Durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento surgió la iniciativa de transformar los terrenos de Palermo que habían pertenecido a Rosas en un parque de recreación para los porteños donde se prohibiera edificar. Así nació el Parque 3 de Febrero. El nombre lo propuso Vicente López y Planes, y evoca la fecha en que se libró la batalla de Caseros, aquella que obligó a Rosas a exiliarse y abandonar los terrenos de Palermo.

La intención de Sarmiento era inaugurarlo el 12 de octubre de 1874, último día de su mandato. Pero las obras se demoraron y no hubo más remedio que postergar el acto hasta el año siguiente, ya iniciada la presidencia de quien había sido su ministro de Educación, Nicolás Avellaneda.

El jueves 11 de noviembre de 1875 fue el día estipulado para la demorada inauguración. Pero en medio de los preparativos tuvo lugar una disputa insólita. Sarmiento quería simbolizar el nacimiento del parque plantando él mismo un arrayán que había encargado traer desde Chile. El presidente Avellaneda, en cambio, sostenía que sería él quien tomaría la pala de plata hecha para la ocasión y que el árbol debía ser una magnolia que había elegido la primera dama, Carmen Nóbrega de Avellaneda.

Ninguno de los dos cedía su posición. Sarmiento –que presidía la Comisión del Parque– aceptaba no ser el plantador, pero explicaba que había que llenar la ciudad de arrayanes, no de magnolias. Avellaneda argumentaba que tenía preparado su discurso con una alegoría acerca de las magnolias y su relación con las primeras habitantes de estos pagos: «Magnolia americana del bosque primitivo –decía–, con su blanca flor salvaje que pueblos numerosos de América enredaban en el suelto cabello de sus jóvenes mujeres como símbolo de pureza…»

Domingo Faustino insistía: «La magnolia desaparecerá en poco tiempo. Necesitamos un árbol perdurable para que las generaciones futuras digan: Éste es el pino que plantó el presidente Avellaneda» . El duelo de los dos testarudos –uno sanjuanino y el otro tucumano– continuó hasta pocas horas antes de la inauguración. Aquella mañana, ante 30.000 concurrentes, Avellaneda plantó la magnolia. La pala que utilizó se conserva en la oficina del director de Espacios Verdes del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

La ceremonia arrancó con las palabras del sanjuanino, que dijo: «¡Aquí el brazo argentino triunfó!», para que quedara claro que Rosas, veinte años después, seguía al tope de la lista de los vencidos.

Cuando terminó su elocuente discurso, Sarmiento invitó al presidente Avellaneda a realizar el acto simbólico. Con una mirada fulminante, le dijo: «En nombre de la comisión popular que presido, os ruego que plante un… arbolillo en conmemoración de este día». La palabra arbolillo quedó retumbando en el aire. Avellaneda arrancó diciendo: «Queda plantado por mis manos un… ¡árbol! en conmemoración de esta fiesta». La palabra árbol también quedó retumbando.

Hoy, la magnolia de Avellaneda se mantiene en pie. El arrayán, en cambio, no alcanzó los 137 años.

 

Fuente: Daniel balmaceda