El presidente argentino Alberto Fernández declaró el 2020 como el año del General Manuel Belgrano, en homenaje al prócer por los 250 años del nacimiento y 200 de su muerte.

Su nombre completo era Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, así lo bautizó el canónigo Juan Baltazar Maciel al día siguiente de llegar al mundo. Fue militar, politico, intelectual, economista, un gran promotor de la educación y un autentico libre pensador obsesionado en alcanzar para la nación la soberanía tan preciada.

Vivió 50 años y unos pocos días más, del 3 de junio de 1770 al 20 de junio de 1820, lapso que le bastó para transformarse en en una de las figuras más importantes de la República Argentina que dejó en gestación.

 

Su familia

El Padre

Don Domingo Francisco Belgrano Peri nació en Oneglia, pequeño pueblo de Liguria, Italia. Fueron sus padres Carlos Félix Belgrano y María Gentile Peri. Sus antepasados se habían destacado desempeñando funciones públicas al servicio de la República de Génova y de los duques de Saboya.

Siendo muy joven se trasladó a Cádiz, pasando luego al Río de la Plata. Llegó a Buenos Aires en 1750 y se dedicó al comercio, logrando conseguir una posición económica sólida. El 4 de noviembre de 1757 se casó en la Iglesia de la Merced con Doña María Josefa González Casero, joven porteña proveniente de una destacada familia.

Domingo Belgrano Peri castellanizó su apellido en Belgrano Pérez. Fue un próspero comerciante que manejaba el circuito comercial del Virreinato del Río de la Plata, y el que lo conectaba con la Metrópoli (España), Río de Janeiro (Brasil) e Inglaterra.

Mantuvo vinculaciones con importantes funcionarios de la Península. Obtuvo carta de naturalización en 1769. El gobernador Vértiz lo nombró capitán en 1772 en atención a su mérito, celo y conducta. En 1778 ingresó en la administración de la Aduana de Buenos Aires. En 1781 fue designado regidor, alférez real y síndico procurador general del Cabildo de Buenos Aires.

Figuró entre los comerciantes que se empeñaron en conseguir el establecimiento del Consulado en Buenos Aires. Don Domingo Belgrano Pérez falleció el 24 de septiembre de 1795 en la ciudad de Buenos Aires. En su testamento pidió ser sepultado en la Iglesia de Santo Domingo, siendo amortajado con el hábito de esta orden ya que era hermano de la misma, en la que había alcanzado el cargo de prior.

La Madre

Doña María Josefa González Casero nació en Buenos Aires. Su padre, Juan Manuel González Islas, abandonó Santiago del Estero para radicarse en Buenos Aires, donde contrajo enlace el 2 de abril de 1741 con Inés Casero. De este matrimonio nació dos años después, María Josefa González Islas y Casero, futura madre del prócer.

Doña María Josefa, quien pertenecía a una distinguida familia de Buenos Aires, contrajo matrimonio con Don Domingo Belgrano Peri el 4 de noviembre de 1757 en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced. Tuvieron una numerosa descendencia.

Doña María Josefa González Casero era una señora caritativa y piadosa, y sus parientes habían fundado el Colegio de Huérfanas de San Miguel.

En su testamento pide ser sepultada en la Iglesia de Santo Domingo, de cuya Orden es tercera. Falleció en Buenos Aires el 1 de agosto de 1799.

Los Hermanos

Según figura en el testamento de su padre Domingo Belgrano Pérez, luego ratificado por su madre María Josefa González Casero en su propio testamento, se mencionan doce hijos, a saber: Carlos José, José Gregorio, Domingo Estanislao, Manuel, Francisco, Joaquín, Miguel, Agustín, María Josefa, María del Rosario, Juana, Juana Francisca Buenaventura, y Julián Vicente Gregorio Espinosa, hijo legítimo de su finada hija María Florencia, quien fuera mujer legítima de Julián Gregorio Espinosa, también difunto.

En ambos testamentos se mencionan solamente a los hijos vivos en esos momentos y a la hija fallecida pero con descendencia. Trece hijos es la cantidad que citan los primeros investigadores que se ocuparon del tema, entre ellos Crollalanza, Mario Belgrano, y Ovidio Giménez. Bartolomé Mitre cita sólo once. En la monografía de Raúl Molina se mencionan catorce, con datos biográficos de la mayor parte de ellos.

Virgilio L. Martínez de Sucre fue el primero en dar a conocer los nombres completos de los dieciséis hijos que tuvo el matrimonio Belgrano Pérez –González Casero, incluyendo la fecha de bautismo de ellos, efectuados en su totalidad en la Iglesia Catedral de Buenos Aires.

Adolfo Enrique Rodríguez dio a conocer además las fechas de nacimiento y el número y folio de los libros, que fueron archivados en la Iglesia de la Merced de los correspondientes bautismos. En un trabajo posterior Pablo Haas amplía aún más la información, dando a conocer los nombres de los correspondientes padrinos.

Uno de sus hermanos el Doctor Domingo Estanislao Belgrano Pérez fue sacerdote, mientras otros, tales como Carlos José, José Gregorio y Francisco tuvieron una destacada actuación militar en la gesta de la Revolución e Independencia de nuestro país.

Los Hijos

Belgrano en su testamento expresa que no tiene ascendientes ni descendientes, cuando en realidad dejaba en este mundo, un niño de siete años, llamado Pedro Pablo y una criatura de un año de edad que tenía por nombre Manuela Mónica del Corazón de Jesús.

¿Por qué el prócer oculta, al redactar su última voluntad, la existencia de sus hijos?

La respuesta la podemos encontrar, por un lado en la vida azarosa y sacrificada que llevó Belgrano al servicio de la patria, recorriendo los caminos del país al frente de ejércitos para lo que no había sido formado, pues el viajó a los 16 años a España, estudiando derecho en las universidades de Salamanca y Valladolid, graduándose de abogado; regresando luego a Buenos Aires como Secretario del flamante consulado recién creado en el Virreinato del Río de la Plata, en que tuvo un desempeño destacadísimo durante quince años que se reflejó, en las Memorias Anuales que redactó.

Pero su formación religiosa y liberal, entonces denominada fisiocrática, lo llevaron a constituirse en el orientador del pensamiento de los hombres de mayo, formar parte de la Primera Junta de gobierno y luego ser puesto al frente primero del Ejército al Paraguay y luego del Alto Perú.

Luego de su regreso de España, en 1802, conoció en un sarao que se realizó en la casa de la familia de Mariano Altolaguirre, a una porteña muy bien parecida, de 18 años llamada María Josefa Ezcurra, de la que se enamoró, iniciando un noviazgo con la misma.

El padre de la señorita, Juan Ignacio Ezcurra, no aprobó dicho idilio, con el argumento de que el padre de Belgrano había sido un comerciante muy rico, pero por contingencias de la vida y de los negocios, se vió menguado su patrimonio.

Dentro de esa concepción especulativa, obligó a casarse a su hija con un primo venido de la ciudad Pamplona, España, que instaló en Buenos Aires un próspero negocio de venta de paños.

