El 16 de septiembre fue declarado día de los derechos de los estudiantes secundarios en conmemoración de la noche de los lápices. Pero no fue por lo que dicen, no fue por el boleto, querían cambiar el mundo. 

En la primera mitad de los setenta la politización de los sectores medios fue un rasgo característico que caracterizó a la Argentina de esa década. La clase obrera era la que luchaba ante la proscripción del peronismo, y a ellos se les une la juventud estudiantil. Esto implicó una renovación en los repertorios de la acción colectiva y transformó el escenario.

La mayoría de los nuevos agrupamientos tuvieron un ideario emancipador que proponía la construcción de una sociedad radicalmente diferente. La desaparición de las desigualdades e injusticias sociales fue el punto que unió a la mayoría, junto con la reivindicación de la liberación nacional y la lucha contra el imperialismo. 

Las escuelas secundarias y las universidades no estuvieron ajenas a este proceso, sino que fueron espacios donde se desarrolló una intensa actividad. La toma de edificios, las asambleas, volanteadas y pintadas sucedían a diario en los establecimientos educativos más movilizados. Los reclamos variaron desde cuestiones más puntuales hasta demandas más generalizadas.

Las marchas por el boleto escolar secundario (BES) se dieron en este contexto de alta conflictividad social y política, y creciente violencia. Durante septiembre de 1975, en La Plata y otras ciudades se realizaron movilizaciones donde participó gran cantidad de jóvenes. 

Fue en la capital de la provincia donde, a partir del reclamo, se logró una tarifa diferencial para los secundarios.   Sin embargo, ésta no fue la única actividad política de los militantes secundarios. Tampoco la única movilización ocurrida en ese momento, a pesar de que la fuerte represión se hacía sentir en la ciudad dramáticamente desde hacía tiempo. 

 la CONADEP denuncia la matanza.

Años después la CONADEP denuncia la matanza.

El golpe del 24 de marzo de 1976 significó la agudización de esta tendencia. El plan represivo se extendió a todo el territorio, y los secuestros y desapariciones se multiplicaron al compás de la proliferación de los centros clandestinos de detención y tortura. 

Allí, Pablo Díaz, Emilce Moler, Patricia Miranda, María Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Francisco López Muntaner, Daniel Racero, Horacio Ungaro y Claudio de Acha fueron secuestrados y torturados entre el 16 y el 21 de setiembre. Los tres primeros lograron sobrevivir. También lo hace Gustavo Calotti a quien habían secuestrado una semana antes que sus compañeros.

La mayoría de ellos integraba la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), una organización de acción política de Montoneros. Todos pertenecían a ella, aunque Díaz había virado de la UES a la Juventud Guevarista.

Los jóvenes no desplegaban su militancia más que en centros de estudiantes y entre sus pares de los colegios secundarios o, a lo sumo, participaban de tareas de alfabetización en barrios pobres. No eran temibles, ni enemigos armados. La historia de su secuestro, tortura y reclusión en distintos campos de detención fue difundida en el juicio a las juntas militares en 1985, por Pablo Díaz y luego por Emilce Moler.

Muchos de los estudiantes continúan desaparecidos. Cada aniversario se le consulta al Equipo Argentino de Antropología Forense, y la respuesta es siempre la misma: no existen aún pistas sobre el destino de sus cuerpos.

Los asesinos guardan silencio. En los “Juicios por la Verdad” que se realizaron en La Plata, los nombres de los represores señalan, entre ellos, a Miguel Etchecolatz, a Valentín Pretti, alias “Saracho”, y al ex cabo de la Bonaerense Roberto Grillo. Ellos tenían el secreto del destino de los adolescentes.

Estos excrementos humanos viven o han vivido sufriendo pesadillas y con miedo a ser castigados, pero ni aún así confesaron el destino de los estudiantes, como es el caso de Roberto Grillo, fallecido en 2005. 

La noche de los lápices - la película

La noche de los lápices – la película

Los familiares de Ungaro , participaron de una reunión confidencial con Grillo donde les confesó: “Yo los tuve que quemar, hacer cenizas, pero no los maté, ya estaban muertos después no pude volver a comer carne nunca más”.

Ana Rita, hija de Valentín Pretti, pidió a la Justicia en 2005 cambiarse el apellido y usar el de su madre, Vagliatti. “No quiero nada de ese hombre, quiero borrar de mi historia ese apellido siniestro”. El torturador le había confesado haber participado en el secuestro y asesinato de los jóvenes. “Me dijo que los tuvieron que matar”, contó.

El silencio, el pacto de sangre, y la locura van más allá del castigo al que temen los represores. Es realmente trascendental conocer el destino final de esos casi niños. Es una deuda que se les debe a sus familiares y a la sociedad toda. Y mientras esa deuda no sea saldada, los lápices seguirán escribiendo.

Fuente: Comisión Provincial por la Memoria

 

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