Hoy, en vísperas de conmemorarse un año más de su muerte, quisiera escribirles sobre el General José de San Martín. Pero no pretendo hacerlo para destacar sus hazañas militares, que ya son por todos conocidas y que, en definitiva, es la parte que siempre se quiso sobresaltar del prócer. Quienes no lo han querido sólo resaltan su gestión militar, tratando de ocultar las otras facetas, tan o más importantes de San Martín. Se ha escondido su gran gobernación de Perú, como así también la de Cuyo; se ocultó el San Martín político, su voluntad de presidir la Argentina en algún momento, algo que le fue impedido.

Nadie puede negar lo logrado por el Libertador. Fue Comandante del Regimiento de Granaderos a Caballo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, General del Ejército del Norte, Gobernador de Cuyo, Comandante del Ejército de Chile y Jefe Militar y Protector del Perú.

Luego de gobernar durante poco más de un año en el Perú (agosto 1821 – septiembre 1822), y ante la negativa del gobernador Martín Rodríguez y su ministro Bernardino Rivadavia de enviarle fondos para nutrir al ejército, deja a Bolívar la continuación de la campaña, se retira de todos sus cargos, y decide volverse a Argentina en 1823.

Vuelta al pago

En enero de ese año se instala en Mendoza, con la idea de buscar una vida más tranquila. Su esposa, Remedios de Escalada, agonizaba en Buenos Aires y el general pidió permiso al entonces ministro Bernardino Rivadavia para viajar a la ciudad y estar con ella.

Rivadavia, gran enemigo de San Martín pone como excusa que no podía garantizarle la seguridad de su persona y, de esta forma, le niega el permiso para dirigirse a Buenos Aires.

Aprovechando la actitud de Rivadavia, el gobierno central de Buenos Aires pensó someterlo a juicio por haberse negado en 1819 a cumplir una orden de reprimir las tropas del santafesino Estanislao López y el uruguayo José Gervasio Artigas en su ataque a Buenos Aires.

San Martín se negaba a inmiscuirse en peleas internas y manchar el sable con sangre de hermanos americanos. Él tenía claro que el enemigo era la corona española. A pesar de todo y preocupado por el deterioro de la salud de su mujer, partió a Buenos Aires, para ver a Remedios, para buscar a su hija Mercedes y para enfrentar este juicio insólito.

Al llegar a Buenos Aires la situación no podía ser peor. Remedios llevaba meses muerta, la familia de los Escalada no quería saber nada con él imputándole el abandono de Remedios y su hija Mercedes, y mientras libertaba a Chile y Perú, en Buenos Aires se cansaron de calumniarlo.

El país se desangraba entre Federales y Unitarios. Y ambos lo miraban con recelo. San Martín, aunque tuviera simpatías con el federalismo, no lo era, y tampoco unitario. Él era americanista, no se mezclaba en peleas internas, tenía una visión integral y continental; por esa razón no le perdonaron la (según ellos) tibieza en los asuntos internos. Dolido por la ingratitud e indiferencia sobre su persona, y ante una relación cada vez más resquebrajada con el gobierno de Buenos Aires, decide partir a Europa nuevamente.

Nuevo derrotero europeo

En 1824, San Martín y su hija Mercedes llegaron a Francia. Los franceses no lo querían. La monarquía absolutista que reinaba en Francia por ese entonces se alarmó por la presencia del “rebelde”, que años antes había combatido a la corona española en América. Recaló entonces en Inglaterra, donde estuvo algún tiempo y siguió peleando (diplomáticamente)  por la causa independentista, consiguiendo de esa manera el reconocimiento británico de la independencia americana.

Estandarte ed Pizarro, trofeo de guerra de San Martín

Trofeo de guerra que llevó San Martín a Europa. El estandarte de Pizarro

San Martín siguió deambulando por Europa, trató de volver a Francia pero seguía levantando sospechas de subversión a las ideas monárquicas y tras un breve paso por Escocia se instaló, en 1824, en Bélgica, más particularmente en Bruselas. Por entones, Mercedes quedó en Londres como pupila de una de las más prestigiosas escuelas británicas.