El matrimonio no fue muy armonioso y al producirse el movimiento emancipador en mayo de 1810, el marido de María Josefa se pronunció por la causa del rey y viajó a Cádiz, España, dejando a su esposa en Buenos Aires, reanudándose el idilio con Belgrano.

Cuando nuestro prócer fue nombrado Comandante del Ejército del Alto Perú en 1812, María Josefa Ezcurra viajó a Jujuy en mensajería y tras 50 días llegó a Jujuy donde se reunió con el hombre que amaba. Participó junto a él en el Éxodo Jujeño y presenció la batalla de Tucumán, quedando embarazada y dando lugar al nacimiento de Pedro Pablo Rosas y Belgrano.

La hija menor de nuestro héroe, Manuela Mónica Belgrano, fue fruto de un idilio de Belgrano en Tucumán, durante su segundo comando del Ejército del Norte, con una joven tucumana llamada Dolores Helguero.

Suponemos que el hecho de que el nacimiento de ambos niños, no respetara las rigurosas normas éticas de la época y para no poner en evidencia a las madres, motivó la declaración testamentaria expresada, que no dejaba descendientes.

No obstante, Belgrano, antes de morir, instruyó a su hermano el Canónigo Joaquín Eulogio Estanislao Belgrano, a quien nombró su heredero y albacea, para que su familia velara por el futuro de su hija y le asignara en el futuro filiación.

Juventud

Formación Intelectual

En Buenos Aires cursa las primeras letras. Alumno del Real Colegio de San Carlos, recibe lecciones de latín, filosofía, lógica, física, metafísica y literatura Antes de cumplir los 16 años, sus padres deciden que complete sus estudios en España, a donde viaja en compañía de su hermano Francisco.

Manuel Belgrano estudia en la Universidad de Salamanca. Se gradúa de bachiller en leyes en Valladolid a principios de 1789 y el 31 de enero como abogado. Pero según su Autobiografía, nos expresa:

“Confieso que mi aplicación no la contraje tanto a la carrera que había ido a emprender, como al estudio de los idiomas vivos, de la economía política y al derecho público, y que en los primeros momentos en que tuve la suerte de encontrar hombres amantes al bien público que me manifestaron sus útiles ideas, se apoderó de mí el deseo de propender cuanto pudiese al provecho general, y adquirir renombre con mis trabajos hacia tan importante objeto, dirigiéndolos particularmente a favor de la patria.”

En España como en el resto de Europa se vivía el auge de los estudios sobre economía política y Manuel Belgrano se vincula con sociedades económicas y destacadas personalidades en esa materia. Va a sufrir la influencia de la Ilustración Española, que se diferencia de la francesa, ya que no deja de lado la religión y respeta la figura del monarca.

Llega a presidente de la Academia de práctica forense y economía política en Salamanca y durante su permanencia en Madrid es miembro de la Academia de Santa Bárbara, del mismo género.

La Revolución Francesa que lo sorprende en España, ha causado también, por su magnitud política y social, una profunda impresión en el espíritu de Belgrano quien nos lo recuerda así:

“se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, propiedad y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre, fuese donde fuese, no disfrutase de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido, y aún las mismas sociedades habían acordado en su
establecimiento directa o indirectamente”.

Secretario Perpetuo del Real Consulado de Buenos Aires

El 6 de diciembre de 1793, Belgrano recibe una comunicación oficial, anunciándole que ha sido nombrado Secretario Perpetuo del Consulado que se ha de erigir en Buenos Aires; además, se le consulta acerca de los posibles candidatos a nivel de sus conocimientos para ocupar esas funciones en otros puntos de América.

Llega a Buenos Aires el 7 de mayo de 1794, dispuesto a consagrarse plenamente a sus obligaciones, satisfecho porque se le otorgaba la posibilidad de aplicar adecuadamente sus principios liberales; los más adelantados de su época, comprender la realidad de la colonia y propender a su transformación tomando las “providencias acertadas para su felicidad”.

En efecto, al Consulado que celebra su primera sesión el día 2 de junio de ese año, se le concede
jurisdicción mercantil, a la par que carácter de junta económica, para el fomento de la agricultura, industria y comercio. Y entre las atribuciones del Secretario figura la de “escribir cada año una memoria sobre los objetos propios de su instituto”.

Belgrano despliega entonces una incansable actividad, con objetivos tan amplios como las necesidades manifiestas de los habitantes. Mejorar la situación general del Virreinato (que comprendía las actuales
repúblicas: Argentina, Bolivia (Alto Perú), Uruguay (Banda Oriental), Paraguay, parte de
Chile y sur del Brasil), lo lleva a abarcar constantemente las más diversas iniciativas.

Así por  ejemplo: tratar de reformar los abusos del comercio exterior y fomentar el interno, reduciendo
las exacciones que gravaban al mismo, facilitando la navegación fluvial o insistiendo en la
construcción de nuevos caminos como los de Catamarca y Córdoba, Tucumán y Santiago del Estero, San Luis y Mendoza, incluso, los que franquean las comunicaciones entre Buenos Aires y Chile.

Para ello, sabe auxiliarse de estudiosos y organizar viajes de reconocimiento en las diferentes zonas, interesándose sobremanera de los nativos allí establecidos, su forma de vida, sus cultivos y las ventajas de su integración al comercio interno. Su especial interés por el fomento de la agricultura se aprecia a través de sus palabras:

“En todos los pueblos […] la agricultura ha sido la delicia de los
grandes hombres, y aún la misma naturaleza parece que se ha
complacido y complace en que los hombres se destinen a ella […] Dios
ha prescripto a la naturaleza, no tiene otro objeto que la renovación
sucesiva de las producciones necesarias a nuestra existencia”.

En la tercera Memoria de mediados de 1796, por ejemplo, realiza un estudio económico profundo, con objetivos amplios e ideas que van más allá de su época. La tituló “Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria, proteger el comercio en un país agricultor”.

En este documento sintetiza un vasto programa económico de fomento de la agricultura, del comercio libre y desarrollo y protección de la industria manufacturera. Pone de manifiesto las ventajas de un estudio experimental del suelo, la rotación de cultivos, la selección de granos, además de propiciar la creación de una Escuela Práctica de Agricultura y otra de Comercio. 

Su profundo idealismo, su maduración en el estudio del espíritu humano, lo llevan también a una sabia consideración de las necesidades de los habitantes de la campaña:

“Esos miserables ranchos donde se ven multitud de criaturas, que
llegan a la edad de la pubertad, sin haberse ejercitado en otra cosa que
en la ociosidad, deben ser atendidos hasta el último punto. Uno de los
principales medios que se deben adoptar a este fin son las escuelas
gratuitas, a donde puedan los infelices mandar sus hijos, sin tener que
pagar cosa alguna por su instrucción: allí se les podrán dictar buenas
máximas, e inspirarles amor al trabajo, pues en un pueblo donde reine
la ociosidad, decae el comercio y toma su lugar la miseria”.

