuvo Juana de la España gloriosa y esforzada por línea paterna, capaz de casi todo en la persecución de sus ideales.

Nació el 12 de julio de 1780. Dos años antes había fallecido prematuramente su hermano Blas. Quizás algo de los varoniles atributos que sin duda caracterizaron a doña Juana se debiera al duelo imposible por una pérdida irreparable que hizo que los padres le transfiriesen las características reales o idealizadas de quien ya no estaba.

Debemos pensar que viviendo en una sociedad conservadora como la chuquisaqueña, don Matías y doña Eulalia hubiesen anhelado la llegada de otro varón para que perpetuase un apellido considerablemente noble, y también para que en su adultez pudiese sustituir al
padre en la administración de las propiedades familiares.

En aquella época, lo que resalta aún más la extraordinaria trayectoria de Juana, las mujeres estaban irremisiblemente condenadas al claustro monacal o al yugo hogareño.

De niña, Juana gozó en la vida de campo de libertades inusitadas para la época. Se crió con la robustez y la sabiduría de quien compartía las tareas rurales con los indios al servicio de su padre, a quienes observaba y escuchaba con curiosidad y respeto, hablándoles en el quechua aprendido de su madre y participando con unción de sus ceremonias religiosas.

En su vejez contaba que fue su padre quien le enseñó a cabalgar, incentivándola a hacerlo a galope lanzado, sin temor, y enseñándole a montar y a desmontar con la mayor agilidad. La llevaba además consigo en sus muchos viajes, aun en los más arduos y peligrosos, haciendo orgulloso alarde ante los demás de la fortaleza y de las capacidades de su hija.

Sin duda se consolaba por el varón que el destino le negara. Así iba cimentándose el cuerpo y el carácter de quien más tarde fuese una indómita caudilla. Vecinos de los Azurduy, en Toroca, eran los Padilla, también hacendados. Don Melchor Padilla era estrecho amigo del padre de Juana, y ellos y sus hijos se ayudaban en las tareas campestres y compartían las fiestas.

Pedro y Manuel Ascencio, forjados en la dura y saludable vida del campo, eran los jóvenes Padilla, y muy pronto entre Juana y Manuel Ascencio se despertó una fuerte corriente de simpatía. La intensa relación de Juana con su padre se acentuó aún más con el nacimiento de una hermana, Rosalía, quien capturó la mayor parte de los desvelos maternos, en tanto don Matías terminaba de convencerse de que jamás sería bendecido con un hijo varón.

Su juventud

Siguiendo con las costumbres de la época, terminada su infancia, Juana se trasladó a la ciudad para aprender la cartilla y el catecismo, lo que hacía sin duda a contrapelo de su espíritu casi salvaje, enamorado de la naturaleza, de los indígenas y del aire libre, pero que también le confirió la posibilidad de desarrollar su inteligencia notable y le aportó las nociones para organizar el pensamiento lúcido que siempre la caracterizó.

Marcada por un sino trágico que la perseguiría toda su vida y que la condenaría a la despiadada pérdida de sus seres más queridos, su madre muere súbitamente cuando Juana cuenta siete años sin que jamás pudiese enterarse de la causa misteriosa, por lo que su padre la llama nuevamente junto a él, al campo.

Pero esto tampoco duraría mucho porque don Matías, entreverado en un nuevo amor, muere también. Y muere violentamente, sospechándose que a mano de algún aristócrata peninsular que por su posición social pudo evadir el castigo. No es improbable que esta circunstancia de brutalidad y de injusticia, que la separó definitivamente de quien ella más amaba, haya teñido el inconsciente de Juana de un vigoroso anhelo de venganza contra la despótica arbitrariedad de los poderosos.

Juana Madre

Al principio la vida en común de los Padilla quizás no difirió demasiado de la de otros matrimonios criollos de buena posición económica y social. En 1806 nace su primer hijo, varón, a quien ponen el mismo nombre del padre: Manuel. Rápidamente nacerán Mariano y a continuación las dos niñas: Juliana y Mercedes.

Juana Azurduy siempre demostró un hondo sentimiento maternal y se preocupaba de que sus hijos crecieran sanos y fuertes, convencida de que una de sus misiones principales sería la de evitar que a ellos les sucediese lo que ella tuvo que sufrir cuando sus padres desaparecieron demasiado prematuramente.