A tres años de su viaje al viejo continente, él mismo cuenta la razón por la que se alejó del país, en una carta escrita desde Bruselas al general Bernardo de O´Higgins, con quien había compartido la gesta de liberar a Chile:

“Confinado en mi hacienda en Mendoza, y sin más relaciones que con algunos vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar a la desconfiada administración de Buenos Aires: ella me cercó de espías, mi correspondencia era abierta con grosería, los papeles ministeriales hablaban de un plan para formar un gobierno militar bajo la dirección de un soldado afortunado, etc. etc. etc. En fin, yo vi claramente que era imposible vivir tranquilo en mi Patria hasta que la exaltación de las pasiones no se calmase, y esta incertidumbre fue la que me decidió pasar a Europa”. (1)

Los viajes de Bruselas a Londres por parte de San Martín se hicieron frecuentes para visitar a su hija. En una de sus visitas londinenses, coincidió en una reunión con Rivadavia. San Martín lo retó a duelo, pero al final desiste ante los ruegos de algunos conocidos en común.

La enfermedad que lo había aquejado desde siempre, la artritis reumatoidea, se agravaba debido a las malas condiciones de vida por la que atravesaba. En carta a sus amigos, les contó que vivía en una casa vieja con goteras y mucha humedad. En enero de 1828, resolvió viajar a Aix- la- Chapelle para aliviar sus dolencias con aguas termales.

El Libertador extrañaba el Río de la Plata. En 1829, una vez, más decide volver para instalarse tranquilamente y sin rencores contra aquellos que le habían hecho la vida imposible. Le vuelve a escribir a su amigo militar chileno O’Higgins:

“Si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres; pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado”.

Por entonces,  y bajo el nombre José Matorral, se embarcó en el vapor Conttes of Chicheter hacia Buenos Aires. Una vez arribado el buque, y aún fondeado frente a las costas de Buenos Aires, recibió noticias de los problemas internos existentes en las Provincias Unidas y de las disputas entre los miembros del partido unitario y el federal. El unitario Juan Lavalle había fusilado al gobernador federal de Buenos Aires, Manuel Dorrego. Todo era caos y desorden y San Martín, quizás pensando que algunas cosas nunca iban a cambiar, ni se bajó en el puerto de Buenos Aires.

Ante esto le escribe al General José Díaz Vélez:

«En vista del estado en que se encuentra nuestro país, y por otra parte, no perteneciendo ni debiendo pertenecer a ninguno de los partidos en cuestión, he resuelto  pasar a Montevideo desde cuyo punto dirigiré mis votos por el pronto restablecimiento de la concordia».

Pasó algunos meses en Uruguay y decidió volverse a Europa, con un nudo en la garganta. “Nos dijo que deseaba vivir y morir en el país, porque encontraba un gran vacío en Europa (…) pero que había resuelto expatriarse y no volver (…) mientras asomase la guerra civil y la anarquía”, escribió Tomas de Iriarte, quien lo acompañó hasta el barco de su exilio definitivo. San Martín pensaría mil veces en volver, pero no volvió nunca más.

Se instaló nuevamente en Bélgica pero su cabeza seguía en Argentina. Desde Bruselas le escribió a un amigo peruano:

“Cada vez que pienso que a mi regreso de Buenos Aires puedo ser envuelto en una guerra civil (…) mi bilis se exalta y me pongo de un humor insoportable”

Cinco años después de su llegada a Bruselas, justo el día en que Mercedes cumplía los 14 años, el 24 de agosto de 1830, estalló una revolución de los Países Bajos contra el Reino Unido que concluyó con la independencia de Bélgica. La chispa de la revolución prendió rápidamente entre el pueblo que destruyó fábricas y depósitos de alimentos. En los días posteriores hubo revueltas similares en Lieja, Verviers, Huy, Namur, Mons y Lovaina.

Ante estos acontecimientos, el alcalde de Bruselas Barón Louis de Wellens y varios revolucionarios ofrecieron al General José de San Martín el mando de sus tropas, lo que éste rechazó.  Propuso, en cambio, a su camarada, el general español Juan Van Halen. Los incidentes hicieron que padre e hija partieran hacia la capital de Francia para radicarse definitivamente en aquel país, mientras que Justo Rufino, el hermano que mas cerca estuvo con el Libertador, partía hacia España. Los San Martín se establecieron en una casa en calle Rue Providence 18, en pleno centro de París.

 La llegada del cólera y el amor a la familia 

En aquel momento se produjo en Europa la epidemia de una rara enfermedad que venía de Asia; el cólera-morbo atacó a los centros urbanos más importantes del continente. La epidemia llegó a Gran Bretaña y, a fines de marzo de 1832, se extendió a Francia.  La muerte de miles de ciudadanos produjo pánico en la población.

Inmediatamente Mercedes y su padre partieron hacia una casa de campo en Montmorency (a unos 15 kilómetros al norte de París), pero igual ambos se enfermaron; Mercedes enfermó primero, y tres días después su padre, quien estuvo a punto de morir.