Y cuánto de precursoras tienen sus palabras al referirse a la educación de las mujeres:

“Igualmente se deben poner escuelas gratuitas para las niñas, donde se les enseñará la doctrina cristiana, a leer, escribir, coser, bordar etc. y principalmente inspirarles amor al trabajo, para separarlas de la ociosidad, tan perjudicial, o más en las mujeres que en los hombres”.

Brega así, por la creación de escuelas de primeras letras en la ciudad y villas de campaña para niños de ambos sexos; todo ello, cuando en la colonia del Río de la Plata existe tan sólo una, costeada por la Corona.

Más aún, desde su cargo de Secretario se advierten además los esfuerzos constantes por lograr el establecimiento de una Escuela de Náutica, cuyo reglamento elabora, otra Academia de Dibujo, Arquitectura y Perspectiva.

Luego, Belgrano propone premios generales a los trabajos agrícolas, a la industria y al estudio; llegando a conceder, por ejemplo, a quien logra los medios adecuados para arborizar jurisdicciones en la capital con plantaciones útiles, introducir un nuevo cultivo provechoso, aguadas permanentes en la campaña, preservar los cueros de la polilla, o realizar un estudio minucioso del estado de la población de cada provincia del Virreinato, distinguiendo clases, ocupaciones, industrias, cultivos etc.

Casi ninguna de las actividades económicas queda excluida en las siete de las dieciséis memorias que se conservan como Secretario del Consulado. Inclusive, propuso establecer una compañía de seguros marítimos y terrestres que beneficiaría tanto a aseguradores como a asegurados.

Esta inteligente iniciativa halló de inmediato eco favorable. Se formó una asociación aseguradora llamada “La Confianza”, para cuya estructura se tomó como modelo la de las empresas inglesas contemporáneas.

Es de destacar también aquel noble gesto del prócer hacia las niñas huérfanas del Colegio de San Miguel, destinando premios de 30 (treinta) y 40 (cuarenta) pesos fuertes a las que presentaran una libra de algodón hilado (2).

Belgrano y las Invasiones Inglesas

A fines del siglo XVIII, en conflictos europeos, se enfrentan Francia e Inglaterra y se ve arrastrada España aliada, en silencio, de la primera. Su repercusión en el Río de la Plata desencadenará, poco después, una serie de acontecimientos decisivos para la historia de la Patria que, además de afectar sensiblemente el sistema colonial hispano, darán a nuestro pueblo la primera oportunidad de manifestar su soberanía. Entonces, Manuel Belgrano hace sus primeros ensayos militares.

Las colonias del Río de la Plata se hallaban amenazadas por la posible invasión de una potencia extranjera; se temía especialmente una agresión portuguesa o británica, naciones entonces aliadas.

En previsión de tales hechos y obedeciendo órdenes expresas de la Corona, el Virrey Melo de Portugal y Villena, toma las medidas defensivas pertinentes, entre ellas, la designación de Belgrano como Capitán de Milicias Urbanas de Infantería, el 7 de marzo de 1797.

Por el momento, ese será un empleo honorífico, ya que aún no tendrá posibilidad de una actuación directa.

Pero apenas iniciado el siglo XIX, la ruptura de España con Gran Bretaña es inminente y esta última, ante la necesidad de mercados exteriores, se lanza en expediciones armadas hacia la América española, para abrir nuevas plazas al comercio inglés.

La Corte de España, conociendo el peligro en que se hallan sus posesiones ultramarinas, ordena la organización de la defensa, aunque el Plata, en todo caso, carece de tropas veteranas en número suficiente.

Cuando a principios de junio de 1806, el vigía de Maldonado avista la presencia de naves enemigas, el entonces Virrey Marqués de Sobremonte, reconcentra en la Banda Oriental las tropas regulares y en la Capital sólo toma medidas con relación a las milicias.

Así, el día 9 de aquel mes y año, Belgrano es designado capitán graduado agregado al Batallón de Milicias
urbanas de Buenos Aires. Se le ordena la formación de una compañía de caballería con jóvenes del comercio, y se le indica además que, al efecto, se le darán oficiales veteranos para la instrucción de aquella:

“los busqué (dice sin embargo Belgrano) no los encontré, porque era
mucho el odio que había a la milicia en Buenos Aires; con el cual no se
había dejado de dar algunos golpes a los que ejercían la autoridad, o tal
vez a esta misma que manifestaba demasiado su debilidad”.

Casi sin dificultad, los ingleses desembarcan en Quilmes el día 26 de junio, debiendo enfrentar sólo a algunos centenares de milicianos pésimamente instruidos. Ciertamente, las defensas de la ciudad, pese a contar con cerca de 50.000 habitantes, son casi nulas y las autoridades incapaces de evitar la indisciplina general e ignorantes de cualquier apresto defensivo. A través de su Autobiografía, el prócer nos recuerda con cuánta indignación vivió
aquellos momentos:

“Se tocó la alarma general y conducido del honor volé a la fortaleza, punto de reunión: allí no había orden ni concierto en cosa alguna, como debía suceder en grupos de hombres ignorantes de toda disciplina y sin subordinación alguna: allí se formaron las compañías, y yo fui agregado a una de ellas, avergonzado de ignorar hasta los rudimentos más triviales de la milicia, […] no habiendo tropas
veteranas ni milicias disciplinadas que oponer al enemigo, venció éste todos los pasos con la mayor felicidad […] todavía fue mayor mi incomodidad cuando vi entrar las tropas enemigas y su despreciable número […] no se apartó de mi imaginación y poco faltó para que me hubiese hecho perder la cabeza: me era muy doloroso ver a mi Patria bajo otra dominación”.

Las tropas inglesas comandadas por William Carr Beresford, se dirigen sobre la capital, en tanto el Virrey Sobremonte, estimando inútil toda defensa, dispone el envío de los caudales al interior y se retira hacia Córdoba. Pero los tesoros no se ponen a salvo y el día 27 los invasores ocupan el fuerte de Buenos Aires. Se firma la capitulación el 2 de julio. El jefe inglés, toma entonces el juramento de fidelidad a su Majestad Británica de las autoridades civiles y militares de la plaza, entre los que se encuentra Belgrano:

“Me liberté de cometer, según mi modo de pensar, este atentado, y
procuré salir de Buenos Aires casi como fugado; porque el general se
había propuesto que yo prestase juramento, habiendo repetido que
luego que sanase lo fuera a ejecutar: y pasé a la banda septentrional del
Río de la Plata, a vivir en la capilla de Mercedes”.

Pero pronto, la ciudad se transforma en punto neurálgico de conspiraciones y planes, a fin de acabar con el dominio inglés. Los criollos de la ciudad y la campaña organizan las acciones, encabezados por tropas formadas en Montevideo al mando de Santiago de Liniers.

Belgrano se entera en su retiro del proyecto y cuando se dispone a pasar a la capital para participar en la lucha, recibe la noticia de la heroica Reconquista de Buenos Aires del día 12 de agosto. Beresford capitula y Belgrano se apresta a retornar.

En medio del regocijo popular, un cabildo abierto reunido el 14 de ese mes, quita, al desprestigiado Virrey, el mando militar de Buenos Aires, que debe delegarlo en Liniers, y dispone la organización de cuerpos armados para asegurar la defensa de la plaza. El pueblo soberano se ha pronunciado dañando para siempre el sistema colonial.