Manuel, por su parte, cumple con el destino masculino de asegurar la manutención familiar y, de ser posible, progresar. Su ambición lo lleva a proponerse para un cargo en el gobierno de la ciudad de Chuquisaca, pero por ser criollo es postergado.

Solamente quienes ostentan un linaje español pueden llegar a las más altas posiciones. Los impuestos que pagan unos y otros son además fuentes de irritación por las diferencias. Y ni hablar de las tropelías y exacciones que deben sufrir quienes ocupan los más bajos estratos de la sociedad, los cholos y los indios.

Manuel Ascencio y Juana conversan, cuando sus niños ya están dormidos, en la serenidad de su alcoba, y la indignación les crece al unísono, convencidos de que sus herederos deberían crecer en un mundo más justo y que ellos deberían hacer algo para que así fuese.

Vientos de Libertad

En América del Norte, sus habitantes lograron independizarse de una potencia más poderosa que España, y ya se dieron un país propio. El le cuenta a ella aquello que sus amigos universitarios le cuentan a él, que en el mundo se agitan vientos de cambio, que el rey de Francia ha sido guillotinado por quienes desean imponer principios de igualdad, libertad, y fraternidad, que a Chuquisaca han llegado libros como la Enciclopedia y las obras de Rousseau que despiertan el entusiasmo de los universitarios.

Es de imaginar que, décadas más tarde, en su vejez de miseria y soledad, Juana Azurduy muchas veces se habrá preguntado si habrá valido la pena tanto esfuerzo, tanto sacrificio, tanto dolor. Si no hubiera sido mejor seguir el camino de las otras damas chuquisaqueñas, aceptando con resignación lo que el destino les deparaba, no cuestionando la forma en que la sociedad se organizaba y gozando de aquellas prerrogativas que ésta les adjudicaba a la sombra de los godos.

Es de temer que no pocas de esas veces Juana se haya respondido que no, que no valía la pena, sobre todo porque ni siquiera había obtenido el reconocimiento de sus contemporáneos.

Quienes la conocieron ya anciana, como el historiador Gabriel René Moreno, que transcurrió su infancia en Chuquisaca, relata que con alguno de sus amigos se les ocurrió que esa Juana Azurduy de la cual se contaban hazañas podía ser la viejecita del mismo nombre que habitaba sola y pobre una vivienda en el barrio de Coripata.

También cuenta que a pesar de que los niños le tiraban la lengua para que hablara sobre los hechos de la independencia, casi nada salió de su boca y que transcurría largas horas en silencio, pensativa, recordando y evocando a tantos seres queridos, teniendo siempre a su lado una cajita en la que guardaba sus tesoros más preciados: las comunicaciones de Belgrano nombrándola teniente coronela y algunas oxidadas condecoraciones.

 

«El español no pasará, con mujeres tendrá que pelear»

Su muerte

Por fin la muerte se apiadó de doña Juana y decidió llevársela. Por ese entonces vivía sólo acompañada por un niño desvalido, Indalecio Sandi,  hijo natural de un pariente lejano, quien simbolizó, aun en su desamparo postrero, su hondísimo amor por los más necesitados.

Murió, como no podía ser de otra manera, un 25 de Mayo, tenía 81 años. Y esto, un postrer homenaje de la Historia, también fue, una vez más, motivo para el desaire de sus contemporáneos, ya que cuando el niño Sandi se dirigió a las autoridades chuquisaqueñas reclamando las honras fúnebres que le hubieran correspondido por su rango, el mayor de plaza, un tal Joaquín Taborga, le respondió que nada se haría, pues estaban todos ocupados en la conmemoración de la fecha patria.

Nadie, salvo el niño y quizás un cura, acompañó los restos de la gran Juana Azurduy, y éstos fueron depositados en una fosa común.

«Se sepultó en el panteón general de esta ciudad en fábrica de un peso», dice la partida de defunción. Es decir, que su muerte sólo mereció una oración, y su costo fue de un peso… 

Muchos años más tarde, cuando quiso rendírsele el postergado homenaje que merecía, hízose cavar en el lugar que Indalecio Sandi, casi anciano ya, señaló como el de la probable sepultura de doña Juana, y algunos huesos que entonces se rescataron fueron considerados simbólicamente como pertenecientes a la gran guerrera.

