Escribir sobre los Tehuelches me genera una responsabilidad mayor, por ser miembro de una comunidad gününa küna. Razón por la cual deseo comenzar por lo escrito por una de las voces más autorizadas en el tema pueblos originarios, mi gran amigo Carlos Sarasola. De ahí que arrancaremos este artículo con un fragmento de su magnífica obra, «Nuestros Paisanos los Indios». Cabe aclarar que tehuelche es el nombre puesto por los mapuches, y significa «gente bravía».

En boca de Carlos Martínez Sarasola “Pampa y Patagonia presentan un cuadro cultural complejo y desde los primeros cronistas hasta nuestros días se han venido realizando una serie de clasificaciones de sus diferentes comunidades”. Nos dice Carlos:

“Entre las principales razones por las cuales ese panorama aparece confuso puede mencionarse:

  • extinción prematura de algunos grupos, como los querandíes.
  • conocimiento fragmentario al tomar contacto solo con algunas parcialidades.
  • la penetración araucana que transformó la realidad cultural.
  • las opiniones contrapuestas de los especialistas y estudiosos en general”.

Y continúa:

«Después de haber efectuado un análisis lo más cuidadoso posible sobre las fuentes y sobre los distintos autores, me inclino a compartir la denominación dada por Escalada (1949) que es la de  “complejo tehuelche” a la que sumamos los aportes de Rodolfo Casamiquela (1967-1969).  La perspectiva de ambos investigadores, a mi entender, no sólo esclarece el arduo panorama etnográfico de la región en estudio, sino que es una brillante síntesis de los componentes del llamado “complejo” que queda constituido de la siguiente manera:

  • Tehuelches septentrionales (guenaken) – Continentales
  • Tehuelches meridionales (penken y aoniken) – Continentales
  • Onas (selknam y haus) –  Tierra del Fuego.

Ahora bien, esta clasificación implica terminar, aunque no definitivamente, con la serie de denominaciones que fueron utilizadas por cronistas y especialistas:

  • Patagones (todos los tehuelches o tehuelches meridionales).
  • Pampas (tehuelches septentrionales).
  • Chonekas o chónik (equivalentes a patagones).
  • Puelches (parcialidad de los tehuelches septentrionales).
  • Taluhet, diuihet y chechehet (según Falkner; parcialidades puelches).
  • Querandíes (comunidades del litoral del Río de la Plata y parte de la provincia de Buenos Aires, aunque con estos grupos existen algunas dudas)».

LENGUA

Los distintos grupos de tehuelches hablaban varias lenguas, aunque todas pertenecientes al grupo tshonk . Los tehuelches propiamente dichos o aonikenk tenían una lengua que estaba estrechamente ligada con la de los teushen , a su vez emparentadas con la lenguas de la isla Grande de Tierra del Fuego, y de manera más lejana con la lengua de de los gününa küne (tshonk septentrional). El Doctor Federico Escalada consideró que todo el complejo tehuelche tenía un tronco lingüístico común, que denominó ken (gente).

Una clasificación hecha hasta el siglo XIX podía reconocer las siguientes lenguas: Los gennakenk hablaban el chulilaiagich (o günün a’ajech o puelche o gününa küne), cuya relación con las demás lenguas del grupo es discutida y a menudo se lo considera una lengua aislada a falta de más información; los “tshoneka centrales”, es decir, los ubicados en la actuales provincias del Neuquén, Río Negro y el norte de la del Chubut (entre los gennakenk al norte y los aonnikenk al sur), hablaban la lengua llamada pän-ki-kin (penken) o günün a’yajič o günün a’ajech.

ECONOMÍA

Puntas de flecha y lanza Tehuelches

Puntas de flecha y lanza Tehuelches

La base de su economía la constituía la caza. Se dedicaban especialmente al guanaco y el avestruz, sus alimentos básicos. Para la caza utilizaban las boleadoras, instrumento con el que eran muy hábiles, y se servían del auxilio de los perros. Nómades, caminaban un promedio de veinticinco kilómetros diarios, distancia que comenzaron a realizar a caballo cuando incorporaron este animal a su cultura. Las mujeres cargaban el campamento y los bebés y eran seguidas por los ancianos y los niños, en tanto fuera del camino los jóvenes procuraban la caza. Se movían por cañadones donde podían conseguir agua y refugio con relativa facilidad, rutas que también fueron usadas por el hombre blanco.