Los habitantes de Buenos Aires comienzan a agruparse según su origen, en cuerpos de voluntarios bajo la dirección de Liniers. Belgrano participa activamente en la formación de los mismos. En tanto, que decide tomar lecciones básicas sobre milicias y del manejo de armas.

“Todo fue obra de pocos días [agrega] me contraje como debía, con el
desengaño que había tenido en la primera operación militar, de que no
era lo mismo vestir el uniforme de tal, que serlo.”

Con mayor celo aún, se contrae al estudio de esa carrera cuando, por elección de las Compañías de Patricios, es destacado como su sargento mayor. Oficialmente fue designado como sargento mayor de la Legión de Patricios voluntarios urbanos de Buenos Aires, el 8 de octubre de 1806.

La repercusión en Londres del triunfo inicial de la expedición, mueve a los británicos a extender esas acciones a otros puntos del continente. Pero luego, la noticia de la reconquista criolla, hace que el grueso de sus fuerzas se destine al Río de la Plata.

A fines de 1806, una nueva expedición inglesa se acerca a nuestras costas. El 3 de febrero de 1807, conducidos por el Brigadier General Samuel Auchmuty, entran en Montevideo y la plaza cae heroicamente, a pesar de los refuerzos que se le envían desde Buenos Aires. Con 24 aquellas tropas de auxilio, en gran número Patricios, se prepara a marchar Belgrano; sin embargo, la oficialidad estima que no conviene de ningún modo su salida ya que se teme que el cuerpo se desorganice sin su presencia.

Pero para entonces, la necesidad de asumir nuevamente el empleo de Secretario del Consulado es una de las causas que lo llevan a solicitar su baja “quedando (dice Belgrano)por oferta mía, dispuesto a servir en cualquier acción de guerra que se presentase, dónde y cómo el gobierno quisiera”.

Una Junta de Guerra integrada por representantes del Cabildo, la Audiencia y los jefes de las milicias recientemente organizadas en Buenos Aires, suspende al Virrey que ha actuado ineficazmente en la defensa de Montevideo. La Audiencia asume el poder político y Liniers es confirmado Comandante Militar de Buenos Aires. 

Cuando termina el otoño de 1807, los ingleses han asegurado la posesión de Maldonado, Montevideo y Colonia en la Banda Oriental, con más de 10.000 hombres y una poderosa flota de apoyo. El 28 de junio, el Teniente General John Whitelocke a cargo de las operaciones, desembarca sus tropas en las inmediaciones de la Ensenada de Barragán e inicia la marcha hacia la capital que preparaba su defensa con poco más de 8.000 hombres. Entre ellos, revista Manuel Belgrano, como Ayudante de Campo del Cuartel Maestre General Balbiani.

El desconcierto de los porteños ante la derrota en los Corrales de Miserere el día 2 de julio, no hiere demasiado los ánimos y bajo la dirección del Cabildo con Martín de Alzaga y Liniers luego, ofrecen sus vidas en heroica defensa. Belgrano participa en ella con arrojo, según la consideración de su propio jefe:

“estuvo pronto al toque de generala, salió a campaña, donde ejecutó mis órdenes con el mayor acierto en las diferentes posiciones de mi columna, dando con su ejemplo mayores estímulos a su distinguido cuerpo, me asistió en la retirada hasta la colocación de los cañones en la plaza, tuvo a su cargo la apertura de la zanja en las calles de San Francisco para la mejor defensa de la plaza, y lo destiné a vigilar y hacer observar el mejor arreglo de las calles inmediatas a Santo Domingo, donde ha acreditado su presencia de espíritu y nociones nada vulgares con el mejor celo y eficiencia para la seguridad de la plaza, hallándose en ellos hasta la rendición del general de brigada Crawford, con su plana mayor y restos de la columna de su mando abrigada en el convento de dicho Santo Domingo”.

Efectivamente, el 6 de julio Whitelocke capitula. La Revolución había germinado en el espíritu de aquellos valientes defensores. Los nativos armados, sin auxilios posibles de la Metrópoli, orgullosos vencedores, llenos de gloria, habían dado pruebas suficientes de su conciencia formada.

El sistema colonial español se halla en crisis, aunque para entonces, la independencia de estos dominios se considera remota, tal vez, un anhelo impensado.

De esa manera lo estima Belgrano, al conversar en prolijo francés, con el Brigadier General Crawford ya prisionero, ambos coinciden en que aunque mediara la protección de Inglaterra “nos faltaba mucho para aspirar a la empresa”, y el inglés la posterga en un siglo. “Pero, pasa un año, y he ahí que sin que nosotros hubiésemos trabajado para ser independientes, Dios mismo nos presenta la ocasión”

Belgrano y el Mayo de 1810

El avance de los ejércitos franceses en España, reduce cada vez más el territorio gobernado por la Junta Central de Sevilla, que ha designado a Cisneros. En tanto, la descomposición institucional se extiende por todo el Virreinato; en Chuquisaca (Charcas, hoy Sucre) y La Paz estallan sublevaciones.

Pero los patriotas no encuentran respaldo en otras ciudades y las insurrecciones fracasan, seguidas de crueles represiones: prisión, destierros y muerte para los rebeldes.

Ello no altera la marcha de los acontecimientos en el Río de la Plata; los criollos de Buenos Aires pronto hallarán la justificación para destituir al Virrey.

Cisneros no ignora la existencia de aquellos núcleos de oposición que dificultan su gobierno, sumados a la grave situación financiera, que la paralización del comercio y la gran disminución de las rentas aduaneras ha acentuado. Adopta, entonces, una serie de medidas contemporizadoras que atenúan la crisis y le permiten ganarse el favor de los pobladores:

Desde la supresión de la contribución patriótica, hasta la autorización limitada del comercio con los ingleses, ahora aliados de España, en la lucha contra Napoleón. Sin proponérselo el Virrey, acentúa la posibilidad de que británicos y criollos, con intereses coincidentes, aceleren la caída del sistema monopolista.

La apertura del puerto de Buenos Aires a buques extranjeros aliados o neutrales, por decreto de noviembre de 1809, ha surgido después de un extenso proceso y la trascendencia de tal medida hace que Cisneros, antes de su aplicación, recabe el voto de las distintas autoridades locales.

Debemos tener en cuenta, como señaláramos anteriormente, la firma del Tratado Apodaca-Caning, que incluía un agregado del 20 de marzo de 1809, por el cual se otorga a Gran Bretaña facilidades para el comercio en los dominios hispánicos.

Ante el requerimiento de Cisneros, el Cabildo y el Consulado, con importante representatividad en ellos de comerciantes españoles, se declaran decididamente en contra; en tanto, que los hacendados de ambas orillas del Plata, encabezados por el Dr. Mariano Moreno, se pronuncian a través de una “Representación de hacendados y labradores”, redactada por aquel, a favor del libre comercio.