No existía un remedio efectivo para curar esta epidemia; generalmente, los médicos aconsejaban tomar calomel (un compuesto mercurial usado como purgante), y aceite de ricino (para vaciar el estómago).  Otros recetaban amoníaco, arsénico, fósforo, ruibarbo, opio y hasta caldo de carnero.

Don José y su hija fueron asistidos por un joven amigo de la familia, Mariano Balcarce, quien cumplía funciones diplomáticas en Londres. Mariano llegó a París y se instaló para socorrerlos en aquellos difíciles momentos. Mercedes, de 16 años, se recuperó en poco tiempo, mientras que el Libertador estuvo más de siete meses para reponerse.

Los jóvenes se enamoraron. El general aprobó aquel noviazgo que se consolidó en boda en diciembre de ese mismo año. En el otoño de 1832, Mercedes Tomasa de San Martín y Mariano Severo Balcarce Buchardo, se casaron. Como padrinos de la boda se encontraba el coronel peruano Juan Manuel Iturregui,  un gran colaborador de San Martín durante la campaña en Lima, y José Joaquín Pérez Mascayano, quien por ese entonces se ocupaba de las relaciones comerciales de Chile en Europa y que luego, entre 1861 y 1871, ocuparía la presidencia de ese país (1861-1871).

Además, asistieron dos grandes amigos chilenos del Libertador: José Miguel y José María de la Barra, entre otras personalidades diplomáticas de Sudamérica. Para festejar, los recién casados y el cortejo partieron hacia el restaurante Chez Grignon ubicado en pleno París. Allí los agasajados vivieron una ceremonia alegre pero sobria como le gustaba a San Martín. Días después, los recién casados partieron hacia puerto del Havre en dirección a Buenos Aires.

casa de San Martin en Grand Bourg

Casa donde vivió San Martin en Grand Bourg. Sobre el río Sena

El 25 de abril de 1834 San Martín escrituró una petite maison en Grand Bourg a 27 km de París. El banquero sevillano Alejandro Aguado lo ayudó a pagar los 13.500 francos que costó la casa, que se encontraba en el márgen derecho del río Sena; Aguada tenía su propiedad en el margen izquierdo del mismo. La propiedad, en aquella época, contaba con un terreno de alrededor de una hectárea, que el general convirtió en una huerta donde cultivaba tomates, pimientos y lechugas, además de plantar algunos árboles frutales. En esta casa, San Martín, su hija Mercedes, su yerno y sus nietas pasaron largas temporadas. El general alternaba esta residencia con la que utilizaba en París, en la Rue St. Georges , que también pudo adquirir en 1835 con la ayuda de Aguado.

 

 

 

 

casa-de-boulogne-sur-mer de san MartinVivió en París y pasó los veranos en Grand Bourg hasta que a comienzos de 1848, estalló en la capital francesa el movimiento revolucionario que instauró la Segunda República. Ante el ambiente revolucionario, decidió instalarse con su familia temporalmente en la ciudad portuaria de Boulogne Sur Mer. Allí cultivó la amistad de Alfred Gerard, dueño de la casa que habitaba y conversó en sus largas caminatas con los pescadores y la gente del pueblo. Esa fue su residencia hasta su muerte en 1850.

El olvido y los recuerdos

Debemos destacar que al Libertador no le llegaban las pensiones por sus servicios de Perú y Argentina. Tampoco le eran enviadas las rentas de sus propiedades en Mendoza.

San Martín extrañaba su suelo, al que tanto ayudó a liberar. Sobre su vida en Francia comentaba:

“Paso, en la opinión de estas gentes, por un verdadero cuáquero; no veo ni trato a persona viviente; Ocupo mis mañanas en la cultura de un pequeño jardín y en mi pequeño taller de carpintería; por la tarde salgo a paseo, y en las noches, en la lectura de algunos libros y papeles públicos; he aquí mi vida. Usted dirá que soy feliz; sí, mi amigo, verdaderamente lo soy. A pesar de esto ¿creerá usted si le aseguro que mi alma encuentra un vacío que existe en la misma felicidad? Y, ¿sabe usted cuál es? El no estar en Mendoza. Prefiero la vida que hacía en mi chacra a todas las ventajas que presenta la culta Europa.”  (2)