Los hombres se ocupaban de la fabricación de armas, la guerra y como ya fue dicho, la caza. A las mujeres les tocaba la preparación de las pieles y sus pinturas, la recolección de la leña, la comida y el agua. Cuando estaban embarazadas, trabajaban con más ahínco, ya que la tradición decía que esto fortalecía al bebé y aseguraba su futura dedicación al trabajo.

No comían pescado, aún estando a la orilla del mar, pero sí mariscos, otras y mejillones. La carne de caballo era muy apreciada y se reservaba su consumo para las grandes celebraciones, donde la comían asada y parte hervida y bebían la sangre con un sentido ritual, ya que creían que así se les transmitía la fuerza del animal sacrificado.

ORGANIZACIÓN POLÍTICA Y SOCIAL

Vivienda Tehuelche

Vivienda Tehuelche

Se movían en grupos recorriendo circuitos que iban de oeste a este y viceversa. En cada temporada tenían lugares determinados en los que instalaban sus campamentos, a lo que llamaban aik o aiken, y que los españoles denominaron tolderías. Construían sus viviendas con estacas y cueros extendidos para que fueran fácilmente desarmables y transportables, un sistema práctico para su estilo de vida nómade. El interior lo dividían y colocaban allí sus lechos.

Reconocían la autoridad de un cacique que gobernaba sobre una determinada región. Los grupos se formaban por nexos de parentesco con un territorio determinado para la caza y la recolección, los límites de estos territorios estaban determinados ancestralmente por accidentes como una loma, un abrevadero o un árbol destacado. Podía ocurrir que un grupo no pudiera autoabastecerse en su zona, en cuyo caso debía pedir permiso a las agrupaciones vecinas de la misma etnia para buscar en su territorio el sustento.

Esta norma de ser violada podía ocasionar una guerra. Sostenían la práctica de la exogamia, lo que hacía que los varones buscaran compañera en otros grupos practicando el trueque de mujeres. Podía ocurrir que en lugar del trueque recurrieran al rapto, lo que por lo general terminaba en una guerra.

La funebria tehuelche muestra la práctica de enterrar al difunto en la cima de las colinas (meridionales) o cavernas y grutas (septentrionales) recubriéndolo con piedras (“chenque”)

Enterratorio Tehuelche

Réplica de Enterratorio Tehuelche en  Punta Walichu  – Santa Cruz

ORIGENES

Aparecen hace 9.000 años,caracterizados por la industria Toldense, productora de puntas de proyectil sub-triangulares bifaciales y raspadores laterales y terminales, cuchillos bifaciales y herramientas de hueso. Entre los 7.000 y 4.000 años a. C., aparece la industria Casapedrense, caracterizada por una mayor proporción de instrumentos líticos (relativos a la piedra) confeccionados sobre láminas, probablemente como una muestra de la especialización en la caza del guanaco, lo cual también está presente en los desarrollos culturales posteriores de los patagones.

Hasta la llegada de los conquistadores españoles, a principios del siglo XVI, llevaban un modo de vida propio de los pueblos dedicados a la caza y la recolección, siguiendo el estilo de la movilidad estacional que los llevaba a desplazarse en busca del guanaco. En los inviernos recorrían las zonas bajas como las orillas de los lagos, los mallines, las vegas y las costas, y en el invierno subían
las mesetas centrales de la Patagonia o de la cordillera de los Andes donde tenían, entre otros sitios sagrados, el cerro Chaltén.

LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES

El primer contacto que los españoles tuvieron con los tehuelches se produjo en marzo de 1520 cuando la expedición al mando de Fernando de Magallanes desembarcó en la bahía de San Julián  buscando refugio para soportar el invierno. El escribano de la expedición, Antonio Pigaffetta tomó nota del encuentro y los nombró como patagones gigantes. La expresión provenía de la impresión que tenían de las enormes huellas de pies que habían visto antes de tomar contacto con ellos.

Los europeos eran en ese tiempo de talla menor a la actual, en tanto los patagones llegaban a medir dos metros, y además llevaban sus pies envueltos en pieles por lo que para los españoles eran patones. Esto llevó a los conquistadores a evocar al gigante Pathoagón, de la novela de caballería Pigmalión. Se hicieron famosos en la literatura europea de los siglos XVI al XIX por su tamaño y fuerza.

ENCUENTRO CON LOS MAPUCHES

Nuevo cambios culturales se produjeron entre los siglos XVII y XVIII al producirse la penetración mapuche, aborígenes que llegaban en busca de trueques y alianzas y que influyeron en todos los pampas. De ellos los tehuelches tomaron cultura y lengua, en tanto los mapuches adoptaron costumbres de los tehuelches a tal punto que con el tiempo las culturas terminaron fundiéndose y sus descendientes se autodenominan mapuche-tehuelches.