Las ideas de Belgrano comienzan a dar frutos. En aquel escrito, el derecho natural de la colonia a ejercer el comercio con el exterior, es reclamado con justicia dentro de la más pura corriente liberal y en su redacción, han gravitado poderosamente los principios que Belgrano, desde hace tiempo, viene sosteniendo con tesón.

Los buenos resultados de estas 31 medidas, que aunque no satisfacen plenamente las aspiraciones de los patriotas, han salvado las graves dificultades económicas de entonces. Pero cierta pasividad y resignación se generaliza entre los americanos y Belgrano, sintiendo la imposibilidad de encauzar sus ideales, decide abandonar temporalmente la ciudad, así escribe en su Autobiografía:

“la llegada de Cisneros, a quien se recibió con tanta bajeza por
mis paisanos, y luego intentaron quitar, contando siempre
conmigo, me obligó a salir de allí, y pasar a la banda
septentrional para ocuparme en mis trabajos literarios y hallar
consuelo a la aflicción que padecía mi espíritu con la esclavitud
en que estábamos”.

La política conciliadora de Cisneros continúa favoreciendo el acercamiento con el pueblo e, indudablemente, sus concesiones no son sino el inicio de un nuevo camino hacia la caída de su debilitada autoridad.

Así, por ejemplo, la decisión de fundar un periódico, otorgando a los criollos un eficaz medio de divulgación de sus ideas, a la vez que la excusa para reunirse y organizarse sin despertar sospechas. De Belgrano, que regresa de Montevideo, se conocen sus aptitudes literarias y la experiencia en ese género.

Es señalado como el hombre que deberá auspiciar el periódico. Así, a fines de enero de 1810, se conoce el Correo de Comercio de Buenos Aires, que Belgrano transformará en un nuevo elemento de divulgación de sus ideas revolucionarias, como se verá en el próximo capítulo.

Aquel corto período transcurrido desde las invasiones inglesas hasta mayo de 1810, ha sido de elaboración del proceso revolucionario, durante el cual se han intensificado claramente los objetivos políticos y sociales de los criollos.

Los anhelos de Manuel Belgrano comienzan a fructificar en el espíritu de sus compatriotas. La Patria nace en 1810, con un estallido solidario al de Venezuela, México, Colombia y Chile, menos sangriento y más afortunado en sus consecuencias inmediatas que aquellos.

Los Hombres de Mayo saben actuar decididamente, aprovechando un momento favorable, cuando una serie de acontecimientos imponen la solución revolucionaria. A pesar de los recaudos tomados por Cisneros, los criollos se mantienen pendientes de los acontecimientos en la Península. Corre la segunda semana de mayo; Belgrano se halla desde hace varios días en el campo; cuando llegan a Buenos Aires noticias trascendentes:

La Junta Suprema Central de Sevilla se había disuelto ante el avance francés en Andalucía, la autoridad del virrey ha caducado. Sus amigos reclaman su presencia en la Capital, es el momento “de trabajar por la Patria para adquirir la libertad e independencia deseada”, el instante preciso, prometido por Saavedra para encabezar a los Patricios, apoyando al pueblo de Buenos Aires.

El virrey opta por informar oficialmente al pueblo de lo acontecido en España, llamándolo a la unión y la lealtad. En su proclama del día 18, inclusive y, ante la inminencia del golpe porteño, anticipa la idea de que no se adoptarán medidas sin el acuerdo del interior.

Los criollos solicitan un cabildo abierto. Manuel Belgrano, Juan José Castelli y el comandante de Patricios Cornelio Saavedra, hacen las tramitaciones para la realización de la asamblea.

Se imprimieron 600 invitaciones, se repartieron 450 y acudieron más de 250. Un grupo de jóvenes organizado en la calle, conducido por French y Beruti y los Patricios, cubriendo la entrada de la plaza, garantizan la tranquilidad o quizá se mantienen dispuestos a cortar por la fuerza cualquier intento realista de oposición.

La consigna a discutir y votar en el Cabildo del 22 de Mayo, era resumidamente: “Si Cisneros debía cesar o continuar en el mando de estas provincias, enlas circunstancias de hallarse solamente libre del yugo francés, Cádiz y la isla de León, y si se debía erigir una Junta de Gobierno que reasumiera el mando supremo de ellas”. 

El Obispo de Buenos Aires, Benito Lué, expresó la tesis que respondía al partido metropolitano, que no debía producirse cambio alguno, pues mientras existieran autoridades españolas, cualesquiera que fueran ellas, éstas debían gobernar las colonias americanas.

Dicha tesis fue rebatida por el abogado criollo Juan José Castelli, excelente orador, quien se basó en el hecho jurídico de que América no dependía de España sino del monarca. Belgrano, su primo, tal como lo aseveraba en sus escritos, tenía la certeza de que América no sólo no dependía sino que ni siquiera tenía vínculo constitucional alguno con España.

Su histórico lazo de unión era solamente, desde el punto de vista político, con la corona de Castilla, a la que estaba incorporada desde 1492 y, por consiguiente, el de Indias era un reino que no se encontraba sometido a ninguno de los otros reinos de la península española.

Castelli estimaba con toda lógica pues, que ante la ausencia del monarca y la ocupación de España por los franceses, sólo cabría reasumir la soberanía popular y nombrar un gobierno representativo. El Fiscal de la Audiencia, el respetado jurista Manuel Genaro de Villota, dijo aceptar la tesis de Castelli, pero sostuvo que la soberanía popular no podía ser ejercida por una sola provincia o municipio, y antes de tomar decisiones se debía consultar con las demás jurisdicciones del Virreinato.

A la postura de Villota respondió Juan José Paso, abogado patriota de gran prestigio, arguyendo que Buenos Aires era la “hermana mayor” de las provincias, y que ante la urgencia debía asumir la gestión de sus negocios, sin perjuicio de consultar con el resto a posteriori.

La Asamblea aclamó el discurso de Paso, que se convirtió en el héroe de la jornada.  Hubo consenso en la ilegitimidad de los títulos del Virrey. Muchos peninsulares, incluido el General Pascual Ruiz Huidobro y los conservadores canónigos, votaron por la cesación del virrey y la elección de un nuevo gobierno. 

Cornelio Saavedra se expresó en los siguientes términos:

“debe subrogarse el mando superior que obtenía el excelentísimo señor virrey en el excelentísimo Cabildo de esta capital, ínterin se forma la corporación, o junta que debe ejercerlo; cuya formación debe ser en el modo y forma que se estime por el excelentísimo Cabildo, y no quede duda de que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando”.

Por amplia mayoría de 155 votos (de los 254 votantes) se aprueba la cesación de Cisneros en el cargo. Pascual Ruiz Huidobro, Juan José Viamonte, Feliciano Chiclana y Nicolás Rodríguez Peña, fundamentan sus votos en que el Cabildo debe reemplazar al Virrey, por delegación interina del mando.

Saavedra afirma entonces que así debía hacerse, hasta la formación de una junta, que gobernará con participación popular, y “sin que quede duda que es el pueblo el que confiere el mando”; opinión que cuenta con 87 votos, entre los que se cuentan los de Belgrano, Moreno, Castelli, Paso y Rivadavia.