El historiador chileno Benjamín Vicuña Mackena, comentaba sobre la rutina del Libertador: “se levantaba al alba dedicándose a la lectura y a jugar con su perro al que pasaba horas enseñando pruebas. Siendo argentino, el general no hacía uso del mate en Europa, (…) se servía el té o el café en aquel utensilio y lo bebía con la bombilla de caña. La gran ocupación de San Martín era la lectura y sus libros favoritos pertenecían a la escuela filosófica del siglo XVIII, en cuyas ideas se había formado”. (3)

El general luego fue el fundador de la Biblioteca de Lima donde estampó la famosa frase “Los días de estreno de los establecimientos de ilustración, son tan luctuosos para los tiranos como plausibles a los amantes de la libertad.” Seguía leyendo a Rousseau y a Voltaire. De este último re-compró “Enciclopedia filosófica”, ya que había donado todos sus libros a aquella biblioteca que había fundado.

Juan Bautista Alberdilo visitó el 14 de septiembre de 1843, lo notó por momentos melancólico y no podía de creer la ingratitud de la clase dirigente de su patria:

“El general San Martín habla a menudo de la América, en sus conversaciones íntimas, con el más animado placer: hombres, sucesos, escenas públicas y personales, todo lo recuerda con admirable exactitud. ¿Será posible que sus adioses de 1829 hayan de ser los últimos que deba dirigir a la América, el país de su cuna y de sus grandes hazañas?” (4)

El maltrato de los propios

San Martín, en su testamento, deja el sable que lo acompañó en todas sus campañas en manos de Juan Manuel de Rosas, por la satisfacción que tuvo “como argentino, por la firmeza con que aquel general sostuvo el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.”

Mantuvo fluida correspondencia con Rosas, a quien siempre elogió por la decisión con la que manejó la política exterior y porque según le decía: “Ahora los gringos sabrán que los criollos no somos empanadas que se comen así nomás sin ningún trabajo.”

Los unitarios nunca le perdonaron estas palabras y, mucho menos, esa parte de su testamento. Se nota claramente en la carta de Valentín Alsina a su amigo Félix Frías: “Como militar fue intachable, un héroe; pero en lo demás era muy mal mirado de los enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y serviles, contra el extranjero. Era de los que en la causa da América no ven más que la independencia del extranjero, sin importársele nada de la libertad y sus consecuencias. Nos ha dañado mucho fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego, su, espada.”  (5)

Pero por más que San Martín apoyara a Rosas por su política exterior no lo podemos definir como rosista. Esto también queda claro en la carta que le envía a Gregorio Gómez: “Tú conoces mis sentimientos y por consiguiente yo no puedo aprobar la conducta del general Rosas cuando veo una persecución general contra los hombres más honrados de nuestro país; por otra parte, el asesinato del doctor Maza me convence que el gobierno de Buenos Aires no se apoya sino en la violencia. A pesar de esto, yo no aprobaré jamás el que ningún hijo del país se una a una nación extranjera para humillar a su patria.”  (6)

“Los hijos del país”, aquí San Martín hace referencia a Florencio Varela y Juan Lavalle que aprobaban, desde Montevideo, la invasión francesa contra nuestro país para terminar con el gobierno de Rosas.

También criticó la política religiosa de Rosas debido al reestablecimiento de las relaciones con el Vaticano, rotas en 1810.  Lo vemos en una carta a su amigo Tomás Guido, que por entonces se desempeñaba ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación:

“¿Están en su sana razón los representantes de la provincia para mandar entablar relaciones con la Corte de Roma en las actuales circunstancias? Yo creía que mi malhadado país no tenía que lidiar más que con los partidos, pero desgraciadamente veo que existe el del fanatismo, que no es un mal pequeño […]. ¿Negociar con Roma? Dejen de amortizar el papel moneda y remitan un millón de pesos y conseguirán lo que quieran”. Seguidamente ironizaba sobre sus méritos para ser nombrado obispo de Buenos Aires: “Usted sabe mi profundo saber en latín; por consiguiente, esta ocasión me vendría de perilla para calzarme el Obispado de Buenos Aires, y por este medio no sólo redimiría todas mis culpas, sino que, aunque viejo, despacharía las penitentes con la misma caridad cristiana como lo haría el casto y virtuoso canónigo Navarro, de feliz memoria. Manos a la obra, mi buen amigo. Yo suministraré gratis a sus hijos el Santísimo Sacramento de la Confirmación sin contar mis oraciones por su alma, que no escasearán. Yo creo que la sola objeción que podrá oponerse para esa mamada es mi profesión; pero los santos más famosos del almanaque ¿no han sido militares? Un San Pablo, un San Martín, ¿no fueron soldados como yo y repartieron sendas cuchilladas sin que esto fuese un obstáculo para encasquetarse la Mitra? Admita usted la Santa bendición de su nuevo prelado, con la cual recibirá la gracia de que tanto necesita para libertarse de las pellejerías que le proporciona su empleo.” (7)

