A 54 años de la noche más vergonzosa de la historia académica argentina

El 29 de julio de 1966, la vergüenza ingresó a los claustros del país. El Gobierno del general Onganía ordenó desalojar y desmantelar varias facultades del país debido a la oposición, tanto del personal como de sus estudiantes, a las medidas políticas de su gobierno.

Onganía había derrocado al presidente Arturo Illia en 1966, gobernando hasta 1970. Su mandato se dio en llamar ‘Revolución Argentina’. Una de sus primeras medidas fue tratar de acabar con la autonomía universitaria. El gobierno de facto consideraba que toda institución educativa debía estar dirigida por el Gobierno.

Las universidades públicas argentinas estaban organizadas de acuerdo a los principios de la Reforma Universitaria, que establecían la autonomía universitaria del poder político y el co-gobierno tripartito de estudiantes, docentes y graduados. Estudiantes y docentes universitarios organizaron manifestaciones en las distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires mostrando su desaprobación ante las medidas adoptadas por la dictadura.

No recuerda este autor los hechos acontecidos ya que lejos estaba por entonces de llegar a la decena de años. Pero sí le fueron contadas de primera mano las atrocidades cometidas, al tener familiares que sí concurrían a distintas Universidades. La Policía Federal Argentina tenía órdenes de reprimir duramente las protestas. La represión fue particularmente violenta en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales y de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Por estos hechos se llamó La noche bastones largos a lo sucedido, ya que los policías usaban sus largos bastones para golpear con dureza a las autoridades universitarias, los estudiantes, los profesores y los graduados, cuando los hicieron pasar por una doble fila al salir de los edificios, luego de ser detenidos.

Rolando García, el decano, ante la irrupción de los uniformados, se acerca al oficial al mando y le dice: ¿Cómo se atreve a cometer este atropello? Todavía soy el decano de esta casa de estudios”. Un custodio le golpeó entonces la cabeza con su bastón. El decano se levantó con su cara ensangrentada y repitió la pregunta. Como toda respuesta recibió un nuevo golpe del policía. Fueron detenidas en total 400 personas y destruidos laboratorios y bibliotecas universitarias.

 Carta de Warren Ambrose al New York Times

El 30 de julio de 1966 se publicó en el periódico The New York Times una carta al editor enviada por Warren Ambrose. Ambrose era profesor de matemáticas en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y en la Universidad de Buenos Aires. Fue testigo y víctima del ingreso violento de fuerzas policiales a la Facultad de Ciencias Exactas, durante la Noche de los Bastones Largos. Aquí reproducimos dos párrafos de la carta publicada.

“Entonces entró la policía. Me han dicho que tuvieron que forzar las puertas, pero lo primero que escuche fueron bombas que resultaron ser gases lacrimógenos. Luego llegaron soldados que nos ordenaron, a gritos, pasar a una de las aulas grandes, donde se nos hizo permanecer de pie, contra la pared, rodeados por soldados con pistolas, todos gritando brutalmente (evidentemente estimulados por lo que estaban haciendo –se diría que estaban emocionalmente preparados para ejercer violencia sobre nosotros-). Luego, a los alaridos, nos agarraron a uno por uno y nos empujaron hacia la salida del edificio. Pero nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de 10 pies entre sí, que nos pegaban con palos o culatas de rifles, y que nos pateaban rudamente, en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar. Nos mantuvieron incluso a suficiente distancia uno del otro de modo que cada soldado pudiera golpear a cada uno de nosotros. Debo agregar que los soldados pegaron tan duramente como les era posible y yo (como todos los demás) fui golpeado en la cabeza, en el cuerpo, y en donde pudieran alcanzarme. Esta humillación fue sufrida por todos nosotros -mujeres, profesores distinguidos, el decano y el vice-decano de la Facultad, auxiliares docentes y estudiantes-. Hoy tengo el cuerpo dolorido por los golpes recibidos, pero otros, menos afortunados que yo, han sido seriamente lastimados.

No tengo conocimiento de que se haya ofrecido ninguna explicación por este comportamiento. Parece simplemente reflejar el odio del actual gobierno por los universitarios, odio para mí incomprensible, ya que a mi juicio constituyen un magnífico grupo, que han estado tratando de construir una atmósfera universitaria similar a la de las universidades norteamericanas. Esta conducta del gobierno, a mi juicio, va a retrasar seriamente el desarrollo del país, por muchas razones, entre las que se encuentra el hecho de que muchos de los mejores profesores se van a ir del país.”

Emigración de profesores e investigadores

En los meses siguientes cientos de profesores fueron despedidos, renunciaron a sus cátedras o abandonaron el país. En total emigraron 301 profesores universitarios; de ellos 215 eran científicos; 166 se insertaron en universidades latinoamericanas, básicamente en Chile y Venezuela; otros 94 se fueron a universidades de Estados Unidos, Canadá y Puerto Rico; los 41 restantes se instalaron en Europa.

En algunos casos equipos completos fueron desmantelados. Es lo que sucedió  con Clementina, la primera computadora de América Latina, que había sido construida por Ferranti (del Reino Unido). Renunciaron y emigraron los 70 miembros del Instituto de Cálculo de Ciencias Exactas, donde era operada. ​Lo mismo sucedió con el Instituto de Radiación Cósmica, que fue desmantelado.

Concluía así un período magnífico en la historia de la universidad argentina, período que fuera luego conocido como la “época de oro”, signado por la libertad académica, la modernización y el contacto entre la universidad y la sociedad.

Igualmente el movimiento estudiantil continuó luchando contra la dictadura y junto con obreros y empleados contribuiría de forma decisiva a la caída de Onganía, algunos años después.