La votación por escrito de cada asistente es larga y confusa; pasada la medianoche, debe interrumpirse la sesión, dejándose para el día siguiente, en una nueva reunión convocada por el Cabildo, la elección de la junta que reemplazará a Cisneros. 

El día 23, se finaliza con el escrutinio y se proclama la destitución del Virrey. Sin embargo, el 24, parece haberse concretado una audaz maniobra a favor de Cisneros: se designa una junta presidida por éste, e integrada por Saavedra y Castelli, además de Juan M. Solá, cura párroco de Montserrat, y José Santos Incháurregui, comerciante.

Llega a jurar y a elaborar un Reglamento por el cual Cisneros retiene el mando de las fuerzas. Esa solución es inaceptable; cunde la agitación entre Patricios y criollos. Llega la noche, Saavedra y Castelli renuncian a sus cargos, los otros integrantes lo hacen después, devolviendo el poder al Cabildo.

Más aún, al parecer, esa misma noche, fría y lluviosa, los revolucionarios elaboran la lista de los integrantes de la junta que debe instalarse, lanzándose a la búsqueda de firmas que apoyen la solicitud. 

En un instante de ardor patriótico, en la casa de Nicolás Rodríguez Peña, Belgrano juraba a fe de caballero, ante la Patria y sus compañeros, que si no era derrocado el Virrey a las tres del día siguiente, él lo derribaría. Hacia el anochecer, los oficiales del Cuerpo de Patricios entraron en permanente deliberación, y no resultó sencillo aquietar los ánimos para postergar la decisión hasta el venidero 25.
 
El petitorio, con más de 400 firmas, incluye además el despacho de una expedición armada al interior, con carácter de auxiliadora, cuando el objetivo es el de frustrar todo intento de oposición realista al nuevo gobierno. El día 25, se consulta a los jefes militares y ante la negativa de la mayoría de aquellos de sostener el gobierno establecido, los regidores deben acceder a lo solicitado. 

Ya no queda casi gente en la plaza, sólo un grupo de patriotas cuyas exclamaciones sin embargo, no dan lugar a dudas: toda resistencia es inútil.  La Junta Provisional de Gobierno se instala ese 25 de mayo de 1810, nominalmente fiel a Fernando VII.

Según podemos advertirlo a través de la nómina de sus integrantes están representados los tres grupos políticos: el de los ilustrados (ex-carlotistas: Belgrano, Castelli y Paso), el Partido de la Reconquista (Saavedra) y el Partido Republicano (Larrea, Matheu y Moreno); y los sectores sociales: la Iglesia y el ejército.

La preside Cornelio Saavedra, Comandante de Patricios, antiguo comerciante de Buenos Aires y seis vocales: los eximios abogados Manuel Belgrano y Juan José Castelli, el presbítero Manuel Alberti, Miguel de Azcuénaga, militar, y los comerciantes de origen español, Domingo Matheu y Juan Larrea.

Los abogados Juan José Paso y Mariano Moreno, ofician como secretarios:

“Era preciso corresponder a la confianza del pueblo, y todo me
contraje al desempeño de esta obligación, asegurando, como aseguro, a
la faz del universo, que todas mis ideas cambiaron, y ni una sola
concedía a un objeto particular, por más que me interesase: el bien
público estaba a todos instantes a mi vista”.

Se debe tener en cuenta que las juntas que se formaron en otras ciudades hispanoamericanas (Caracas, Bogotá, Santiago de Chile, etc.), siguen los mismos principios jurídicos, que la de Buenos Aires, es decir, la teoría elaborada por el Padre Francisco Suárez en el siglo XVII, según la cual la soberanía provenía de Dios y la delegaba en el pueblo o comunidad, la que a su vez la delegaba en el Rey.

En caso de que el Rey no pudiera gobernar, ésta volvía al pueblo. Esta teoría responde al pensamiento de los teólogos y juristas españoles, quienes a partir de la incorporación de América a la Corona de Castilla elaboraron el derecho de gentes.

Estos principios se enseñaban en las universidades peninsulares y americanas, por lo cual, también se puso en práctica en el movimiento juntista surgido en España a partir de 1808. Todas estas juntas juraron fidelidad a Fernando VII.

Belgrano en su labor periodística

Si volvemos la mirada sobre la formación intelectual de Manuel Belgrano, de carácter enciclopedista, adquirida en Europa, no dudaremos en afirmar que su educación es la ideal de todo periodista.

El buen conocimiento de varias lenguas como el francés, italiano e inglés,  según destacáramos precedentemente, le posibilitan a Belgrano el acceso directo a diversas fuentes de conocimiento, como el contacto personal con autoridades y personajes relevantes de su época.

Tiene especial vocación por el estudio de la economía política, del derecho público y dedica mucho de su tiempo de Secretario Consular a la atención y fomento de nuevos sistemas y métodos de producción, dirigidos al logro de un mayor rendimiento del suelo y mejores condiciones laborales del campesinado.

De ahí su inquietud por la difusión de los mismos, o el establecimiento de centros que instruyan adecuadamente en sus diferentes especialidades; más aún, llega a recabar de la Corona el envío al Plata de maestros especializados o bien, el traslado de colonos a la Metrópoli a fin de que adquieran allí la debida instrucción. Es esa, sin duda, una solicitud inaudita a los ojos peninsulares.

Indudablemente, su pluma de pensador profundo encuentra en el periodismo el medio más apropiado de expresión, pero no debemos desestimar su enorme labor de cronista, a la que se consagra por entero a través de las actas consulares; fue reflejo de sus esfuerzos por el logro del mejoramiento general del virreinato.

Por otro lado, siendo Secretario del Real Consulado, Belgrano hace que ese cuerpo se suscriba a diferentes periódicos europeos como el Almanak Mercantil, el Correo Mercantil y el Semanario de Agricultura, de origen madrileño los dos últimos.

Su actividad periodística comienza en el Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata, que empieza a publicarse el primero de abril de 1801, fundado y dirigido por el militar, abogado y escritor Francisco Antonio Cabello y Mesa.

Aparece primeramente, dos veces a la semana (miércoles y sábados) y luego se transforma en un semanario dominical. Ha surgido con licencia oficial exclusiva y es sostenido por la contribución de casi doscientos suscriptores.

Como todos los periódicos de aquellos tiempos, éste, que es el primero editado en Buenos Aires está destinado a la divulgación de ideas de interés general, artículos acerca de la agricultura, el comercio, el progreso, los precios en plaza, los recursos provinciales, etc., aunque sabe esbozar críticas audaces como las dirigidas al poderoso monopolio español. 

Según estiman algunos estudiosos, Belgrano es el inspirador de Cabello y Mesa en la fundación de ese periódico y colabora en sus páginas junto a Juan José Castelli, Julián de Leiva, Domingo de Azcuénaga y otros.

Pero a casi un año de su aparición, comienzan ciertas desinteligencias, entre Belgrano y Cabello y Mesa; el Consulado le retira su apoyo y el 17 de octubre de 1802, deja de publicarse; se habían editado ciento diez números. El semanario es clausurado por orden del Virrey del Pino.