Sus últimos días 

Aquel 17 de agosto de 1850 amaneció nublado en Boulogne-sur-Mer. El general desayunó frugalmente y, como siempre, le pidió a Mercedes que le leyera los diarios. Tras el almuerzo sintió unos fuertes dolores de estómago. Fue llevado a su cama donde murió aproximadamente a las tres de la tarde. Estando en París, el periodista argentino Felix Frías viajó a Boulogne Sur Mer a visitar al general San Martín, pero llegó cuando ya se había producido su fallecimiento. El siguiente conmovedor relato que escribe Frías todo argentino debería poder leer:

«Cumplo hoy con el doloroso deber de comunicar al Mercurio la mas triste noticia que pueda transmitirse a las repúblicas de la América del Sud, la muerte del general don José de San Martín. En la noche del 17 salí pára el puerto de Boulogne, acompañado por un compatriota, con el objeto de visitar al ilustre enfermo, cuya salud se hallaba en estado alarmante, como anuncié usted el mes pasado. En la mañana del siguiente día supimos la noticia de su muerte, acaecida el mismo día de nuestra partida. Don Mariano Balcarce, esposo de la noble hija del General, nos refirió, con el corazón destrozado por el dolor y  bañados los ojos en lágrimas, sus últimos momentos.

El 17 el General se levantó sereno y con las fuerzas suficientes para pasar a la habitación de su hija, donde pidió que le leyeran los diarios, que el estado de su vista no le permitía desde mucho tiempo leer por sí mismo. Hizo poner rapé en su caja para convidar al médico que debía venir más tarde, y tomó algún alimento. Nada anunciaba en su semblante ni en sus palabras el próximo fin de su existencia.

El médico le había aconsejado que trajera a su lado una hermana de caridad, a fin de ahorrar a su hija las fatigas ya tan prolongadas de sus cuidados, y a fin de que el mismo enfermo tuviera más libertad para pedir cuanto pudiera necesitar, lo que a veces no hacía por no molestar a su hija.  Esta señora no quería ceder a nadie el privilegio, tan grato para su amor filial, y de que disfrutó hasta el último instante, de asistir a su padre en su penosa enfermedad.

El señor Balcarce salió en la mañana del mismo día a hacer esa diligencia, acompañado por don Javier Rosales, a quien comunicó las esperanzas que abrigaba en el restablecimiento del General y su proyecto de hacerle viajar; tan lejos estaba de preveer la desgracia que le amenazaba y tanta confianza le inspiraba el estado de ese día y los anteriores de su padre. El señor Rosales procuró disipar esas ilusiones que podían hacer más sensible el golpe, que él consideraba inmediato y sus tristes predicciones no tardaron por desgracia en realizarse.

Después de las dos de la tarde el general San Martín se sintió atacado por sus agudos dolores nerviosos al estómago. El doctor Jardon, su médico, y sus hijos estaban a su lado. El primero no se alarmó y dijo que aquel ataque pasaría como los precedentes. En efecto, los dolores calmaron, pero repentinamente el General, que había pasado al lecho de su hija, hizo un movimiento convulsivo, indicando al señor Balcarce con palabras entrecortadas que la alejara, y expiró casi sin agonía. Es más fácil comprender que explicar la aflicción de sus hijos en presencia de esa muerte tan súbita e inesperada.

Algunos días antes el General se sintió atormentado en la noche por sus dolores, tomó una dosis de opio mayor que la prescripta para calmarlos y en la mañana siguiente apareció moribundo. Las aplicaciones de sinapismos lograron reanimarlo, pero vino luego una reacción con fiebre violenta, que entiendo ha influido en su muerte imprevista, a pesar de las engañosas apariencias de mejoría que se notaron en los cuatro últimos días.

En la mañana del 18 tuve la dolorosa satisfacción de contemplar los restos inanimados de este hombre, cuya vida está escrita en páginas tan brillantes de la historia americana. Su rostro conservaba los rasgos pronunciados de su carácter severo y respetable. Un crucifijo estaba al lado del lecho de muerte. Dos hermanas de caridad rezaban por el descanso del alma que abrigó aquel cadáver.