Esto escribía Juana Azurduy ocho años después de la muerte de su marido derrotado por los realistas:

«A las muy honorables Juntas Provinciales: Doña Juana Azurduy, coronada con el grado de Teniente Coronel por el Supremo Poder Ejecutivo Nacional, emigrada de las provincias de Charcas, me presento y digo: Que para concitar la compasión de V.H. y llamar vuestra atención sobre mi deplorable y lastimera suerte, juzgo inútil recorrer mi historia en el curso de la Revolución. Aunque
animada de noble orgullo tampoco recordaré haber empuñado la espada en defensa de tan justa causa. La satisfacción de haber triunfado de los enemigos, más de una vez deshecho sus victoriosas y poderosas huestes, ha saciado mi ambición y compensado con usura mis fatigas; pero no puedo omitir el suplicar a V.H. se fije en que el origen de mis males y de la miseria en que fluctúo es mi
ciega adhesión al sistema patrio (…) Después del fatal contraste en que perdí a mi marido y quedé sin los elementos necesarios para proseguir la guerra, renuncié a los indultos y a las generosas invitaciones con que se empeñó en atraerme el enemigo».

Y continúa:

«Abandoné mi domicilio y me expuse a buscar mi sepulcro en país desconocido, sólo por no ser testigo de la humillación de mi patria», ya que mis esfuerzos no podían acudir a salvarla. En este estado he pasado más de ocho años, y los más de los días sin más alimento que la esperanza de restituirme a mi país (…). Desnuda de todo arbitrio, sin relaciones ni influjo, en esta ciudad no hallo medio de proporcionarme los útiles y viáticos precisos para restituirme a mi casa (…). Si V.H. no se conduele de la viuda de un ciudadano que murió en servicio de la causa mejor, y de una pobre mujer, que, a pesar de su insuficiencia, trabajó con suceso en ella …».

Juana en batalla

Juana avanzaba casi en línea recta, rodeada por sus feroces amazonas, descargando su sable a diestra y siniestra, matando e hiriendo. Cuando llegó a donde quería llegar, junto al abanderado de las fuerzas enemigas, sudorosa y sangrante, lo atravesó con un vigoroso envión de su sable, lo derribó de su caballo y estirándose hacia el suelo aferrada del pomo de su montura conquistó la enseña del Reino de España que llevaba los lauros de los triunfos realistas en Puno, Cuzco, Arequipa y La Paz.

La batalla duró un rato más hasta que los godos se retiraron dejando en el campo quince muertos, veinte heridos y todo su equipamiento bélico, bajas que aumentaron con la persecución ordenada por Padilla.

-¡Mueran los godos, viva el coronel Padilla!- gritó Juana Azurduy.

Su aspecto era impresionante, sobre el caballo caracoleante y teñido de sudor blancuzco, su brazo en alto blandiendo triunfalmente la bandera, su chaqueta azul agrisada por el polvo y salpicada de sangre propia y ajena, flanqueada por sus partidarios que la vitoreaban emocionados y eufóricos.

El deán Funes en su «Historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata» relata dicha batalla:

«Aquí los esperaba Padilla que había confiado la defensa de varios puestos a sus Capitanes, uno de ellos, que le parecerá al lector algo raro, al mando de su esposa, mujer extraordinaria, Doña Juana Asurdui (sic). El enemigo fue completamente rechazado después de haber dado furioso ataque; y esta mujer heroica tuvo la satisfacción de presentar a su esposo la bandera enemiga tomada con sus propias manos».

Esta acción mereció el oficio que Belgrano dirigiese a Juan Martín de Pueyrredón, entonces director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Este oficio es puesto en conocimiento de doña Juana por una comunicación de Belgrano con fecha del 26 de octubre de 1916 dirigida:

«A la Señora Teniente Coronel Doña Juana Azurduy»: «En testimonio de la gran satisfacción que han merecido de nuestro Supremo Gobierno las acciones heroicas nada comunes a su sexo, con que U. há (sic) probado su adhesión a la santa causa que defendemos, le dirije (sic) por mi conducto el Despacho de Teniente Coronel: doy a Ud. por mi parte los plásemes (sic) más sinceros y espero que serán un nuevo estímulo para que redoblando sus esfuerzos sirva U. de un modelo enérgico a cuantos militan bajo los estandartes de la Nación. Dios guíe a U. muchos años. -Tucumán a 23 de octubre de 1816. – Manuel Belgrano».

 

Fuente:  http://userpage.fu-berlin.de/vazquez/vazquez/