Tradicionalmente, se acepta que tal medida ha sido adoptada después de la publicación, el 8 de octubre de ese año, de un artículo considerado agraviante por las autoridades de la colonia, titulado: “Circunstancias en que se halla la provincia de Buenos Aires e Islas Malvinas, y modo de repararse”.

Este trabajo se atribuye erróneamente, durante mucho tiempo, a Cabello y Mesa, hasta comprobarse que había sido tomado de un manuscrito de Juan de la Piedra, de marzo de 1778. La causa de la desaparición del primer periódico porteño debe atribuirse con mejor criterio, a ciertas puerilidades en que incurre finalmente, apartándose de los objetivos primeros, que habían merecido el apoyo inicial de Belgrano. 

Además, habían surgido serios problemas económicos y la pérdida de la licencia oficial exclusiva para su edición. Aquel ensayo no había sido sino una excusa para que el Virrey decidiera finalmente su clausura.

Un mes antes de dejar de circular el Telégrafo Mercantil, aparece en la Capital un nuevo periódico, el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, bajo la dirección de un comerciante criollo llamado Juan Hipólito Vieytes que llega a publicar 218 números, entre el 2 de septiembre de 1802 y el 11 de febrero de 1807.

La publicación cuenta también con los auspicios del Real Consulado y se transforma en un verdadero vocero de ese organismo, al demostrar los beneficios de las teorías económicas vigentes en Europa y entusiastamente compartidas por su Secretario.

Propicia el fomento de la industria, del libre comercio y sobre todo de la agricultura. Desarrolla las teorías anunciadas por Belgrano en sus Memorias económicas, integrándose a la corriente fisiocrática y cimentando las ideas básicas de nuestra revolución.
Se lee en su primer número:

“La agricultura, bien ejercitada, es capaz por sí sola de aumentar la
opulencia de los pueblos hasta un grado casi imposible de calcularse
[…] Es excusado exponer la preeminencia moral, política y física de la
agricultura sobre las demás profesiones, hijas del lujo, y de la
depravación de las sociedades”.

Pasado cierto tiempo de la desaparición de esta publicación, Belgrano exalta las buenas iniciativas que han impulsado a su fundador. Escribe en el Correo del Comercio, a principios de 1810:

“El ruido de las armas [se refiere a las invasiones inglesas] cuyos gloriosos resultados admira el mundo, alejó de nosotros un periódico utilísimo con que los conocimientos lograban extenderse en la materia más importante a la felicidad de estas Provincias: tal fue el Semanario de Agricultura, cuyo editor se conservará siempre en nuestra memoria,
particularmente en la de los que hemos visto a algunos de nuestros labradores haber puesto en práctica sus saludables lecciones y consejos de que no pocas ventajas han resultado”. 

El Semanario de Agricultura, Industria y Comercio deja de circular a comienzos de 1807 a causa de la grave situación que enfrenta Buenos Aires con la amenaza de una nueva invasión de fuerzas inglesas, acantonadas en Montevideo.

En tanto, el 23 de mayo de 1807, los ingleses inician en aquella ciudad, la edición de un periódico bilingüe (inglés-español) que llaman La Estrella del Sur (The Southern Star).

Se publican siete números con una clara finalidad política: hacer propaganda política a favor de la ocupación inglesa en el Río de la Plata y del sistema de libre comercio que posibilite la introducción de los productos británicos.

En la capital, entre octubre de 1809 y enero de 1810, por disposición de Cisneros se edita la Gaceta del Gobierno de Buenos Aires, destinada a difundir textualmente los documentos oficiales.

Pero, según mencionáramos anteriormente, una de las medidas de orden político adoptada por el nuevo Virrey a su llegada a Buenos Aires, con la intención de ganarse el apoyo de los criollos, es la de fundar un periódico, redactado por ellos.

Cisneros pone todo su empeño en la adopción de aquella medida. Belgrano nos cuenta que su ansia es tal que llega a querer publicar el prospecto de un periódico editado en Sevilla, reemplazándole el nombre por el “Buenos Aires”.

A su regreso de la Banda Oriental, Belgrano comienza con la elaboración de aquel prospecto de seis páginas, que empieza a circular por decreto del 24 de enero de 1810 anunciando la próxima aparición de un periódico. Para la diagramación del mismo, cuenta con la asistencia de un grupo de amigos dispuestos a colaborar con el prócer en la utilización de aquel vocero, en beneficio de la causa revolucionaria.

Así, el 3 de marzo de ese año, se inicia la publicación del Correo de Comercio. Es un pliego editado en el taller de imprenta de los Niños Expósitos, anuncia que saldrá los sábados y costará un peso mensual la suscripción. Han pasado casi nueve años desde la fundación del Telégrafo Mercantil y los frecuentes errores tipográficos de aquel se han salvado casi totalmente.

La colaboración de Juan Hipólito Vieytes en su composición se transforma en una valiosa asociación de ideas y esfuerzos para difundir los principios de libertad y desterrar la corrupción, la opresión, pretendiendo mejorar la situación social a través de la educación. Dice Belgrano:

“En él salieron mis papeles, que no era otra cosa más que una
acusación contra el gobierno español; pero todo pasaba, y así creíamos
ir abriendo los ojos a nuestros paisanos”.

El periódico abarca 58 números. El último ejemplar es el del 5 de abril de 1811, que cierra la publicación sin aviso previo y seguramente de manera imprevista, pues algunos artículos indicaban su continuación en el siguiente número.

Belgrano su fundador, no había participado de tal decisión ya que se hallaba fuera de la Capital.
Como todos aquellos periódicos de la época, el Correo de Comercio, está dedicado a informar sobre diversos temas, más que a la divulgación de noticias.

Los artículos principales se refieren a la agricultura, comercio y educación. Simultáneamente, algunas líneas informan acerca de la entrada y salida de buques a Buenos Aires y Montevideo, descripciones geográficas, comentarios respecto a los precios en plaza, al auxilio a los pobres, al tratamiento de la hidrofobia, etc.

En el séptimo número del 14 de abril de 1810, se inaugura una sección que hoy denominaríamos: “cartas de lectores”, que se repetirá irregularmente luego. En esa fecha se publica una “Carta de un Labrador a los Editores”.

Mayor originalidad reviste aún una “Proclama a los Cochabambinos” de Francisco Javier Iturri Patiño, en la edición del 23 de febrero de 1811, impresa a dos columnas, en quechua y español.

Año después, siendo Brigadier General de Ejército, al frente de la división acantonada en Tucumán, publica un semanario que llama sin embargo Diario Militar del Ejército Auxiliador del Perú. Es un pliego informativo que divulga las noticias de carácter militar, referentes a las alternativas de la campaña; aunque como diario de operaciones no desestima los principios morales que, en la opinión de Belgrano, debía impartírsele a la tropa.

La redacción se confía al General chileno Manuel Antonio Pinto, o bien, a Patricio Sánchez de Bustamante, secretario del comandante en jefe. Se publican 78 números entre el 10 de julio de 1817 al 31 de diciembre del año siguiente.