Bajé enseguida a una pieza inferior dominando los sentimientos religiosos, que solevantan en el corazón del hombre más incrédulo al aspecto de la muerte. Un reloj de cuadro negro, colgado en la pared, marcaba las horas con un sonido lúgubre, como el de las campanas de la agonía, y este reloj se paró aquella noche a las tres, hora en que había expirado el General San Martín. ¡Singular coincidencia! El reloj del bolsillo del mismo General se detuvo también en aquella última hora de su existencia.

Al día siguiente, 19, al tiempo de colocar en el féretro los restos mortales del ilustre difunto, la caja de la guardia nacional resonaba casualmente enfrente de la casa mortuoria; como si fuera homenaje militar tributado al guerrero, que hizo resonar por la vez primera en las altas cimas de los Andes los clarines y tambores marciales, que acompañaron en Chile, el Perú y el Ecuador, el estandarte victorioso de la independencia americana.

El 20 a las 6 de la mañana el carro fúnebre recibió el féretro, y fue acompañado en su tránsito silencioso por un modesto cortejo. Cuatro faroles cubiertos de crespón negro adornaban encendidos los ángulos superiores del carro. Seis hombres vestidos con capotes del mismo color marchaban de ambos lados. Detrás iban el señor Balcarce, llevando a su derecha al señor Darthez, antiguo amigo del General, ya la izquierda al señor Rosales, Encargado de Negocios de Chile. Marchaban enseguida D. José Guerrico, un joven de Buenos Aires, hijo de su hermano don Manuel, el doctor Gerard y el señor Seguier, vecinos ambos de Boulogne, El acompañamiento era humilde y propio de la alta modestia, tan digna compañera de las calidades morales y de los títulos gloriosos de aquel hombre eminente.

El carro fúnebre se detuvo en la iglesia de San Nicolás. Allí rezaron algunos sacerdotes las oraciones religiosas en favor del alma del difunto. En aquel momento noté en una de las naves del templo la tumba dedicada a la memoria del Almirante Bruix, padre de dos bizarros oficiales, que murieron en América, sirviendo a la causa de su independencia a las órdenes del mismo jefe que hoy venía a confundir sus restos con los del célebre almirante.

Sobre la piedra de esa tumba se leen estas palabras, que pudieran bien grabarse en la del vencedor de Maipo, con la diferencia de que la patria del General San Martín es grande como el vasto teatro de sus hazañas:

                                                 

Tan buen padre como gran general        Su familia y su patria le lloran.

            Después de esa ceremonia el convoy fúnebre continuó hasta la catedral, vasto edificio que se construye en la parte de la ciudad llamada alta. En una de las bóvedas de la capilla, acabada ya, fue depositado el cadáver que acompañábamos. Allí descansará hasta que sea conducido más tarde a Buenos Aires, donde según sus últimos deseos, deben reposar los restos del general San Martín. Fiel siempre a sus hábitos modestos, había el mismo manifestado la voluntad de que su entierro se hiciera sin pompa ni ostentación alguna, y así se ha hecho.

            Ahí está ya, en el puerto a que todos arribamos, el hombre que fue en la América meridional un gran capitán y que supo imitar el magnánimo desprendimiento de Wáshington, cediendo a su rival el teatro en que hubiera podido cubrirse aún de más gloria, y alejándose espontáneamente de los pueblos a que había dado independencia, para que se comprendiera que su única ambición era la de anularse, después de haber contribuido poderosamente a la emancipación de medio mundo. Veintiocho años ha pasado en su voluntaria proscripción, sin que jamás haya salido de sus labios una sola palabra de queja, a pesar de que la calumnia y la ingratitud hicieron llegar más de una vez al apartado lugar de su retiro los destemplado clamores, que jamás conturbaron la paz de su alma. Ese es el puerto, sí; el mismo General en uno de los momentos en que le afligían sus crudos dolores decía a su hija, tan digna por su virtud de ser la heredera de su gloria, en el idioma del pueblo que habitaba: “C´est l´orage qui méne au port” –la tormenta que conduce al puerto- ¡Bellas palabras y llenas de verdad! ¡Cual otro que la muerte es el puerto en el que descansan, después de las fatigas de la vida, los hombres como el General San Martín! No le bastó después de sus espléndidos triunfos, decir a los pueblos que había emancipado: -Ved que soy un hombre honrado-; y ha sido preciso que llegara lleno de años y de abnegación al borde de su tumba, para que la justicia empezara para él. El fallo de la justicia humana no es completo por desgracia, sino después que los hombres ven cadáver al que fue en vida libertador, después que el héroe ha entrado a ese puerto, del que no se regresa a la tierra. Si el general San Martín no se quejaba de la ingratitud, tenía memoria para los beneficios, si  es que pueden llamarse así las justas recompensas acordadas por los Gobiernos de Chile y del Perú a sus grandes servicios. En cuanto a la conducta respecto de él, del actual y de los anteriores gobiernos de su propio país, imitaré, en presencia de esa augusta tumba, el noble silencio del patriota generoso y puro que ella encierra.