En esos años se destacaron los caciques tehuelches Cacapol y su hijo Cangopol, quienes durante mediados del siglo XVIII fueron los más influyentes de la región extendida desde la Cordillera de los Andes hasta el océano Atlántico, y desde el río Negro hasta el río Salado. Cangapol tenía su sede de gobierno en la zona de Sierra de la Ventana, por lo que se los conocía como «pampas serranos».

Los pampas supieron aliarse con los huiliches chilenos para atacar la campaña bonaerense en 1740, deteniéndose sólo a unos 30 km. de Buenos Aires. Es también durante esta época que aparecen los bandoleros realistas conducidos por los hermanos Pincheira, quienes se alían con los vorogas  para desalojar a los tehuelches o pampas serranos, de las zonas de Salinas Grandes, Guaminí (Laguna de Monte), Carhué y Epecuén; los pampas huyeron hacia Sierra de la Ventana, antiguo asiento de gobierno del cacique Cangapol.

En 1830 los Pincheira y sus aliados voroganos dirigieron un ataque contra los pampas serranos asentados en la Sierra de la Ventana y Sauce Chico, matando a muchos de ellos, inclusive a los caciques Curitripay, que cayó junto con sus dos hijos y todos sus capitanejos, Catrileu y Lomo Colorado.

Los vorogas asesinaron a los pampas que escaparon de Sierra de la Ventana en las puertas mismas del fuerte de Bahía Blanca. En el mismo año de 1830 los vorogas habían masacrado a los pampas del cacique Tetruel, que tenían sus toldos en Curamalal, cerca de la actual Pigüé. Los tehuelches al sur del Río Negro tuvieron como soberana a una mujer: María la Grande. Su sucesor
Casimiro Biguá fue el primer jefe tehuelche que juró fidelidad a la bandera argentina.

Sus hijos, los caciques Papón y Mulato, terminaron en una reserva al sur de Chile. La constitución de la etnia puelche con linajes que incluían a tehuelches explica, en parte, las actitudes de ciertos jefes puelches como Catriel, Chucul, Foyel o Sayhueque, los cuales o fueron contemporizadores con los blancos y criollos o fueron considerados traidores: Catriel, de origen gennakenk, fue ferozmente muerto al combatir aliado a los blancos por otros puelches más ligados a la etnia mapuche en 1879. Entre los grupos formados por estos mestizajes, se hallaban los ranqueles o rankülches (del mapudungun rankül-che, “gente de los cañaverales”).

Se observan lazos sociales de los tehuelches con los inmigrantes galeses que desde la segunda mitad de siglo XIX comenzaron a colonizar Chubut: en general las relaciones fueron armónicas entre ambos pueblos, es así que suelen observarse en zonas del Chubut actual personas de cabellos rojizos y ojos bridados. En 1870 el cacique Biguá prometió defender a los galeses de la invasión del cacique huiliche Calfucurá.

Se sabe poco de la cultura tehuelche anterior al caballo aunque su organización socioeconómica se parecía a la de los onas de Tierra del Fuego. La introducción del caballo a principios del siglo XVIII transformó el modelo de organización social de los tehuelches: se formó en ellos un complejo ecuestre. Al igual que los amerindios de las Grandes Praderas de Norteamérica, los tehuelches también trabajaron las estepas de matorrales de la Patagonia, viviendo principalmente del guanaco y de la carne de rhea (ñandú o choique), seguida de la carne de huemul, venado, mara e incluso puma y jaguar, además de ciertas plantas (aunque tardíamente, aprendieron a cultivar la tierra).

En cuanto a peces y mariscos, existían en ciertos casos tabúes: algunos grupos tenían, por ejemplo, prohibido el consumo de pescados. Sus grupos solían estar constituidos por entre 50 a 100 miembros.

La adopción del caballo significó una profunda revolución social en la cultura tehuelche: la movilidad que les deparó alteró las ancestrales territorialidades y modificó en gran medida el patrón de los desplazamientos, si antes del siglo XVII predominaban las trashumancias este-oeste en pos de los guanacos, a partir del complejo ecuestre tomaron gran importancia los desplazamientos longitudinales (de sur a norte y viceversa) estableciéndose extensos circuitos de intercambio:

A mediados del siglo XIX los aonikenk trocaban sus pieles y moluscos por cholilas (frutillas, zarzamoras, calafates, semillas de pehuén, llao llao, brotes y cogollos de coligüe, etc.) y manzanas a los gennakenk del Neuquén, del Alto Valle del Río Negro y del llamado País de las Frutillas o Chulilaw.