La vocación periodística de Belgrano se extiende con igual sentido didáctico ahora frente al soldado, siempre con profunda abnegación y patriotismo, en un esfuerzo constante a fin de alcanzar los objetivos más caros al espíritu humano.

Temas desarrollados por el prócer en los periódicos coloniales

Manuel Belgrano se vuelca por entero a la actividad periodística hallando en ella un medio más propicio para difundir su doctrina, anunciada en las Memorias Consulares o ante los miembros de ese cuerpo en reiteradas ocasiones. Pero el círculo de funcionarios que lo integra se compone en su mayoría, de comerciantes monopolistas porteños entre los cuales no hallan trascendencia sus propuestas.

De ahí que los temas desarrollados en el Correo de Comercio coincidan, esencialmente, con los expuestos en sus Memorias, guardando intencionalmente una apariencia conciliadora con la autoridad que había tenido la iniciativa en aquella publicación, pero ocultando apenas el verdadero sentido revolucionario de sus artículos.

Prueba de ello es el que elabora en vísperas de la Revolución de Mayo con el título: “Causas de la Destrucción o de la Conservación y engrandecimiento de las Naciones”. Aquel breve ensayo, según nos recuerda Belgrano, “contentó a los de nuestro partido como a Cisneros, y cada uno aplicaba el ascua a su sardina, pues todo se atribuía a la unión y desunión de los pueblos”.

La uniformidad de pensamiento y el esfuerzo común de todo un pueblo, era el elemento indispensable para lograr su prosperidad y engrandecimiento:

“basta la desunión [dice en la primera plana del sábado 19 de mayo de
1810] para originar las guerras civiles, para dar entrada al enemigo, por
débil que sea, para arruinar el Imperio más floreciente”.

La educación

A lo largo de toda su obra literaria, como desde los comienzos de su actuación pública, Belgrano preconiza con énfasis las virtudes de la educación “… persuadido de que la enseñanza es una de las primeras obligaciones para prevenir la miseria y la ociosidad…”

Difunde ampliamente su doctrina con espíritu de maestro y, además, los numerosos esfuerzos que realiza en procura del establecimiento de escuelas públicas y gratuitas de primeras letras, en la Capital y la campaña o técnicas o especializadas, lo señalan como el verdadero precursor de la educación en nuestro país.

Insiste en remediar los graves males a que en materia de educación nos tenía sumido el régimen colonial, y al trascender en sus afanes desde el amanecer de nuestra historia, se anticipa a su época y señala el camino hacia la grandeza de la Patria.

Sus primeros trabajos periodísticos sobre educación, se publican en el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, en 1802; el artículo se llama “Educación moral” y luego “Educación político-moral”, en los números siguientes.

Se dirige a los jóvenes destacándoles el esplendor de un Estado, con una crecida población de “hombres industriosos y ocupados”, a lo que es necesario agregársele la formación moral y cristiana de los mismos, “único molde en que se pueden vaciar los hombres grandes”.

En septiembre de 1805, se publica otro bajo el título de “Educación”, ocupándose de la enseñanza de los niños, a quienes debe instruirse correctamente en el conocimiento de la geografía, la geometría, la práctica y teoría de la agricultura, además de la lectura y escritura. Dice a los padres:

“El amor a nuestros semejantes es obra de la naturaleza; pero el
dirigirnos hacia los deberes de verdaderos ciudadanos es una sagrada
obligación que nos impone la sociedad”. 

En el Telégrafo Mercantil y en una edición extraordinaria del Semanario de Agricultura, Industria y Comercio luego, se publican los discursos que como Secretario del Real Consulado, pronuncia durante la clausura de los certámenes públicos de la Academia de Náutica, de marzo de 1802 y los respectivos de enero de 1806. La Academia debe perpetuarse para que en ella el joven “adquiriese los medios de vivir con comodidad y honor en provecho
de la sociedad”. 

En las páginas del Correo de Comercio se refleja también, la noble inquietud de Belgrano por modificar el sistema de la enseñanza de las primeras letras en el virreinato; despertando el interés de los funcionarios, persuadiéndolos de la necesidad de coordinar las medidas tendientes a solucionar tantos males: sometiendo a aquellas escuelas a una inspección periódica para sacarles del abandono y fundar otras en la campaña, gratuitas, costeadas por las villas y ciudades.

Y lo que merece ser especialmente destacado, son los conceptos que vuelca en ejemplares de fines de julio de 1810, explicando que el Estado tiene la obligación de atender por igual a la educación de la mujer, a fin de poder generalizar las buenas costumbres, señalando además que, “por desgracia el sexo que principalmente debe estar dedicado a sembrar las primeras semillas lo tenemos condenado al imperio de las bagatelas y de la ignorancia.”

Efectivamente, por entonces, existía una sola escuela pública para niñas en Buenos Aires: el Colegio de Huérfanas de San Miguel. Detengámonos, por último, en el sentido que Manuel Belgrano asigna a la prensa: es un elemento insustituible de divulgación de la cultura y por ende, debe permanecer íntimamente unida al principio de libertad. Decía:

“es necesaria para la instrucción pública, para el mejor gobierno de la Nación y para su libertad civil, es decir, para evitar la tiranía de cualquier gobierno que se establezca”. ¿Quiénes temen entonces a la libertad de prensa? “Sólo pueden oponerse […] los que gusten mandar despóticamente,[…] los que sean tontos, que no conociendo los males del gobierno, no sufren los tormentos de los que los conocen y no los pueden remediar […], o los muy tímidos que se asustan con el eco de la libertad”.

Esos son los principios básicos de un ensayo que Belgrano titula: “La libertad de la prensa es la principal base de la ilustración pública”, en las primeras páginas del Correo de Comercio del día 11 de agosto de 1810. No es de extrañar entonces, que un año más tarde, el 8 de noviembre de 1811, el Cabildo de Buenos Aires lo designe elector nato para la Junta Protectora de la Libertad de Imprenta.

 

(1) Grl. Isaías José García Enciso Vicepresidente 1º Instituto Nacional Belgraniano, Buenos Aires, junio de 2001

(2) El 30 de marzo de 1799, se erige la Escuela de Náutica, se nombra a Pedro Cerviño como Director y a Juan Alsina, segundo. Manuel Belgrano, en carácter de Secretario del Real Consulado, redacta el reglamento de dicha escuela que, por Real Orden del 15 de septiembre de 1806, se clausura. La apertura de Academia de Dibujo (Escuela de Geometría, Arquitectura, Perspectiva y todas la demás especies de Dibujo), se produce el 29 de mayo de 1799 y Belgrano también prepara su reglamento inicial. Juan Antonio Hernández es su primer Director. Deja de funcionar en octubre de 1804, cuando el Consulado se notifica de la Real Orden del 26 de julio del mismo año. La primer Escuela de Matemática se establece en 1810 bajo la protección del Consulado a propuesta de Carlos O’Donell, que colaborara con Cerviño en la Escuela de Náutica.

Fuente: “Manuel Belgrano”. – 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Instituto Nacional Belgraniano, 2013. ISBN 978-987-24534-5-9

Foto: Manuel Belgrano – cultura.gov.ar 

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