            La catedral, cuyas bóvedas subterráneas contienen los restos del general San Martín, remonta su alta cúpula no lejos de la columna erigida por Napoleón en el célebre campo de Boulogne, donde concibió el atrevido proyecto de invadir a la Gran Bretaña. Allí mismo fue donde el genio militar del siglo distribuyó solemnemente las cruces de honor a los valientes soldados de su ejército.

            El general San Martín no sólo concibió sino realizó la empresa, no menos audaz, considerada la diferencia de medios, del paso de los Andes, con un ejército que tenía que hacer esa conquista sobre la naturaleza antes de conquistar para la independencia a dos Estados americanos. Y sin embargo un solo monumento no se eleva en todo el vasto territorio que recorrió aquel guerrero con sus tropas victoriosas desde San Lorenzo hasta Pichincha. ¡Ingratitud de los pueblos comparable sólo con el desprendimiento del héroe!

            Hacía algún tiempo que el General consideraba próxima su muerte; y esta triste persuasión abatía su ánimo, ordinariamente melancólico y amigo del silencio y del aislamiento. El día 6 escribió en su cartera algunas palabras afectuosas de despedida para sus hijos. Su razón, sin embargo, se ha mantenido entera hasta el último momento; y puede decirse que su alma enérgica se ha lanzado de la tierra, cuando le faltó cuerpo que habitar. En algunas conversaciones que tuve con él en Enghien, lugar vecino a París, cuyas aguas le habían recetado los médicos, pude notar un mes antes de su muerte que su inteligencia superior no había declinado. Vi en ella el sello del buen sentido que es para mí el signo inequívoco de una cabeza bien organizada. Hablaba con entusiasmo de la prodigiosa naturaleza de Tucumán y de las otras provincias argentinas; y como Rivadavia en sus últimos días, abrigaba fe viva en el porvenir de aquellos países. Recordaba siempre con gratitud el noble carácter y el apoyo que encontró para su gran campaña de Chile en los habitantes de las provincias de Cuyo; y su memoria conservaba frescos y animados recuerdos de los hombres y los sucesos de su época brillante. Nada simpático por el movimiento revolucionario en que ha entrado  la Francia después de febrero, apreciaba a mis ojos con suma exactitud los defectos del carácter francés, al mismo tiempo que las calidades que lo recomiendan, y las causas de los males que hoy afligen a esta nación. Comprendía en sus últimos días, como comprendió muy temprano y antes que el mismo Monteagudo, que la libertad requiere condiciones muy serias en los pueblos para arraigarse, y que el entusiasmo febril e irreflexivo no es su mejor garantía. La inteligencia que supo hermanar la gloria con la más bella de las virtudes, el desinterés, era bien competente para juzgar con acierto las cuestiones sociales. Su lenguaje era de un tono firme y militar, por decirlo así, cual el de un hombre de convicciones meditadas.

Permítame usted, antes de concluir, recomendar a la gratitud de los buenos americanos el celo que algunos estimables caballeros han dispensado a la familia del héroe que hemos perdido, en los amargos días de su desgracia. El señor don Javier Rosales, Encargado de Negocios de Chile, ligado al general San Martín y a sus hijos por el doble vínculo de la amistad y de su posición, ha representado dignamente a un gobierno y a un pueblo, que deben conservar recuerdos de respetuosa simpatía por el vencedor de Maipo.

Pero si se conciben esas finas atenciones de la amistad en un hijo de aquella república, son sin duda más laudables aun en un ciudadano francés. El doctor Gerard, dueño de la casa que habitaba el general San Martín, y cuyo piso inferior ocupaba él mismo con su familia, ha desplegado una solicitud tan recomendable, que parecía inspirada por la pérdida de un glorioso compatriota suyo. Verdad es que para un corazón francés la gloria bien adquirida no es un título de un país, sino de la humanidad entera. Este caballero, después de haber practicado con el señor Rosales todas las tristes diligencias necesarias para conducir y depositar a un cadáver en su última morada, recorrió inmediatamente los libros de la biblioteca de Boulogne, de que es director, y ha publicado un hermoso necrológico en el imparcial de Boulogne, del 23 de este mes, en el que sorprende que un extranjero haya podido juzgar con tanta fidelidad al guerrero y los notables sucesos del que tuvo parte tan señalada.