COSMOVISIÓN

Los tehuelches tenían un sistema de creencias basado en ritos y mitos, pero no una estructura religiosa vertical y con liturgia como ocurre con las religiones occidentales. Tal como ocurría con otros pueblos de las pampas no existía entre ellos el sacerdocio sino los chamanes, quienes ejercían la medicina contra los espíritus dañinos. Para los tehuelches existía una entidad superior creadora del mundo pero que no intervenía en su desarrollo, y los espíritus de los matorrales.

Parte de sus cosmogonía era el mito de Kóoch, dios encargado de poner orden en lo confuso diferenciando las cosas. Esto guarda similitud con el mito de los selkman de Tierra del Fuego, quienes creían en una deidad a la que llamaban Kenos, lo que parece una variante de la palabra Kóoch, o al menos con raíz común, enviado del espíritu Temáukel. Luego de creado el mundo, habría llegado a la Patagonia El-lal (o Elal), hijo del gigante Nosjthej, quién creó a los tehuelches y les enseño a fabricar el arco y la flecha.

Su visión de la creación era la del dios Kóoch inmerso en las tinieblas que envolvían la tierra:

La soledad le produjo una tristeza que se transformó en llanto. Sus lágrimas formaron Arrok, mar primordial hasta que consideró que ya era suficiente agua, dejó de llorar y suspiró. Su aliento fue un fuerte viento que separó la tierra de las aguas. Pero la oscuridad no cesaba. Para salir de las sombras cortó las tinieblas al medio e iluminó la mitad con un gran resplandor.

Esta primera luz fue el sol o Kéenyeken. Su calor hizo que las aguas empezaran a evaporarse formando nubes. Las nubes se revelaron contra el solo pues deseaban volver a Arrok; entonces se produjeron truenos y relámpagos. Kóoch ordenó a Kéeyenken que disminuyera su potencia y le prohibió ingresar a la mitad del cielo que se mantenía en la oscuridad. Pero las tinieblas absolutas no eran lo mejor, por tanto creó a Kéenguenkon, la mujer Luna. Pronto la nueva creación se mostró maligna y con poderes sobre seres siniestros como el Guanaco Macho y el Avestruz Macho, quienes asesinaban a los hombres que disgustaban a Kéenguenkon.

Kéenyenken comenzó a sentirse sólo, y decidió cortejar a la Mujer-Luna. Su amor fue correspondido, y de ellos nació Karro, la estrella vespertina. Como regalo por su nacimiento, su madre le otorgó el dominio sobre las mareas. En tanto esto ocurría entre el Sol y la Luna, Kóoch creó la isla de los gigantes y los animales hombres.
Un ser monstruoso y gigante que habitaba la isla, Nosjthej, raptó a la mujer-ratón y con ella engendró a Elal. Al saber que su esposa estaba embarazada la mató y abrió su vientre para comerse el feto. Pero un estruendo proveniente del centro de la tierra lo paralizó y permitió que la abuela de la criatura, Térrguer, lo rescatara y lo escondiera en lo profundo de su cueva.

Elal creció, se hizo fuerte y se enfrentó a su padre en un feroz combate en el que Nosjthej resultó muerto. Después de deshacerse de su padre, Elal montó a lomo del cisne Kóokne, quien lo llevó volando a la Patagonia mientras lo rodeaban bandadas de coloridas aves. Descendieron en el Chaltén, junto al lago Viedma. Allí Elal reconoció sus nuevos dominios y creó a todos los seres vivos que poblarían en adelante la región. Entre toda su creación privilegió a la humanidad, por eso para los seres humanos dividió el tiempo en estaciones, les dio el fuego, el arco y las flechas, les enseñó a cazar y a cocinar, estableció el matrimonio, las reglas morales, y la prohibición del incesto.  Sin embargo seres malignos amenazaban al hombre, por eso introdujo la muerte, a fin de preservar su existencia.

Terminada la tarea, Elal pensó que necesitaba una compañera y meditó durante un tiempo su elección. Cuando se decidió, llamó al cisne Kóokne para que lo transportase al cielo donde se presentó ante Kéenyenken y Kéenguenkon, y les pidió la mano de la bella Karro, la estrella vespertina. La malvada Kéenguenkon le exigió que cumpliera difíciles pruebas, creyendo que de ese modo lo desanimaría, pero Elal pudo superarlas y ganó el corazón de Karro.