Espero que se me perdonará la indiscreción de copiar aquí algunos renglones de una carta dirigida por el doctor Gerard al señor Balcarce: “Y ahora, señor, no me queda otra cosa que deciros, sino manifestaros de nuevo, con el corazón consternado, la viva aflicción que mi esposa y yo hemos experimentado y experimentaremos largo tiempo por la pérdida tan dolorosa que acabáis de hacer. Nos envanecía la posesión de un hombre de esa edad y un carácter tan grande bajo este techo que nos abriga. Esta casa esta santificada a nuestros ojos, su pérdida deja en ella un vacío que se reproduce en nuestras almas, y que no se llenará pronto”.

El piadoso celo el doctor Gerard ha sido igualado por el de un respetable sacerdote, el abate Haffreingue, que cedió una de las capillas subterráneas de la catedral para los restos del general San Martín, y ha prodigado a su enlutada familia las benévolas atenciones de un ministro del evangelio. A los esfuerzos infatigables de ese prelado tan ilustrado como virtuoso, se debe la continuación de aquel edificio monumental.

Usted concibe la grata impresión que han debido despertar en los deudos y amigos del difunto General estos actos de delicada urbanidad que honran la tumba abierta en el suelo extranjero para recibir a un eminente ciudadano de nuestra América.

Por lo demás, la presencia entre los pocos amigos que llegaron hasta esa tumba de un honorable anciano español, un distinguido escritor francés, un representante de Chile y un niño de la República Argentina, provoca reflexiones que es inútil expresar a usted.

La América sentirá, sin duda, esta pérdida como debe ser sentida.

Ella será fiel ala gloriosa tradición de su origen, que es tal vez lo único que podamos contemplar con satisfacción y sin rubor. El general San Martín es venerable  a mis ojos, no sólo porque fue un glorioso guerrero y porque sus victorias inauguraron con las de Bolívar la era moderna de la América antes española; es sobre todo venerable porque a sus hechos heroicos mereció asociar el título de grande hombre de bien. Este elogio tributado por el ilustre hombre de Estado de la Inglaterra, muerto no ha mucho, al rey Luis Felipe, que acababa de morir también, será la corona más bella que pueda la posteridad colocar sobre la frente de las estatuas que se erigirán un día a la memoria del general San Martín. (8)

En su testamento había prohibido que se le hiciera tipo alguno de funeral u homenaje. Sólo quería que su corazón descansara en Buenos Aires. Pero hubo que esperar treinta años para que se cumpliera la última voluntad del Libertador.Recién el 28 de mayo de 1880, cuando el presidente Avellaneda y el ex presidente Sarmiento recibieron finalmente sus restos.

La demora injustificable quizás tuvo que ver con que a los poderosos de entonces, les molestaba la frase del prócer:

“En el último rincón de la tierra en que me halle estaré pronto a luchar por la libertad”.

 

 

(1)  Carta a Bernado de O´Higgins – Bruselas 1827

(2)  Carta a Tomás Guido, en Bernardo González Arrili, Historia Argentina, Buenos Aires, Nobis, 1964.

(3)  Testimonio de Vicuña Mackena en Busaniche, San Martín vivo, Buenos Aires, Eudeba, 1965

(4)  Juan Bautista Alberdi, Viajes, Buenos Aires, Eudeba, 1973.

(5)  Carta de Valentín Alsina a Félix Frías, fechada en Montevideo el 9 de noviembre de 1850, en Capdevila, op. cit.

(6)  Carta de San Martín a Gregorio Gómez, fechada el 21 de septiembre de 1839, en Documentos para la historia del general San Martín, Instituto Nacional Sanmartiniano, Buenos Aires, 1954.

(7)  Carta de San Martín a Guido, fechada en Bruselas el 6 de abril de 1830, en A. J. Pérez Amuchástegui, Ideología y acción de San Martín, Buenos Aires, Edudeba, 1966.

(8)  Félix Frías,  Escritos y Discursos, Buenos Aires, 1884, t. I

 Otras fuentes:

San Martín visto por sus contemporáneos – San Martín en Europa 1829-1850, José Luis Busaniche; Instituto Nacional Sanmartiniano, Buenos Aires (1995)

www.elhistoriador.com.ar

www.elfederal.com.ar