Ambos retornaron a la Patagonia sobre el lomo del cisne, rodeados por bandadas de bellísimas aves. La pareja vivió su idilio con felicidad durante un tiempo, pero la ilusión de Karro era volver a ver su reflejo sobre las azules aguas del mar, sobre las que su madre le había otorgado amplios poderes. Elal tuvo piedad de su compañera y la acompañó hasta la orilla del océano. Al ver su reflejo Karro se emocionó hasta el punto de transformarse en una sirena, hundirse en el mar y desaparecer.

Ante la desaparición de su compañera Elal entendió que su misión en la tierra estaba cumplida, por lo que se transformó en pájaro y voló hacia el este acompañado de su amigo el cisne, buscando el lugar en que se unen cielo y mar. Cuando llegó al horizonte estableció su nueva morada y allí se ocupó de recibir a las almas de su gente, dando al espíritu Wendeunk el encargo de acompañar a aquellos que marchaban a su último viaje.

Wendeunk daba protección a las personas acechadas por los espíritus malignos nacidos de Tons (la Noche). Así, desde su invisibilidad, era guía para los seres humanos desde su nacimiento hasta su muerte, que era cuando los acompañaba hasta la morada celestial informando a Elal las cosas buenas y malas que sus protegidos habían hecho durante su vida terrenal.

APARIENCIA

Era gente más alta de lo común para la época, los hombres generalmente con una estatura superior a los 1.80mts. Con físicos corpulentos y bien formados, siendo las mujeres notablementes más bajas, promedio de 1.60mts. La piel cobriza clara, rostros angulosos de mentón fuerte, labios finos, pelo renegrido y lacio, que usaban largo, partido al medio y sujeto con un pañuelo o «huincha» para que no lo despeinara el viento.

Las mujeres separaban sus cabellos en dos largas trenzas que caían sobre los hombros, adornadas con cintas de colores y abalorios. Eran corpulentas y de piel curtida por el frío y el viento. Se tapaban desde el cuello hasta los pies, generalmente con cueros de guanaco, con la piel hacia adentro y el cuero pintado, prenda a la que llamaban quillango. Como variante podían hacerlo con piel de zorro o liebre.

CULTURA

Boleadoras Tehuelches

Boleadoras Tehuelches

BOLEADORAS

El arma preferida de las tribus que poblaban la Patagonia y la Pampa era la boleadora de dos bolas que usaban para cazar y para el combate, y que fue la que conocieron los conquistadores españoles cuando llegaron a sus tierras. Pero desde tiempos precolombinos, con una antigüedad que se estima en 10.000 años, utilizaban la bola de tres piedras. Con el tiempo los tehuelches comenzaron a fabricar sus bolas con piedras encontradas en sitios de asentamiento o de cacería, y que ya habían sido utilizadas.

En su mitología eran bolas preparadas por un enano, Tachwüll, que supuestamente tenía su taller en los cañadones o quebradas de las sierras. En la zona se oía el constante repiqueteo de la uña con la que marcaba la piedra, pero nadie podía verlo. Sin embargo cuenta la leyenda que un día lograron capturarlo, pero fue tal la tormenta que se desató que atemorizados lo dejaron ir. En cuanto el enano recuperó la libertad cesó la lluvia.

BOLA PERDIDA: Se llamaba así a la boleadora de una piedra, presentada lisa, aguzada o erizada, la que atada a una correa servía, arrojándola, para herir a la distancia a la presa o al enemigo. Como variante podía ser utilizada a manera de maza en la lucha cuerpo a cuerpo.

BOLEADORA DE DOS Y TRES PIEDRAS: Se las arrojaba a diferentes zonas del cuerpo, según fuera la especie a apresar. Por lo general con esta arma perseguían yeguarizos y guanacos en quienes buscaban las patas, o ñanduces, apuntando al cuello. La boleadora de dos bolas es la llamada comúnmente ñanducera, compuesta por una bola de piedra o de metal y la manija también de piedra pero mucho más liviana y muchas veces de forma alargada.

Las correas o torzales se confeccionaban con tientos de cuero de potro, o del cogote del guanaco, o como variante el tendón de la pata del ñandú, retorcidos y trenzados. La piedra surcada la sujetaban pasándole una tira de cuero alrededor del surco, ajustada con firmeza y luego unida al extremo del torzal. En las bolas lisas el procedimiento era enfundar toda la bola dentro del retobo (forro de cuero).

Fuentes:  «Nuestros Paisanos los Indios», Carlos Martínez Sarasola. ed. Nuevo Encuentro.      –      www.elbibliote.com